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El paraíso del Pacífico huele a pólvora y amenazas en cada esquina; la extorsión les pudre la vida

En ningún rincón hay luz para Acapulco. Ni se atisba. La violencia ha carcomido por completo la convivencia en esta parte del trópico, donde hasta hace unos años todo era cumbias altisonantes, calor y playas repletas de alegría.

Ahora, a pesar de las sobredimensionadas y mediáticas temporadas vacacionales, el paraíso del Pacífico es oscuro y huele a mucha pólvora y carne humana fétida bajo el rayo del sol y amenazas en cada esquina y comercio.

La rutina debe seguir. Los comerciantes se han habituado a los extorsionadores. Como la vendedora de aguacates en una de las callecitas del mercado central, sobrepoblado de ambulantes, donde dos hombres bien vestidos y gafas oscuras andan recogiendo el pago del día. Son las 10 de la mañana. Los hombres, sin dirigirle la palabra, abren una libreta frente a la mujer y ella coloca un billete de cincuenta pesos. Ellos continúan su camino deteniéndose en cada ambulante que vende chácharas sobre el asfalto.

¿Quiénes son?— le pregunto acercándome al puesto improvisado. Continúo: ¿Los manda el gobierno?

La mujer me mira y evade mi pregunta, diciéndome cuántos aguacates quiero. Observo a los hombres que sin reserva alguna van por la calle recogiendo el encargo. La delincuencia se ha atomizado tanto que se desconoce de qué grupo son o para quién trabajan. El hábito de la extorsión se ha extendido en todo tipo de negocios.

—Por día me cobran 300 pesos —me cuenta Nicolás, un vendedor de ropa—, hay veces en que les digo que no se vendió nada y me piden sólo doscientos. Aunque me advierten que no andan pidiendo caridad.

Dos jóvenes entran al local y uno pregunta por el costo de una playera. Es 30 de diciembre y hay que estrenar para Año Nuevo, murmuran. Nicolás me dice el precio de un pantalón para esconder nuestra breve charla de estos muchachos.

Uno ya no sabe ni de quién cuidarse,  me dice ya que se marcharon los jóvenes con la playera. Eran compradores, pero hay que cuidarse la espalda. Me despido y al fondo de la calle los dos extorsionadores halconean la zona. Son los únicos que tienen derecho a cobrar, son los dueños de la plaza y si ven algo raro, les piden a los comerciantes que les avisen, ellos vendrán a poner orden.

Entro a una estética sobre la calle 16 de Septiembre. Los ojos de la mujer que atiende muestran azoramiento. Es un lugar pequeño, sin tanto detalle como se acostumbra en este tipo de establecimientos. La extorsión ha podrido la vida cotidiana. Le pregunto su nombre a la mujer y le explico el trabajo que estoy realizando. Me pide que me salga, que no quiere meterse en problemas, que la vigilan desde que abre hasta que cierra su negocio.

La convenzo de que me platique cualquier vivencia o sentimiento que tenga con la violencia en Acapulco y la extorsión que sufre.

—A mí me pidieron que halconeara —relata mientras aparenta cortarme el cabello—, el mercado es una buena zona. Pero no acepté. El que se mete en eso tarde o temprano termina balaceado.

—Entonces, ¿cómo mantienes este negocio?

—La primera vez que vinieron se cortaron el cabello y se negaron a pagarme. Me dijeron quiénes eran y que pasarían seguido.

Martha, como se llama, no durmió esa noche y no abrió la estética por una semana. Es mamá soltera, con dos niños que alimentar, y no podía dejar de trabajar. Ellos se quedan con su abuela. Desde el incidente no los trae, para evitar que “la maña” los detecte.

Los delincuentes, jóvenes menores de 25 años, se cortaron el cabello otras cuatro o cinco veces.

“Como a los tres meses me pidieron doscientos pesos por día, o pagarles cuatro mil pesos por mes. No podía rehusarme ni avisar a la policía”.

En voz baja, con su acento costeño, el que ha perdido altisonancia, como si la estuvieran vigilando, se lamenta que la policía proteja a los delincuentes y no a la gente.

En 2016 bajó su clientela. Apenas si saca para pagar la renta y uno que otro centavo de ganancia con lo que paga de extorsión. Martha, con las manos temblorosas, señala que quizá es el momento de cerrar el negocio: -al fin y al cabo, de hambre no me voy a morir-.

Me levanto y le agradezco la charla. Un tanto relajada me advierte de que no ande metiéndome donde no me llaman, que ella podría trabajar para “la maña” y darles un pitazo sobre mi presencia a esos jóvenes que tarde o temprano les meterán un balazo por no entender que de hambre no se van a morir, esos jóvenes que, en palabras de Martha, no conocen la piedad ni el dolor que llevarán a sus casas cuando les pase algo.

Salgo del local y miro alrededor. No se ven extorsionadores, sino gente vendiendo, gente comprando, gente que se ha acostumbrado a pagar la cuota, aunque salgan perdiendo, con tal de que los dejen en paz y los protejan de los otros grupos que andan en busca de esta jugosa plaza.

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