Amansando a Trump - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
Amansando a Trump | La Crónica de Hoy

Amansando a Trump

Aurelio Ramos Méndez

La política con relación a las drogas, a la cual es factible darle de manera soberana una voltereta completa, constituye, entre las muchas cartas de negociación de México frente a Estados Unidos, el amansalocos que nuestro gobierno necesita para someter al demente populista, ultranacionalista, autárquico e imperialista que desde ayer despacha en el Salón Oval de la Casa Blanca.

Nuestro país tiene un abultado naipe de temas sensibles para el vecino, que van de la complementariedad económica a los aportes de la migración y aun la precisión del trazo del límite fronterizo. Pero, bastaría la redefinición radical del tema de las drogas para contrarrestar la hostilidad manifiesta de Donald Trump y resarcir en parte los perjuicios económicos de sus previsibles políticas.

Mejor aún, la coyuntura es propicia para abandonar por fin el ya dilatado servilismo de hacerle al Tío Sam el trabajo sucio, al costo de 150 mil muertos en una década y un terrible e irreversible deterioro moral e institucional. Lo es también para cortar de tajo el caudal de dinero destinado a la inútil guerra contra el narco, lujo que ya no puede permitirse nuestro país pobre y en crisis.

En el desconcierto de la violencia generada por el gasolinazo, el presidente Enrique Peña Nieto preguntó qué hubiera hecho cada uno de los mexicanos ante la disyuntiva de asestar el aumento en los precios de las gasolinas o eliminar programas sociales. Con el atinado empirismo de un taxista puede proponerse ensayar una política de drogas distinta del actual barril sin fondo que repercute en muerte, cárceles saturadas, corrupción, degradación social y daño a la imagen del país.

A punto del ungimiento del magnate, los mexicanos tuvimos esta semana escandalosas muestras de barbarie producto del combate al tráfico de drogas impuesto por el Pentágono, cuyo episodio más alarmante ocurrió en Playa del Carmen, con balaceras que dejaron cinco muertos en una discoteca y cinco más a las puertas de la Fiscalía de Quintana Roo. Inocultable señal de que, muerta la gallina de los huevos de oro del petróleo, el gobierno del presidente Peña Nieto se propone sacrificar la granja completa.

De acuerdo con la Comisión Nacional de Seguridad, Acapulco ya es el municipio más violento del país, en un estado donde —también esta semana— la cuenta macabra sumó diez muertos en un solo día, seis de los cuales fueron decapitados y desmembrados. Atroces prácticas éstas a las cuales, tristemente, los mexicanos ya nos acostumbramos.

En Cuernavaca, en una atmósfera de miedo, con asesinatos en bares y residencias maquillados por las autoridades como crímenes pasionales, fue detenido El Maseca, lugarteniente de El Carrete. Y un cuerpo fue hallado en tres pedazos esparcidos por aquella ciudad todavía con eterna primavera, pero ya sin paz. Y en Nezahualcóyotl, Estado de México… ¡Espacio falta para hacer la relatoría de la semana de terror en el país!

De acuerdo con la OCDE, en 2016 México captó 9 mil millones de dólares con su modelo turístico de sol y playa, y pasó del puesto doce al nueve en el ranking mundial. Aunque en opinión de José Ángel Gurría tal modelo está en riesgo debido a cambios en la demanda y consideraciones sobre el medio ambiente. No nos engañemos: la violencia es lo verdaderamente letal para el turismo.

Frente a esta inquietante realidad causa indignación el desempeño gubernamental, tanto federal como estatal; en particular la incompetencia de los gobernadores Héctor Astudillo y Carlos Joaquín González, imperturbables ante el desastre. Y la mansedumbre de los responsables de la seguridad, lo mismo nacional que pública, ante los dictados de Washington.

En medio de semejante ambiente de violencia se antojan sarcasmos las afirmaciones según las cuales “las Fuerzas Armadas salvaguardan la más noble y elevada de las causas, que es defender nuestra soberanía y proteger los intereses de la nación”, y los llamados a la unidad “para hacer frente a todo aquello que nos amenaza como nación”.

La llegada de Trump al poder, con su patente anti-mexicanismo, es oportunidad de oro para que nuestro gobierno avance hacia la legalización de las drogas. Medida que en los 90 el ahora mandatario estadunidense proponía no sólo para la mariguana sino para la totalidad de las substancias ilícitas, y que constituye la única manera eficaz de acabar con el poderoso y violento narco.

Es ocasión para sacudirnos, de una vez por todas, la imposición de la guerra anti-narco, negocio redondo para la potencia vecina en cuyos bancos se queda 95 por ciento de las ganancias de las drogas. Las migajas restantes, ya se sabe, cuando no retornan a Estados Unidos vía la compra de pertrechos, de plano les son arrebatadas a los capos en la negociación de la justicia para obtener libertad o rebajas de penas.

Dígalo si no el repatriado Mario Villanueva Madrid, cuya vida traza la parábola perfecta de la inutilidad de la guerra anti-narco.

El ex gobernador de Quintana Roo pasó de modesto ingeniero agrónomo a narco-político y luego a presidiario; después a extraditado y de nuevo encarcelado, y ahora, repatriado, confinado en un penal de Morelos. Tránsito vital en cuyo transcurso, sin embargo, el emporio del tráfico de drogas en aquel estado no sólo permaneció intacto, sino que se fortaleció hasta el punto de las masacres y los desafíos de la presente semana.

Díganlo si no, asimismo, otros muchos delincuentes que, aun en suelo mexicano han sido aprehendidos por los sheriffs al estilo americano y luego, extraditados, procesados, despojados de su dinero y obligados a delatar compinches reales o supuestos.

Tal como ahora, de seguro, podrá comprobarlo Joaquín El Chapo Guzmán, quien tendrá que cantar “El Corrido de Cananea” y delatar hasta a La Changa, El Osito y El Caimán, si aspira a salir de la cárcel.

Trump les recriminó ayer a sus coterráneos el que “hemos defendido las fronteras de otras naciones rehusándonos a defender las nuestras”. De acuerdo. Que las defienda, consciente de que sus insultos y ofensas presentan para los mexicanos la oportunidad de un cambio radical en la estrategia anti-drogas.

La oportunidad de reconducir hacia la atención de la pobreza, la salud, la educación y el empleo el inmenso volumen de recursos económicos ahora destinado a la guerra. O de ponernos a cantar con resignación: “¡Qué falta que hace que reviva Pancho Villa!”

aureramos@cronica.com.mx

Imprimir

Comentarios