Los Ocho (millonarios) más odiados

Francisco Báez Rodríguez

Los cálculos de la organización Oxfam, utilizando información de Forbes y de Credit Suisse llegaron justo a tiempo para la inauguración del Foro Económico Mundial de Davos: la riqueza de los ocho hombres más ricos del mundo equivale, aproximadamente, a la que tiene la mitad más pobre de la población mundial: es decir, 3 mil 600 millones de personas.

La reproducción en redes exageró, falseó y a final de cuentas banalizó la noticia. La información se distribuyó con la lógica del teléfono descompuesto. De tener tanta riqueza como los más pobres, los Ocho pasaron a tener tantos ingresos como la mitad más desfavorecida (confusión de acervo con flujo). Luego pasaron a tener la mitad de la riqueza del mundo, y al final —ya confundiendo peras con salchichas, porque las manzanas también son frutas—, resultaba que estos multimillonarios tenían “la mitad del dinero” del mundo.

Este ejemplo de mal uso de las redes (en realidad, los ocho más ricos de Forbes tienen, entre todos, aproximadamente el 0.67% del PIB mundial), a final de cuentas ayudó a no dar importancia a un dato que nos da cuenta de la enorme diferencia en la distribución de la riqueza a nivel global, y que es parte de los problemas que deben ser abordados en Davos (y, en primer lugar, por los más ricos).

La tajada de los multimillonarios en los ingresos globales es nada, en comparación con su participación en la riqueza mundial. La diferencia se llama acumulación. La distribución mundial del ingreso, ya de por sí inequitativa, es mucho más igualitaria que la distribución mundial de la riqueza, donde unos pocos tienen la mayor parte del capital (empresarial, financiero, inmobiliario), mientras que la mayor parte de las personas tienen pocas posesiones y gastan casi la totalidad de sus ingresos en consumos básicos. 

En el origen, sí, está el ingreso. La diferente capacidad de ahorro e inversión, a lo largo de varias generaciones, ha permitido que las diferencias en términos de riqueza se ensanchen. Quienes pueden ahorrar e invertir, son capaces de acumular, a diferencia de quienes viven al día. Mientras los ingresos sean muy dispares, y mientras se vayan agotando las oportunidades de movilidad social, se reproducirá la brecha, pero de manera multiplicada.

En las últimas décadas hemos vivido en el mundo un proceso de estancamiento de los ingresos por trabajo y un crecimiento de los ingresos derivados del capital, acompañados de una reducción en el papel social de los Estados (que detentan una parte no menor de la riqueza mundial, pero no la utilizan de manera suficiente para paliar las diferencias).

Hay muchas razones detrás de este cambio negativo en la distribución del ingreso y de la riqueza. Entre ellas una no menor es el cambio tecnológico, que ha hecho los procesos productivos menos intensivos en trabajo, y que no parece tener reversa. No es casual que cinco de los ochos supermagnates estén en el área de tecnología informática, y al menos otros dos tengan un altísimo componente tecnológico en sus inversiones. Este elemento contribuye a que la recuperación económica, cuando la ha habido, sea con creación relativamente pobre de empleos.

Vivimos una época en la que las diferencias económicas han sido procesadas políticamente de una manera maniquea, simplista y manipuladora. Aunque no sean la única razón, y en algunos casos ni siquiera la más importante, han jugado un papel importante en el ascenso al poder de populismos de izquierda y de extrema derecha. Estos populismos —el gobierno de Trump está a la vuelta de la esquina— amenazan con una disrupción general del sistema económico que hemos vivido.

De ahí la preocupación de los poderosos reunidos en Davos. Tienen que encontrarle la cuadratura al círculo y hacer que la economía global siga funcionando, a pesar de los riesgos crecientes de proteccionismo, de una nueva crisis financiera y de un crecimiento incapaz de detener la ola de inconformidad política.

Arreglar el capitalismo de mercado, restaurar el crecimiento económico, fomentar un liderazgo responsable, volver a la colaboración global, construir un futuro incluyente en tiempos de inteligencia artificial, son los títulos de los temas a tratar. En ellos ya vemos que hay un diagnóstico pesimista sobre lo que está ocurriendo: mercados que no funcionan, estancamiento económico global, líderes irresponsables, regreso a los nacionalismos, exclusión social por el acceso diferenciado a las redes…

No será una tarea sencilla, ni de pocos años. Pero acaso el problema toral está en lo que señalamos al principio: la enorme diferencia en la riqueza y en la capacidad de multiplicarla. Hemos pasado, en el último medio siglo, de una circunstancia de amplia movilidad social a otra, en la que es complicado salir del estrato de origen. De una dinámica de paulatina igualdad a otra de creciente desigualdad. La lógica de los mercados ha dejado un exceso de capital sin uso práctico y ha generado enormes olas de especulación financiera que barren en poco tiempo esfuerzos personales y colectivos de años (mientras enriquecen a unos pocos).

Los primeros interesados en hacer regresar las economías y las sociedades a la estabilidad y los círculos virtuosos deberían ser los empresarios. Los segundos, todos los políticos que creen en las libertades y la democracia.

Pero tiene que entenderse que eso no será posible si no hay un esfuerzo real por dinamizar los mercados internos, si no se entiende que el bienestar y la distribución son tanto o más importantes que el crecimiento en sí, si no hay un esfuerzo hacia una mayor cooperación internacional en todos los renglones. No será posible si prevalecen las visiones de corto plazo.

De otra forma, seguiremos viendo datos escalofriantes sobre desigualdad, las redes se seguirán encargando de exagerarlos y de fomentar el odio, no faltará el político populista que se aproveche de ello, y entonces todos estaremos metidos en un hoyo del que será más difícil salir.

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Twitter: @franciscobaezr

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