Julian Barnes: zumbido

Antonio Tenorio

Ovoide. Ácido. Corteza. Cáscara. Aroma. Leñoso vegetal. Sembrar. Reproducir lo que quedará. Persistencia del aroma, la memoria entera.

Del limón, en su Historia de las plantas, Teofrasto le llama “la manzana de Persia”. Mientras Virgilio prefiere destacar su sabor persistente. Y Plinio el Viejo, ese olor que gusta a unos y repugna a otros.

Tiempo antes, los chinos le habían elevado de fruto a símbolo. De la muerte, nada menos. Todo ser humano debía ser enterrado con un limón en una mano. Representación de nuestra condición perenne. Aroma y textura de nuestro ser mortal.

A la sombra de esa ácida certeza, el inglés Julian Barnes coloca al personaje principal del memorable relato “Silencio”, a todas luces el compositor Jean Sibelius, frente a esa verdad sabida y descarnada.

Habremos de morir. En algún momento; en cualquiera. Se sabe. Y una vez que se sabe, no hay forma de ir hacia atrás. Habrá que aprender a vivir con eso. A morir con ello.

En una novela menos experimental que la que lo lanzó a la fama, El loro de Flaubert, Barnes vuelve sobre la biografía real-imaginaria de un creador. Shostakovich.

De la utopía al horror. Stalin no tardará en hacerle saber que “en lo sucesivo sólo habría dos clases de compositores: los que estaban vivos y asustados y los que estaban muertos”. Como dos riberas de un mismo río. Los ríos. Siempre los ríos. Reales. Figurados.

El cauce y sus corrientes. La realidad y sus relatos. Y el punto en el que pareciera quedan sólo los relatos. Ya sin la realidad. Como corrientes que se sobreponen y entrecruzan por debajo de la superficie del río de lo que seguimos llamando la realidad. Sin que para entonces a nadie parezca importarle demasiado qué es lo real.

En su lugar, la mundanal vociferación. La pueril mezcla de relatos ansiando ser tomados en cuenta. Las cosas dejando de sonar relacionadas entre sí. Un parloteo sin forma. Un zumbido.

Mas, es en esa hora cuando paradójicamente el arte habrá no ser de nadie para ser de todos. Cuando, como en Shostakovich, alumbra Barnes, emerge la convicción de que “el arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo”.

Confusión, miedo, azoramiento. Nada difícil, así, que después, en retrospectiva, las tragedias sean vistas como farsas.

Pudiera ser, sin embargo, quién sabe, logre salvarse lo que realmente importa. Persevere. Persista.

*Profesor, narrador y ensayista. Su libro más reciente es Bailar/Volar.

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