No hay yo sin límites - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
No hay yo sin límites | La Crónica de Hoy

No hay yo sin límites

Fernando de las Fuentes

Se obtiene lo que se tolera

Henry Cloud

Los seres humanos sólo podemos saber quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo a través de los otros. Nuestras relaciones son, en realidad, la única posibilidad de existencia. Buscando su identidad, niños y jóvenes comienzan por interiorizar a sus padres, maestros, amigos y primeras parejas, entre otras personas.

Esta identificación con otros es la primera etapa de la autodefinición y, lamentablemente, la última en muchos casos. La mayoría de las personas, sin darse cuenta, se describe a sí misma con la mirada de quienes la rodean y basa el sentido de su propia importancia en la opinión ajena.

Falta el límite que muestra dónde comienza y dónde termina la otra persona, para saber dónde comienza y dónde termina el yo. Sin esta delimitación, nadie puede pertenecerse a sí mismo. Vivirá complaciendo y dando para ser aceptado por otros, como requisito para la auto aceptación. Será incapaz de un no firme y duradero.

Esperará que en un binomio, filial, amistoso o de pareja, ambos piensen, sientan y quieran lo mismo. Manipulará y permitirá ser manipulado en aras de esta imposibilidad. Señalará, acusará, se victimizará ante lo que considera egoísmo, abuso y maltrato del otro, conduciéndose, paradójicamente, de la misma manera que censura y rechaza.

Ésta es la historia de las relaciones humanas. Es la historia de la falta de límites: los personales, los que deben imponerse a los otros y los que determinan el sano funcionamiento de cualquier binomio. Ni se asumen ni se exigen responsabilidades, ni se aceptan las necesidades ajenas ni se afirman las propias, porque, como dice Jorge Bucay, todo el mundo detesta a aquella gente que no se deja manipular.

Bajo este esquema, los padres son incapaces de poner límites a los hijos o de respetarlos si es que los han fijado. Cuando lo hacen, la propia indefinición los lleva más allá de lo sano, limitando no sólo las conductas, sino las emociones y los sentimientos, humillando, descalificando y hasta invalidando, porque el hijo o hija se resiste a cumplir con sus expectativas. Como los jóvenes responden a los hechos y no a las palabras, actuarán de la misma forma.

Se llega así, con todo este detestable bagaje, a la experiencia de formar la propia familia. La pareja, su fundamento, nace enferma. La guían creencias erróneas o cuando menos ambiguas sobre el amor, nacidas de, o deformadas por la ausencia de una clara autodelimitación como: “el amor no tiene límites ni barreras”, “el que ama todo lo calla, lo perdona y olvida”, “mientras lo hagas por amor no hay por qué sentirse culpable”, “todo lo que se hace por amor está bien hecho”.

Ante la falta de límites, el concepto mismo del amor es monstruoso: como es más importante que me ame el otro a que me ame yo mismo, es su amor el que me otorga valía y una razón para existir. Y si el otro es la fuente del amor, el que yo siento no es más que una reacción, no una acción. Así, dejamos de ser dueños el amor y nos convertimos en sus títeres.

El problema es que el otro lo vive de la misma forma. Si ninguno de los dos genera amor, no existe en realidad. Ambos fingen que aman para sí mismos y para el otro, y fingen que no fingen para hacerlo “funcionar”.

Para romper este ciclo, lo primero que hay que tener claro es que la función primordial de la pareja es el crecimiento, no la felicidad. Ésta es incidental en la vida. La tranquilidad, en cambio, es primordial, pero inalcanzable sin límites.

Sólo los miembros de las parejas sanas crecen y sólo las parejas con límites claros son sanas. Los límites empiezan por uno mismo. No siempre sabremos qué queremos, pero estamos obligados a saber qué no queremos, porque ésa es la medida de nuestros límites.

(Militante del PRI)

delasfuentesopina@gmail.com

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