El hombre nacido en Danzig, de Guillermo Fadanelli | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

El hombre nacido en Danzig, de Guillermo Fadanelli

Presentación y comienzo formal

Van, vienen y son innumerables las tardes que he consumido sopesando si tiene sentido relatar historias íntimas que, en apariencia, sólo importan a quien las relata. Si en vez de cavilar y dudar me hubiera dedicado a escribir ya habría terminado una enciclopedia sobre las mariposas o acerca de los animales capaces de usar zapatos. Un hombre es su propio asunto y no puede escapar de sí mismo por más que ponga atención en otros seres humanos. Los demás seres humanos se tornan fantasmas o sombras inofensivas si los comparamos con el sufrimiento que uno mismo se produce cuando su cabeza no funciona del todo bien. Y por experiencia sé que los hombres sin cabeza también pueden caminar. Ahora soy un hombre sin cabeza que camina, mea sin necesidad de auxilio, conduce un automóvil y en su juventud corrió detrás de una pelota.

Estuve tentado a nombrar estas páginas con el título Historia de una piruja, mas, a decir verdad, prefiero ser cortés y comportarme prudentemente antes que revelarme como lo que soy en realidad: un jabalí malherido y agonizante; mi deber es ser amable y comportarme como un caballero hasta que el vómito no pueda ya contenerse. Aún no sé si conseguiré oponerme a la poderosa y tiránica Voluntad de la que no me considero responsable y, por lo pronto, me dejaré guiar por el impulso ciego o el impulso tuerto, que es casi lo mismo. La escritura rueda como la piedra y hay que aprovechar su fuerza y su destino. Lo que apenas viene es un relato tan ordinario que por ello resulta ya chocante para los lectores que andan en busca de tramas complejas y conceptos novedosos en la literatura. Lo que es ordinario se anuncia a gritos, lo sé y que nadie añada más al respecto. De todas maneras y contra toda discreción relataré la historia de una mujer en malos pasos, una mujer como no ha habido antes ninguna otra en mi vida. Es sabido que, desde La Ilíada el asunto más ordinario de casi toda historia es la mujer en malos pasos: y también sabemos, si fuimos a la escuela, que el eco de esos mismos pasos proviene de Troya, la ciudad que nunca existió.

Yo no sé obtener conclusiones de mis experiencias y tropiezo a cada rato con la lógica y los argumentos. Me embarro en pantanos imaginarios y concluyo tonterías: si veo volar a un pato mis cálculos me dicen que vuela desesperado porque seguramente lo persigue un lagarto. Y ésta no es conducta sensata ni sana para un hombre maduro. El comportamiento de Elisa Miller no tendría por qué ser considerado mi más ingrata experiencia pues, como dije antes, me es imposible llegar a una conclusión digna de ser tomada en cuenta por los cerebros prudentes. Mi capacidad de indagación es muy pobre.

Un niño y un predicador del evangelio podrían engañarme. Yo no habría llegado a imaginar o a concluir, como lo hizo Arthur Schopenhauer, que la Voluntad es la cosa en sí ni en cuatrocientos años, ¡la Voluntad!, la esencia, el sexo, el centro de donde proviene todo lo que somos. ¡No soy alemán y fui basquetbolista! Los “malos pasos” de una mujer son alas de mercurio al lado de mi imaginación. Ella vuela en los cien metros planos mientras yo me arrastro en el maratón y cuando la línea de arranque aún está a mis espaldas ella ha cruzado la meta ya varias veces.

Pasando por alto la repugnancia que mi historia causará en las mujeres de opiniones firmes y bien fundadas, insistiré en el único hecho que me interesa a estas alturas de mi vida: una mujer, Elisa Miller, me ha abandonado para siempre. Las historias comunes pueden llegar a ser amenas si se narran con espontaneidad y gracia, pero no me alcanza el talento para ello. La intimidad de las personas comunes se parece mucho a la repetición de los pasos en un baile regional y nadie se interesa por conocer a fondo el verdadero sabor de la sopa de lentejas o los escalofríos que siente uno cuando se corta un dedo. ¿Qué estoy diciendo?

Dentro de un sueño profundo yo le escuché decir a Jean-Jacques Rousseau que cuando dejó de ser el centro del mundo para Teresa, su mujer, ella pasó también a tener un papel muy secundario en la vida de él. “Las relaciones demasiado íntimas entre los dos sexos no producen más que daño”, llego a decir el filósofo. Y cuando le escuché decir esto pensé que un loco vanidoso como Rousseau, capaz de imaginarse que los seres humanos podían crear y respetar un pacto con tal de no herirse o patearse el culo entre sí, tenía que decepcionarse tarde o temprano de su inocente creencia. Lo comprobé en los ojos de mi Elisa que habían perdido su brillo salvaje y habían devenido en piedras opacas y mentirosas que brillaban a voluntad, pero que la mayor parte del tiempo se mantenían discretas y acechantes. Sí, lo sé, es posible que yo cause la impresión de no querer contar esta historia, pero si tal impresión es cierta lo es porque la historia que voy a narrar es triste y algo repugnante, como la visión de una cucaracha en un plato de arroz blanco. En fin, escribir palabras no me ahorrará la sensación de ser un hombre traicionado, no por Elisa, claro está, traicionado por Rousseau, los idealistas y el maldito e inepto detective que he contratado para resolver mi caso.

En el sueño referido, Rousseau, a quien llamaré Rusó para comodidad de todos, dejó una manzana a medio morder encima de la mesa, recargó su espalda en la solidez de una silla de latón bruñido y comenzó a hilar la conversación. Yo, que estaba concentrado en mi vino, y algo distraído, me espabilé cuando escuché su voz; y paré la oreja.

Rusó: Al principio yo quería que Teresa viviera dentro de mí y que nuestras almas se reunieran en un cuerpo nada más. Después, cuando dejé de ser su centro de atención, ella dejó de importarme. ¿No te ha pasado lo mismo con la sal o el azúcar?

Yo: El vino tiene suficiente azúcar, en mi opinión.

Rusó: La sal me recuerda al sudor.

Yo: Comprendo… también quise que pasara algo así con Elisa y terminé jodido y chiflando solo en la loma, querido Rusó. Una miseria todo este asunto.

Rusó: Para lograr una intimidad absoluta uno de nosotros tenía que desaparecer en el otro, disolverse. Teresa no me comprendía —Rusó no expresó ningún sentimiento al decir “Teresa no me comprendía”. Sólo miró la manzana mordisqueada que reposaba en la mesa, frente a sí. Las manzanas son odiosas porque siempre hay algún dilema importante alrededor de ellas.

Yo: Elisa es su propio centro de atención, una puta. He pensado en suicidarme –dije y mi dramatismo me sorprendió. Ante mí no había ninguna manzana: mi fruta  había desaparecido. Entonces Rusó comenzó a delirar y a autocitarse.

Rusó: Tenemos derecho a arriesgar nuestra propia vida si el fin es conservarla. ¿Se ha dicho alguna vez que quien se arroja por una ventana para salvarse de un incendio se suicida? Sería una idiotez.

Yo: Otro camino sería comérmela. Matarla y comérmela –debo apuntar que en mi sueño sonaba yo mucho más agrio y que mis sentimientos me dolían físicamente.

Rusó: No, eso es una fantasía y una estupidez literaria.

Yo: En fin, me suicidaré por el bien de Elisa y el mío. Es más, por el bien de todos aquéllos que no son yo.

Rusó: ¡El pueblo quiere su bien, pero no siempre lo comprende. Jamás se corrompe al pueblo, pero a menudo se le engaña! —Rusó comenzaba a alterarse, sus ojos eran ya dos bolas perdidas en un mar blanco y agitado. Teresa, el pueblo, el Estado y la Voluntad General, todo se enredaba en su mente.

Yo: Estimado amigo Rusó, lo siento pero no entiendo nada. ¿En todos los pueblos hay mujeres como Elisa?

Rusó: No sé quién es la pinche Elisa, pero lo que sé es que quien atenta contra su propia vida atenta también contra el Estado. Tú no eres dueño de tu vida.

Yo: El Estado lo inventamos los idiotas que no podemos dar paso sin destruirnos unos a otros.

Rusó (pensativo): Es verdad, pero, ¿y quién eres tú, hombre arruinado, para discutir conmigo?

Yo: Pues yo jugué basquetbol y leí a Schopenhauer. Hasta aquí llegó el intercambio de frases. Y después del sueño las mismas penas de siempre.

 

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