A 30 años de la huelga de la UNAM (primera parte) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
A 30 años de la huelga de la UNAM (primera parte) | La Crónica de Hoy

A 30 años de la huelga de la UNAM (primera parte)

Edgardo Bermejo Mora

Se cumplirán al final de este mes 30 años de la huelga que estalló en la UNAM en rechazo a las reformas impulsadas por el rector Jorge Carpizo. En las próximas semanas recuperaré algunos textos que he escrito sobre este movimiento del que forme parte y que en muchos sentidos me marcó.
El gabi. Para quienes estuvieron en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México los últimos años de la década de los ochenta, es decir, en el ciclo que abarcó las reformas del rector Jorge Carpizo y el movimiento del Consejo Estudiantil Universitario (CEU), no será difícil recordar a un personaje que habitaba en los pasillos y jardines de la Facultad y deambulaba como un espectro predecible en las asambleas estudiantiles a donde se aparecía cada vez que discutíamos algún asunto importante.
Al parecer estaba inscrito en el colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad, pero nadie podría recordarlo tomando clases, si bien ya por entonces su estancia en la universidad se remontaba varios años atrás.
El Gabi, como se le conocía, solía irrumpir en las asambleas arrebatando la palabra para descalificar con furia todo aquello que se le viniera en mente, los convocantes de la reunión, los temas a discutir, los procedimientos acordados, lo que fuera. Su arribo siempre aparecía como un momento de inevitable disturbio que él mismo estelarizaba con discursos encendidos, amenazas virulentas, muecas revolucionarias y todo tipo de desplantes que normalmente terminaban en el momento que se daba media vuelta y abandonaba la sala entre las risas o las rechiflas de los presentes.
Delgado y de pelo largo, de piel blanca, rostro afilado y el brillo del fanatismo en la mirada, al Gabi se le podía ver con frecuencia rodeado de un pequeño grupo de incondicionales cuyo aspecto lumpenizado contrastaba ostensiblemente con el resto de los estudiantes.
Si el propósito era pasar desapercibidos lograban todo lo contrario pues era un secreto a voces que el Gabi y sus huestes formaban parte de alguna agrupación política radical que por entonces normalmente identificábamos con el Partido de los Pobres (PP) o con el Partido Revolucionario Obrero Campesino (PROCUP) –curiosamente no sabíamos en aquel entonces que en el estado de  Chiapas también se organizaba un movimiento armado y que su principal dirigente, el subcomandante Marcos, había egresado de nuestra facultad.
 De modo que el Gabi formó parte del paisaje del activismo estudiantil de la Facultad en un paradójico clandestinaje exhibicionista que lo llevaban lo mismo a tomar por la fuerza un cubículo estudiantil, que  a organizar una tocada de rock en el estacionamiento, en donde la indumentaria de los asistentes incluía una cerveza en la mano, un cigarro sin filtro en la otra y una playera estampada con la imagen del Che Guevara o del rockero mexicano Alex Lora. Fuera de ello, el Gaby y los suyos eran políticamente inofensivos y más bien nos habíamos acostumbrados a su presencia.
Cierto día el Gabi apareció, como era su costumbre, a la mitad de una asamblea en la que discutíamos algo relacionado con la organización del Congreso Universitario. Me había tocado moderar aquella reunión y me sentía por lo tanto obligado a contener la intrusión disrruptora del conspicuo Gabi. Así lo hice en tres ocasiones que intentó tomar la palabra por asalto y que me adelanté cediéndole el micrófono a quien le correspondía el turno conforme una lista de oradores acordada desde un principio.
Furioso, se levantó de un salto, alcanzó a gritar algo que  no pude distinguir pero cuyo mensaje era claro me acusaba de manipulador y de agente de algún enemigo en turno: la rectoría, la dirección de la escuela, el imperialismo, da igual. y antes de abandonar la reunión noté que desde el fondo del auditorio me apuntaba con el dedo índice mascullando entre dientes algo que podía considerar una amenaza y que si no fuera porque estábamos en la Universidad y no en la secundaria bien podría traducirse como un “nos vemos a la salida”.
Algunas horas después caminaba  yo a un costado de la facultad por el pasillo de columnas que conduce a la  Facultad de Derecho, acompañado de mi querido amigo y compañero de banca Morelos Torres, cuando tuve una visión aterradora: a lo lejos, caminando en sentido opuesto al mío, distinguí la silueta inconfundible del Gabi seguido de cerca por alguno de sus fieles escuderos. Mientras lo veía acercarse, yo, que nunca he tenido madera de mártir, comencé a sudar frío y a calcular una posible ruta de escape pero ya era demasiado tarde.
Cuando por fin nos topamos de frente mi olfato descubrió enseguida que el Gabi ya traía varios tragos encima. Para mi tranquilidad no cumplió de buenas a primeras sus amenazas e incluso, con una sonrisa mordaz y perturbadora, me ofreció un trago.
Mi respuesta fue la de un nerd consagrado: “no gracias”, le dije. “Ándale, insistió tómate un trago, mira lo que traigo”,   y entonces dio uno paso hacia adelante para mostrarme el contenido de su morral que apenas tenía cupo para dos objetos singulares: una botella de Chivas Reagal a medio tomar, y a su lado, arrogante y mudo, un pistolón automático ante el que debí quedarme bizco. Sin decir nada ya, retomé la marcha a grandes zancadas mientras escuchaba a mis espaldas las carcajadas del Gabi y su secuaz.
Alguien que podía a esas alturas cargar una botella de Whisky en el morral, y  que en el lugar donde habitualmente guardábamos libros escondía una pistola, era digno de cualquier sospecha.
Con el tiempo lo dejé de ver, imagino que de haber estado comprometido en alguna organización armada hoy deberá andar a salto de mata en algún lugar de Guerrero, de Chiapas o de ciudad Neza; quizás es profesor en alguna preparatoria popular, o tal vez se desempeñe como oreja de alguna oscura oficina de inteligencia gubernamental en donde cobre un salario quincenal. No lo sé, pero como él,  muchos personajes pintorescos poblaron y aún habitan en la selva universitaria, y su historia, que yo sepa, no ha sido aún documentada con precisión.

 

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