Nacional

El ruido de las botas policiacas acompañó la marcha

“Yo ni el himno me sé completo”, decía el Mofles, uno de los manifestantes que acudió a la marcha contra el gasolinazo el día de ayer. El muchacho,  que recibió las burlas de sus compañeros, se mezcló entre muchos otros jóvenes, miembros de organizaciones de la izquierda mexicana y grupos civiles.

Es un conglomerado en el que se torna dominante en ocasiones lo ultra o chairo (según la moda con la que se le quiera catalogar a algunos discursos) también hay niños, discapacitados, adolescentes uniformados, adultos mayores y oficinistas que, de corbata impecable, decidieron unirse a los inconformes.

En el mundo de la izquierda militante, la nación está rota (se lee en pancartas, se escucha en consignas). Aunque puede que este mundo, ajeno al himno nacional como signo portable de identidad, no haya marchado solo el día de ayer o que, al menos, no haya sido lo más significativo.

Una mujer, baja de estatura, se desgañita en un micrófono: “somos revolucionarios y no nos vamos a dejar”. Pero la respuesta es poco entusiasta.

Más animados, adelante, un padre lleva a dos niñas, seguramente menores de cinco años, que van siguiendo la entonación de las consignas de izquierda. La tonada es la misma, pero sus gritos, alentados por el padre son “¡verdura, jitomates y zanahoria!, ¡verdura, jitomates y zanahoria!”.

Sólo los integrantes de ese trío en marcha y protestando saben lo que eso significa.

Unos tres mil manifestantes, al menos en el Paseo de la Reforma capitalino, cifra similar a lo que se registró un día antes en la misma avenida.

La cita fue a las 16:00 horas en el Ángel de la Independencia.

El primer contingente era liderado por un hombre de no más de 20 años, que brincaba cuando usaba el megáfono para dar instrucciones. Pocos entendieron lo que quería pues el zangoloteo, su mala dicción y la boca cubierta por una playera negra provocaban que aquello que decía fuera difícil de entender.

Los manifestantes comenzaron a caminar sobre Avenida Reforma con dirección al Zócalo capitalino, cada grupo traía sus propias consignas y porras, sólo compartían aquella que exigía no al gasolinazo.

El caminar de los quejosos estuvo acompañado por el sonido de los casquillos en las botas de los policías que andaban a la par.

“Estos cabrones nos quieren intimidar, a ver si no hacen sus desmadres”, vociferaba un señor enfundado en una chamarra de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, poco le duró el gusto de insultar a los elementos de la Secretaría de Seguridad Pública pues un grupo de estudiantes del Politécnico le pidió que se callara explicándole que la protesta se haría de forma pacífica.

En Insurgentes y Reforma, un grupo de policías veía su celular o platicaban entre ellos. No parecían querer intimidar a nadie.

Mientras algunos elementos del grupo antimotín saboreaban un helado para hacerse más pasajera la movilización, otros esperaban indicaciones. 

Aunque marchan juntos, los asistentes tienen claro con quienes marchan y porqué lo hacen; por ejemplo, María Tavira dijo que jamás se acercaría a los encapuchados, estar con ellos significa, según ella, problemas asegurados.

Hubo quienes aprovecharon la oportunidad de hacer su agosto; durante la caminata se vendieron desde cargadores portátiles para celular, aguas, banderines, papas, tortas, sombreros y hasta banquitos por aquello del cansancio de tanto caminar.

San Martín, un vendedor de tortas, ya llevaba 20 vendidas y los manifestantes apenas habían caminado dos calles; en la bolsa que cargaba su mujer aún quedaban 30 más. De venderlas todas regresará a casa con mil pesos, más de lo que gana un día cualquiera.

Otros como Javier prefirieron vender banderines con las leyendas “No al Gasolinazo” y “Tiremos la Reforma Energética”, salió del CCH Vallejo con 300, media hora después de haber comenzado la protesta ya los había vendido todos. Invirtió 500 pesos, terminó el día con cuatro mil.

Mientras la marcha avanzaba, algunos locales y oficinas del gobierno federal, iban cerrando sus puertas.

“No sabemos cómo vengan, ni si son de los que saquearon otras tiendas. Más vale prevenir”, dijo una de las empleadas de una tienda Oxxo a través de la ventana, quien se negó abrir las puertas del establecimiento a pesar de que los manifestantes tenían más de 20 minutos de haber pasado por ahí.

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