A 30 años de la huelga de la UNAM (Segunda parte) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
A 30 años de la huelga de la UNAM (Segunda parte) | La Crónica de Hoy

A 30 años de la huelga de la UNAM (Segunda parte)

Edgardo Bermejo Mora

El Camo. El oscuro personaje al que recordamos en la entrega anterior, el Gabi, no era un estudiante como los demás. Alguien que podía a esas alturas cargar una botella de Whisky en el morral, y que en el lugar donde habitualmente guardábamos libros escondía una pistola, era digno de cualquier sospecha. Mientras que el Gabi era un personaje fácilmente reconocible y hasta cierto punto acartonado, esto es, un fundamentalista con claros visos de provocador que, o bien militaba en algún grupo de ultra izquierda o bien cobraba en Gobernación, hubo otros personajes por aquellos años de finales de los ochenta que resultaban más bien misteriosos y extravagantes, seres extraños que le daban un matiz de extravagancia tropical al paisaje de la política estudiantil en la Universidad en los tiempos del CEU.

Uno de ellos era el Camo, un ser extrañísimo, a caballo entre la locura y la genialidad, que sólo en una lectura muy simple podría ubicársele como un porro a sueldo, o un provocador. Era más bien un auténtico out sider que a muchos causaba repulsión por su aspecto desgarbado y pringoso, y cuya vida se ocultaba en un manto de misterio que lo hacía aún más atractivo. Una especie de clochard ilustrado, un retablo barroco que condensaba locura, indigencia, radicalismo mesiánico y formación humanística. Como salido de una novela de Balzac.

Lo vi por primera vez el mismo día que ingresé a la facultad de Filosofía y Letras, una mañana de noviembre de 1986 en la que daban inicio los cursos. Lo recuerdo apostado en el corredor principal que conduce a los salones de la escuela. Vestía una gabardina añosa que le arrastraba hasta el piso acentuando aún más su pequeña estatura y su delgadez extrema. Calzaba unas botas acorazadas de plataforma gruesa que por entonces no estaban de moda. Con una mano empuñaba un magnavoz por el que transmitía balbuceantes arengas de bienvenida, y con la otra sostenía un fajo de volantes en los que se alertaba a la comunidad del peligro que amenazaba a la universidad tras la aprobación en las vacaciones de verano de las reformas del rector Carpizo.

Su actitud era de constante turbación, siempre al borde de la histeria. Cuando hablaba pelaba los ojos como un sapo, y esto hacía aún más notorio el tic en uno de ellos que a veces brincaba de un lado a otro como si quisiera desbordarse de su cuenca. La cercanía revelaba su edad: mucho mayor que la del promedio de los estudiantes, la acumulación de arrugas en las comisuras de los párpados y el pelo entrecano indicaban que andaba, por lo menos, bastante pasado de los treinta. Era común verlo caminar por los pasillos ligeramente encorvado y balanceando los hombros como un mono. Se llamaba Jorge, pero todos le decían el Camo y nunca supe por qué.

Vinieron las primeras movilizaciones, después la huelga, y el Camo, que estaba matriculado en el Colegio de Historia y contaba con el precio de algunos profesores que en verdad le reconocían virtudes académicas, se convirtió en una parte más de la escenografía. Creo que vivió en la facultad todo el tiempo que duró la huelga. Siempre estaba de guardia en algún sitio, siempre con la misma ropa, cada vez más sucio y repulsivo pero al mismo tiempo cada vez más familiar. Era el único que se alimentaba a diario con las barbaridades que se cocinaban en algún salón de la escuela. Aún puedo verlo empujándose una torta de sardinas rancias y un vaso  de cool‑aid tibio de piña con resignación estoica.

También lo recuerdo sonriendo, como pocas veces se lo permitía, alrededor de una fogata noctámbula en las puertas que dan a la Avenida Universidad, con una taza de café en la mano y un cigarro sin filtro en la otra. Discutiendo acaloradamente, imponiendo su verdad y su lustre al grupo radicalizado de sus amigos, siempre menos inteligentes  que él, e impartiendo cátedra un tanto ideologizada pero consistente sobre  la historia de la Universidad.

Naturalmente él fue uno de los que se opuso  hasta el final al levantamiento de la  huelga, pero supongo que no sólo había una convicción radical en su negativa, sino acaso un asunto  afectivo, no tanto político como de sobrevivencia emocional. Para el Camo entregar las instalaciones equivalía a renunciar al único ámbito familiar y acogedor en el que se pudo sentir a sus anchas y justamente recompensado.

Finalmente se levantó la huelga y en los meses posteriores el Camo seguía apareciéndose como un fantasma por los pasillos de la Facultad, y  en los salones donde de vez en cuando tomaba alguna clase, siempre dispuesto a interrumpir al profesor para lanzar algunas de sus filípicas mitad geniales y mitad paranoicas.

Recuerdo haberme molestado el día que interrumpió  a gritos una sesión solmene en homenaje al gran historiador mexicano Edmundo O’Gorman. A la mitad de la ponencia de algún expositor decidió que había llegado el momento para las preguntas a quemarropa y poniéndose de pie soltó toda su infantería verbal entre los abucheos de algunos, la sorpresa muda de la mayoría, y la mirada de terror del anciano O’Gorman que no daba crédito a la escena.      

Hubo un tiempo que ya no se le venía por la Facultad. Los rumores señalaban que el Camo había emprendido un largo viaje a los Estados Unidos y que trabaja como indocumentado en alguna plantación de California.

Dos o tres años después apreció de nuevo, pero cada vez era más notorio su extravío. Todavía hace una década o poco más  me pareció verlo a un costado del mercado de San Ángel, en un puesto de comida miserable para los trabajadores que a diario acuden a la plaza San Jacinto en busca de un empleo temporal. Sí, efectivamente era él, y espero que no, estaba más deteriorado que nunca. Me intriga saber cómo lucirá y cuántos años tiene ahora, aunque prefiero decir con Walt Whitman: “No me pregunto quién eres, eso no importa para mí, puedes no hacer ni ser nada, me importante más saber quién fuiste”.

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