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Tijeras, sprays... mañana de Mochila Segura

La fila se extendía veinte metros de la puerta de la escuela, una de tantas secundarias públicas que funcionan en la zona Roma-Condesa. Formados, los alumnos aguardaban su turno para que sus mochilas fueran revisadas por una comisión de padres de familia. La práctica Mochila Segura, que se aplica con regularidad en la mayor parte de las escuelas de nivel básico de la Ciudad de México, tiene, esta mañana de jueves, una característica particular: es una medida emergente determinada por la autoridad educativa federal, impactada, como tantos en el país, porque un adolescente regiomontano agredió a tiros a su profesora y a algunos de sus compañeros para luego dispararse a sí mismo.

“Ya lo saben; no entran ni perfumes ni desodorantes en spray”, reconviene una madre de familia a la propietaria de una mochila floreada. Nadie encuentra un cutter o algún instrumento punzocortante que detone desconfianzas. Padres y profesores no acaban de ponerse de acuerdo con las tijeras de uso escolar: “Estas no;  traigan las de punta roma”. Los chicos ponen mala cara: a los adolescentes de secundaria les da pena traer las mismas tijeras que los chiquitos de primaria. “¿Y estas tijeras? ¡Parecen de pollero! Se quedan acá. Vamos a ponerle tu nombre y grupo. Más tarde las pueden recoger tus papás”. Lo mismo ocurre con los compases; algunos padres los dejan pasar. Finalmente, es material de la clase de matemáticas. A una maestra le entra la canija duda, y prefiere recogérselo a un jovencito de tercero. De tijeras medianas pero con punta sí se forma un montoncillo.

Algunos frascos de perfumes, cuatro desodorantes para hombre forman parte de los objetos recogidos. “Eso no ocurre aquí. Pero hay escuelas en el Estado de México donde los sprays se convierten en armas; cuando hay peleas, les rocían en la cara lo que traigan”, explica uno de los profesores de educación cívica. No todo mundo alcanza a captar la explicación. En consecuencia, dos desodorantes de barra y un roll-on también se quedan en la entrada.

Cosa rara en la comunidad; uno de los muchachos trae una laptop. Se desconciertan los revisores con la explicación: “No encontraba mi usb con la tarea de informática; entonces me traje la compu”. A pesar de las protestas del propietario, la máquina se va a resguardo a la dirección, donde la recogerán los padres del muchacho.

La instrucción llegó después de las 10 de la noche del miércoles 18. Por medio del sistema llamado “Ventanilla única”, la Administración Federal de Servicios Educativos en el Distrito Federal (ASEDF) solicita a profesores y directivos escolares “fortalecer las medidas de seguridad a la entrada de los alumnos y durante su estancia en los centros escolares. Para ello se implementará el protocolo establecido para Mochila Segura con la participación de madres y padres de familia… Esta acción se realizará a partir del día de mañana jueves 19 de enero de 2017, y hasta nuevo aviso”.

Los directores de las secundarias de la Ciudad de México debían estar, esta misma mañana, en una macroreunión informativa con miras al inicio de registro de los alumnos que deberán registrarse para el examen de admisión al bachillerato. Mochila Segura y el trágico suceso de Monterrey han cambiado las prioridades. Todos recibieron la orden de presentarse a primera hora en sus escuelas, para coordinar el protocolo de revisión, que, indica la instrucción recibida, debe realizarse “hasta nuevo aviso”.

A medida que llegan a dejar a sus hijos, los padres se desconciertan un poco por la enorme fila. Indagan, se acercan a preguntar. Los que llegaron antes de las 6:45 de la mañana y accedieron a colaborar en la revisión, se acomodaron ante las largas mesas puestas en la entrada de la escuela. Otros, como fueron llegando, se sumaron al equipo: mientras más sean, más rápido entran los chicos a clases. Ningún padre protesta por la revisión de mochilas. Sea por los medios de comunicación o por las redes sociales, los sucesos de Monterrey están en la mente de todos los adultos.

“Ayúdame para que acabemos rápido”, le dice una madre a la niña que le toca revisar. “Abre tu mochila; saquemos los cuadernos. Muy bien. Ahora, abre la estuchera —nombre familiar para los contenedores de plumas y lápices—… Ajá. Ahora, la bolsa de mano”.

Adentro, nadie se forma. Todos se van a sus salones, pues la primera hora ya va atrasada. Los profesores inician clase y poco a poco las aulas se llenan. El triste caso de la escuela regiomontana es materia de conversación: “A uno, como maestro, no saben cómo le duelen esas imágenes”.

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