Ciudad

Hace 50 años los capitalinos se pusieron a jugar guerritas con bolas de hielo

Es 11 de enero de 1967. Niños, jóvenes y adultos se lanzaban bolas de nieve en las calles; otros preferían construir muñecos de nieve, y los más temerarios usaban bancas de madera y tapas de botes de basura para deslizarse en una pendiente, como si se tratara de una tabla para esquiar.

Parecía un día cualquiera de invierno en Nueva York o Toronto, pero no, es el Zócalo capitalino, el Eje Central, Paseo de la Reforma y todo el territorio de la Ciudad de México.

De eso se acuerdan bien algunos abuelos… “la nieve cubrió a todo el DF”, “pude jugar con la nieve… Y sé que ya no lo volveré a ver”, “Fue algo maravilloso, que no viviré para contarlo”, “asombroso, toda la ciudad estaba tapizada de blanco”, “ni fue tanto, unos cuantos centímetros de hielo que cubrían las calles”, “mis nietos no creen que nevó, dicen que estoy loco”, son testimonios de algunas personas, mayores de 60 años, que recuerdan el día que la nieve llegó al Zócalo capitalino.

Sin embargo, ésta no era la primera vez que pasaba, anteriormente en 1920 y 1907 los registros señalan que la Ciudad de México ya se había cubierto de hielo.

En un día como hoy, hace 50 años, una gran helada se registró en todo el país y en el primer cuadro de la ciudad, la nieve alcanzó los 5 centímetros de espesor.

En tanto que en algunas localidades del Ajusco como La Cima y Parres, la nieve alcanzó los 60 centímetros de altura.

La señora Soledad Arronte, de 67 años, recuerda perfectamente esta nevada: “La verdad es que nadie tenía ropa para ese clima. Tenía 17 años, estaba estudiando y ese día todos los zapatos se me mojaron. Me congelé”.

Por su parte, el señor Francisco Hernández vivió esa nevada en la colonia Portales: “Yo tenía 14 años. El frío de la noche anterior fue insoportable, pero cuando desperté mi mamá me avisó que el patio estaba cubierto de nieve. No lo podíamos creer. Me acuerdo perfectamente que mi papá me puso varias capas de ropa: dos calcetas, dos pantalones, playeras, suéter y uno de sus abrigos. Sólo así me dejó salir a la calle; caminamos por Tlalpan hacia el centro y en todas las casas se veía jugar a los niños. Mucha gente ni siquiera fue a trabajar y ni lo necesitaban: todos estaban felices. Eran otros tiempos”.

 

Imprimir