Periodismo, violencia y redes - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
Periodismo, violencia y redes | La Crónica de Hoy

Periodismo, violencia y redes

Aurelio Ramos Méndez

El miércoles pasado, Día del Periodista —una de las muchas fechas en el año dedicadas a exaltar la labor de los trabajadores de medios de comunicación, y, de manera tácita o explícita, el valor y la importancia de la libertad de expresión—, el periodismo fue vencido por el rumor, propalado éste por las redes sociales que exacerbaron hasta el caos y la violencia el descontento por el gasolinazo.

Ya teníamos bastante con una radio y televisión que confunden información con opinión, con conductores de noticiarios que a cada nota se sienten en la obligación de hacer copiosos comentarios —hay que llenar horas y horas del negociazo que significa la información por esos medios— y añaden confusión al sesgo inherente e inevitable en un oficio en el cual, ya se sabe, la objetividad es una entelequia.

En efecto, ya sabíamos que la objetividad no existe y que la subjetividad se impone al decidir el ángulo de la nota, su colocación, despliegue o acotamiento; la elección del entrevistado, la formulación así y no asá de la pregunta en la entrevista… Lo que no conocíamos —al menos en nuestro entorno— es el uso perverso y deliberado de las redes sociales para instigar la violencia social y manipular la opinión pública. Eso lo vimos el miércoles 4.

El gasolinazo enardeció a todo el mundo porque se trata, es cierto, de una medida cuyas consecuencias, en forma de carestía, afectan el bolsillo de todos. En muchos medios convencionales, sin embargo, la información —si no con objetividad sí con un acercamiento intelectualmente honesto a los hechos— quedó olímpicamente de lado.

Así pudimos escuchar algún conductor radiofónico que, al dar la noticia del aumento de precios de los combustibles, el jueves 29 de diciembre, dedicó prácticamente las cuatro horas de su tempranero programa no a analizar con serenidad y equilibrio la medida, sino a excitar a la audiencia en contra de la misma, hasta el punto de que fue reconvenido por no pocos de sus escuchas. El lunes siguiente, sin embargo —¡vaya uno a saber qué milagro o que funcionario o publirrelacionista operó!—, ese mismo conductor apareció metamorfoseado en fan del gasolinazo.

En el colmo de la ligereza, en la misma emisora pero en dos programas distintos, se armó una maraña descomunal con la difusión, en plena crisis, de precios diferentes para gasolinas del mismo tipo. Un enredo armado por conductores de esos que —vale preguntar: ¿hay de otros en nuestros medios electrónicos?— derraman galones de bilis ante todo lo que significa participación del Estado en la vida económica del país.

Así llegamos al Día del Periodista, cuando triunfó la rumorología. Por medio de millares de perfiles falsos, en las redes se esparció —por ejemplo y entre muchas similares—, la incitación #SaqueaUnWalmart, la cual indujo al vandalismo y el pillaje.

¿Fue legítimo y genuino el empeño de atizar el encono popular contra el gobierno, o ficticio y fraudulento, para infundir miedo e inhibir la protesta social? Un enigma que Miguel Osorio Chong, Raúl Cervantes, Salvador Cienfuegos, Miguel Mancera, los gobernadores y otros funcionarios están obligados a despejar.

En todo caso, la noticia del año llegó temprano en 2017. A lo largo de la primera semana tuvimos lo que será, quizá, el evento más trascendente, pues ha redundado en un episodio de agitación inédito en tiempos recientes, con saqueos de millares de negocios, conatos de incendio de gasolineras, bloqueos a instalaciones de Pemex y hasta pérdida de vidas humanas, y desórdenes de la Ciudad de México a Baja California y Quintana Roo.

Algo se tiene que hacer en términos de legislación con las redes sociales. No podemos permitir que la ofensa, la leperada ni la bajeza que caracterizan los comentarios en línea en las páginas web de los periódicos, Facebook, Twitter o cualesquiera otras plataformas sean el tono de interlocución en nuestra sociedad. Ni mucho menos consentir que éstas sean usadas por manos malvadas para empujar a la gente no a la protesta legítima sino a la violencia.

Es cierto. Para sancionar con severidad ejemplar a quienes por estos días han azuzado disturbios por las redes no se necesita una legislación específica, basta la ya vigente. Pero que no exista como referencia una legislación especial en el mundo, no significa que la misma sea innecesaria ni pueda ser confeccionada.

En este escenario de desinformación le fue bien a Luis Videgaray, a quien también el Día del Periodista se le concedió volver y no regresó cantando “El Ausente” —“¡Ya llegó el que andaba ausente y ese no consiente nada!”—, sino que lo hizo con humildad digna de encomio. Modestia que, sin embargo, ha sido desvirtuada con ruindad en las redes y medios tradicionales.

Ante una audiencia conformada por funcionarios de la cancillería, Videgaray resaltó con toda suavidad, sencillez y finas maneras rasgos de su biografía que son públicos y sabidos hasta por las piedras.

“Yo no conozco la Secretaría de Relaciones Exteriores más que como se puede conocer desde fuera. No soy diplomático. Nunca he tenido más allá de los cargos propios de la Secretaría de Hacienda en la representación de nuestro país. Se los digo de corazón y con humildad: vengo a aprender de ustedes, vengo a hacer equipo con ustedes en un momento en que México nos necesita a todos más que nunca”, expresó Videgaray.

Los modos y la franquezas del nuevo canciller hubieran sido en otro tiempo ejemplos de diplomacia, agudeza política y buena crianza; pero en la era de las redes y con medios electrónicos e impresos en acelerada y triste adaptación como cajas de resonancia para la chismografía y el rumor, son lances suicidas.

Los tuiteros compulsivos y el aparato que les hace eco hicieron tiras con el pellejo de Videgaray, haciéndolo aparecer como un costosísimo becario, como si no se conociera que dentro del servicio exterior existen puestos diplomáticos y políticos. O, como si los cancilleres cardenistas Emilio Portes Gil, José Ángel Ceniceros y Eduardo Hay —este último a quien le tocó lidiar con la expropiación petrolera y encumbrar el desempeño de México en la Guerra Civil Española—, los salinistas Fernando Solana, Manuel Camacho Solís y Manuel Tello, o José Ángel Gurría y José Antonio Meade hubiesen sido diplomáticos puros.

No nos engañemos. Detrás de la andanada al nuevo responsable de la política exterior se ocultan intereses mezquinos de cara al 2018. Ambiciones que, lamentablemente, no tuvieron recato ni siquiera en esta semana de disturbios.

aureramos@cronica.com.mx

 

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