A pie, de Luigi Amara | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

A pie, de Luigi Amara

A pie, de Luigi Amara | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

Dejarse ir.
No confiar en nada sino
en la sensación del movimiento.
Un paso
luego otro
un paso
luego otro
el sonido desempolvado de los pies
percutiendo sobre el asfalto
aquel camino borroso
que establece el oído
como un tambor ambulante
redoble elemental
(enjambre
o zumbido interno)
plegaria locomotriz del que rehúsa
ser sólo un pasajero
hilo
hilo instintivo por el que se deslizan
las cuentas de los pensamientos.

Sizsaaz
sizsaaz
la mezclilla que roza
a la altura de los muslos.
Zug
zak
zug
zak

la elástica distensión
de los zapatos tenis.

No pensar en nada
sino en la continuidad
de los propios pasos.
El eco que dejamos
sobre la corteza terrestre.

El monólogo del desplazamiento.

Algo menos que un estilo:
un ritmo intransferible.

La huella digital de caminar.

La fuerza de atracción que ejerce
el horizonte de una calle.

Ese estremecimiento hacia la fuga
que proviene del suelo y su planicie.

Asomado a un camino sin final
como el suicida al pie
del precipicio
vuelve el impulso de seguir más allá.

Dar el paso y lanzarse.
Dejarlo todo.
Rendirse al vértigo
del horizonte.
A la caída libre
del vagabundeo.
Abandonarse.
“Tener abierto el ánimo
a toda clase de impresiones.”
Dejar que el pensamiento adopte
el tono de lo que se va viendo.
El arte de saber flotar
al caminar.
Un mero flujo abierto y receptivo
que ha incorporado a su espesor
los pequeños tropiezos
las pausas y vacilaciones
la contrariedad.

El trazo
de un dibujante fiel a los relieves
–a los accidentes imperceptibles
del papel.

“El humo de la pipa
en el juego del viento.”

Quizá porque estuvo inmóvil
buena parte de su vida postrado
en una cama
Robert Louis Stevenson escribió:
“De todas las posibles disposiciones del ánimo
ésta
en la que un hombre se pone en movimiento
es la mejor.”
La errática locomoción
de un hombre que no sabe
adónde dirigirse.
Que no quiere ir a ningún sitio
en particular.
Que ha renunciado a la idea
misma de rumbo
y avanza libre por la calle
dejándose llevar por la tensión
de las cosas que salen a su paso
por las solicitaciones del terreno.
Basura colectiva en una esquina.
Mujeres tomadas de la mano
intoxicadas por tanta realidad.
Un borracho
dormido a cielo abierto.
Seguir el desparpajo
con que avanza aquel perro.

(El sentido canino
del camino.)

Pero seguir la pista del azar
requiere –según Walter Benjamin–
del aprendizaje de la perdición.
Descender
sumergirse debajo
de la vigilancia y las expectativas.
Por debajo de uno mismo
hacia el punto de fuga.
Hacia el recomienzo
de la perplejidad.

Perderse es después de todo
la forma más perfecta de ceñirse
a un úni copropósito.

(La falta de intención
como intención suprema.)
Cualquier punto en el camino
se abre a una encrucijada
imaginaria.
Cualquier punto es la señal
no atendida del retorno.
Cualquier punto.

Y siempre se da un paso más.
Zug
zak.

(La falta de intención
como una afirmación del despropósito.)
Franco La Cecla:
“Perderse significa
que entre nosotros y el espacio
no existe solamente
una relación de dominio
de control por parte del sujeto
sino también la posibilidad
de que el espacio
nos domine a nosotros.”
Colonia Roma.
Los mapas superpuestos
de la especulación y del derrumbe.
Ruinas que permanecen olvidadas
como un monumento informe
a la dejadez.
La insistencia tangible del desastre.

Plazas en descomposición
esquinas inconexas de la alcurnia
y los neones
“el pliegue de las calles
como restitución del laberinto”.

Calles en las que todo se demuele
y adecenta
a pesar de que el aire
aún se respira turbio
entre los muros maquillados.

Zona de la simulación
petrificada.
Doliente geología
de las aspiraciones.

Barrio que se disuelve
como un iceberg
en el sopor caliginoso de su jerarquía.
Hay lugares que simplemente mueren
y otros de talante arribista
que luchan contra sí
que trepan
en la escala social.
Lugares que prometen la felicidad.
(La arquitectura edificante
de la caja de zapatos.)

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