Al mal entendedor, ¡muchas (y adecuadas) palabras…y hechos! - Óscar Espinosa Villarreal | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
Al mal entendedor, ¡muchas  (y adecuadas) palabras…y hechos! | La Crónica de Hoy

Al mal entendedor, ¡muchas (y adecuadas) palabras…y hechos!

Óscar Espinosa Villarreal

Al leer las notas de prensa o cambiar impresiones con familiares y amigos en estos días del llamado “gasolinazo” no puedo dejar de evocar a mi tan querido amigo Juan Enrique Vega (q.e.p.d.), quien solía insistir en el concepto del “estado de ánimo de la nación”, como algo cuyo fino diagnóstico debería ocupar permanentemente un lugar prioritario en la agenda gubernamental.

Académico chileno de origen, quien fuera asesor político de mi gobierno en la Ciudad de México y de muchas otras personas e instituciones en el mundo, hizo especialmente referencia a este tema cuando, siendo ya presidente electo Enrique Peña Nieto y conociéndose sus ambiciosos planes y propuestas, preparábamos juntos una propuesta para el equipo del recién electo presidente, la cual finalmente no se implementó.

Nos parecía en aquel entonces que dicho diagnóstico, que debiera ir mucho más allá de los tradicionales sondeos de opinión, resultaba imprescindible, dadas las actitudes de significativos grupos de la población (como aquel del “Yosoy132”) que hubiéramos pensado que deberían ser partidarios de ese tipo de reformas y que, sin embargo, no sólo no lo eran, sino que parecían los mayores detractores del gobierno peñista.

No es la primera vez que evoco al simpático e inteligente Juan Enrique. Ya por ahí de febrero de 2014 publiqué una columna que se tituló “¿Cuál es el verdadero estado de ánimo de la nación?”, en la que me refería a encendidas reacciones de leales y queridos lectores míos a alguna opinión favorable que expresé respecto de acciones de los gobiernos federal y de la Ciudad de México, por separado y en temas no relacionados entre sí.

Escribí acerca de lo llamativo que resultaba que aquellas personas que me habían escrito y yo, coincidiéramos en tantas cosas importantes de la vida y que sin embargo tuviéramos una percepción tan diferente en esos temas concretos. Y más allá de filiaciones o preferencias políticas, hablaba de que tal vez lo necesario era que quienes se dedican a comunicar lo relacionado con las acciones de gobierno, tuvieran la capacidad de diseñar diferentes mensajes para diversas audiencias. No descubría yo desde luego, ni el agua tibia, ni el hilo negro; sólo me permitía sugerir profundizar en el diagnóstico utilizando herramientas como la “micro segmentación” o lo que se conoce como el “big data” para lograr mejores resultados.

Toda esto viene a cuento ante la presencia de este aumento del precio de los combustibles, como resultado de la liberalización de precios en el sector energético, medida que largamente habían venido demandando los especialistas en la materia, como parte fundamental de una verdadera reforma energética. Una medida trascendental que parece sólo haber servido para generar rechazo, bloqueos a vías de comunicación y algunos actos vandálicos. Ciertamente ha habido algunos comentarios favorables que me han parecido muy sensatos, como uno que se atribuía a Lourdes Melgar, ex subsecretaria de energía y catedrática del MIT, los cuales no tardaron en generar descalificaciones a diestra y siniestra. La sensatez no es bienvenida, cuando no hay voluntad de entender nada o hay alguna agenda política de por medio, me parece.

Obviamente todo esto tiene que ver con un determinado “estado de ánimo de la nación” que expresa de todas las formas posibles su hartazgo respecto a prácticas viciadas y a actitudes inaceptables que tendrían que terminarse de una vez por todas. No habría que ser genio para entender eso y cambiar la forma de actuar y de comunicar. Diez a uno apostaría a que cualquier medida difícil de adoptar es vista de diferente manera y hasta aceptada si se acompaña de señales contundentes que demuestren sensibilidad y compromiso con cambios de fondo.

No obstante, este estado de ánimo (o quizás el humor social al que se ha referido el Presidente), por más justificado que sea, no debe dar lugar a que una medida saludable se convierta en la causa común de todos los que se oponen a algo…o a alguien. Mantener un subsidio como el que veníamos sosteniendo, sólo puede dar lugar a condiciones negativas, ya sea de menor inversión o de endeudamiento excesivo. El IEPS es un impuesto progresivo, que grava más a quienes más tienen y que puede ser muy útil para reducir el consumo de combustibles fósiles y reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Llevamos años demandando que en el mercado energético prive también un ambiente de libre competencia, que permita la participación de otros competidores, lo cual sería imposible si Pemex se ve obligado a ofrecer precios por debajo del nivel internacional, ya que nadie podría importar diésel o gasolina para vender en México.

Es obvio que se impone una reflexión profunda desde el gobierno que permita identificar claramente esas razones a que obedece la imposibilidad de comunicar conforme a este ánimo colectivo y de manera que los mensajes lleguen a todas las audiencias y sean comprendidos adecuadamente. Es inaceptable que omisiones como las que hemos visto en la comunicación y socialización de una medida, la conviertan en algo peor que el anticristo.

Tuve la fortuna de acompañar en su toma de posesión al Gobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz, y pude ver cómo se recibieron sus primeras decisiones: compras consolidadas con el gobierno federal de medicinas, un Fiscal General totalmente independiente, licitaciones transparentes que puedan ser seguidas en vivo por internet, transparencia en el manejo de gravámenes como el del hospedaje o el 80% de los trámites que podrán ahora hacerse por internet, por mencionar solo algunas. Y soy testigo de la forma en que la gente las aplaudió. A lo mejor por eso no hubo reacciones de consideración ante otras decisiones como el aumento al impuesto sobre la nómina, que también se anunció.

Por una parte, decisiones adecuadas y actitudes consistentes y por la otra una forma adecuada de comunicarlo. A eso me refiero con lo dicho en el título: Al mal entendedor, ¡muchas (y adecuadas) palabras…y hechos!

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