Eutanasia, muerte digna

Wendy Garrido Granada

“Morir es parte de la vida, no de la muerte”, Iona Heat

La enfermedad está en fase terminal. Medicamente no queda nada más que hacer. El dolor recorre cada parte de su cuerpo, lo obliga a gritar y gemir. No hay droga que ayude a paliar el incesante sufrimiento físico y emocional. Postrado en una cama de hospital transcurren sus últimos días. Intenta pedir clemencia, exigir una muerte digna. Se le niega.

En México la eutanasia activa es ilegal. Un enfermo terminal no puede solicitar a un médico provocarle la muerte inmediata. Sólo, desde el 2008, puede optar por una eutanasia pasiva, que consiste en exigir que se dejen de suministrar los medicamentos, retirar los aparatos que lo mantienen con vida artificialmente o dejar el hospital. Sin embargo, la muerte tiene que llegar de forma natural.

La Asamblea Constituyente de la Ciudad de México aprobó hace un par de semanas el derecho a la Muerte Digna, establecido en el artículo 11 de la Constitución capitalina, que se refiere a la autodeterminación y el libre desarrollo de la personalidad. Ahí se puntualiza que el “derecho humano fundamental (de la autodeterminación) deberá posibilitar que todas las personas puedan ejercer plenamente sus capacidades para vivir con dignidad. La vida digna contiene implícitamente el derecho a una muerte digna”.

La muerte digna es traducida como eutanasia. Los constituyentes no quisieron agregar la palabra exacta por miedo a generar “suspicacias o malas interpretaciones”, que se pensara que “estaban a favor de la muerte y en contra de la vida”, según lo expresado por el  propio constituyente perredista, Jesús Ortega en una entrevista para el periódico La Jornada.

La eutanasia sigue siendo uno de los temas tabú de nuestros tiempos. Es difícil hablar de la muerte asistida. Abordarla. Enfrentarla. Y sobre todo, legislarla. Hay un rechazo, desde el ámbito moral y religioso, como bien dice Arnoldo Kraus, académico e investigador de la Facultad de Medicina de la UNAM: “el rechazo a la eutanasia activa y al suicidio asistido proviene de la fe, de las religiones, que pregonan un dios que da la vida, por lo que sólo él puede quitarla; esa idea ha complicado que la gente voltee a ver otra posibilidad”.

Esa otra posibilidad es ver a la eutanasia como lo que es, un derecho. Las personas deben tener la autonomía y la libertad de morir de forma digna ante sufrimientos físicos causados por enfermedades terminales. La legislación y la discusión sobre la eutanasia deben tener ese enfoque. Las cuestiones morales y religiosas sólo competen en lo individual, no en lo colectivo.

En la Constitución de la Ciudad de México ya se dio un primer paso en pro de la libertad y la muerte digna. Ahora sólo falta que el Congreso realice una ley secundaria para establecer las reglamentaciones bajo las cuales operará. Y así no se quede sólo en el papel o como un trámite engorroso y opaco para los capitalinos que deseen recurrir a este nuevo derecho.

@wendygarridog

wengarrido@gmail.com

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