¿A dónde vas, México?

Manuel Gómez Granados

El inicio de 2017 fue uno de los más difíciles y desafortunados en la historia reciente de México. No es sólo el resultado de la elección presidencial en Estados Unidos, que sigue causando daños a la economía y a las expectativas de la economía mexicana. Es que algo se ha roto en México en la relación entre gobernantes y gobernados. No se rompió ayer, o en la última semana o el último año.
El quiebre es resultado de muchos años de desdén de nuestra clase política que alcanzó un punto todavía peor durante los saqueos ocurridos el martes 3 y miércoles 4 de enero. Es un quiebre que causó la humillación de miles de mexiquenses que, incapaces de encontrar un autobús o pesera, debieron caminar largas distancias sobre la Vía Morelos y otras calles de la Ciudad y el Estado de México para llegar a sus hogares. Es un quiebre que motivó el cierre de mercados populares como el de la calle de Beethoven en la colonia Peralvillo, uno de los más grandes e importantes en el norte de la Ciudad de México, así como el cierre del mercado de juguetes de Azcapotzalco, justo en la víspera del 6 de enero, cuando los Reyes Magos suelen surtirse. Además de ataques y saqueos en varios estados del país, y la generación de pánico en la población.
Es el quiebre de la confianza en la disposición de los gobernantes para cumplir con su responsabilidad y de voluntad para cumplir su obligación. Es un quiebre más doloroso cuando se observa que Donald Trump, siendo  megalómano y soberbio, se ha empeñado en cumplir sus promesas de campaña, incluso antes de tomar posesión, mientras que en nuestro país, las promesas de campaña de varios presidentes nunca pasan de ser eso: promesas que, a los pocos meses, se convierten en pesadillas, a veces de descontrol económico, otras de violencia, así como de derroche, favoritismo, amiguismo y nepotismo.
Lo que se ha roto se puede recomponer, pero se requiere algo más que spots en la TV privada o discursos oscuros y petulantes para reconstruir ese vínculo que es fundamental para que las sociedades vivan de acuerdo con mínimos de convivencia. Al actual gobierno se le agota el tiempo para demostrar que siquiera le interesa recomponer la relación con la sociedad, pero sigue siendo posible hacerlo. Se necesitan gestos que dejen ver que al menos se reconocen los errores y excesos cometidos y que se está dispuesto a corregir el rumbo. Se necesita la voluntad para apostarle a pacificar y no a exaltar más los ánimos por medio de campañas de rumores que sólo dañan más la ya de por sí afectada convivencia entre sociedad y gobierno.
La mejor aliada de una reconstrucción del vínculo de confianza entre sociedad y gobierno tendría que ser la austeridad del gobierno y el combate a la corrupción. Una austeridad auténtica que deje de escudarse en la legalidad y se ocupe por la ética de sus decisiones, de modo que deje de lastimar la calidad de vida de los más pobres con el dispendio, así como la disposición de todos los sectores de la sociedad para creer en quienes tienen la responsabilidad de conducir al país en estas horas difíciles. El más grave riesgo que enfrenta México hoy no es Donald Trump y sus excesos. Es la falta de confianza en la capacidad e incluso el interés del gobierno federal en velar por el interés de sus ciudadanos. El gobierno federal debe reconocer esa realidad y remediarla antes de que se desborde, en serio, la violencia.

manuelggranados@gmail.com

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