La era dorada ha comenzado; la era Trump

Rafael Cardona

Nadie sabe si la propensión a cubrirlo todo con pintura dorada, teñirse el pelo como “Ricitos de Oro”, aquella niña del cuento de Robert Southey, poeta inglés del siglo XIX, tenga nombre alguno en el vasto catálogo de las manías patológicas o quede englobado en una especie de ornamento por el ansia de riqueza o la exhibición del capital ya logrado; no sé si sea una prueba de codicia, un desplante de incultura, una sustitución de la real naturaleza de las cosas, pero Donald Trump es un adicto al brillo del oro falso y un coleccionista del oro verdadero.

Y a la superioridad del metal con cuya esplendorosa materia se construyó el mítico becerro de las tradiciones judías, se asumen otras muestras de aparente prestigio y una manía enfermiza por la preeminencia, la distinción, el mérito en la propia boca, la falsa promesa.

— ¡Primero América! Es el grito guerrero.

Quizá ante las grandes amenazas de hoy este dato signifique poco o pueda, sin embargo, simbolizar en su detalle menor la magnitud del delirio, pero una de las primeras acciones de Donald Trump en la Casa Blanca ha sido adornar la oficina Oval con dorados cortinajes de tela chillona y cursi como las lentejuelas de Juan Gabriel. Naco, naquísimo, si la expresión no ofende a la Conapred. Y si la ofende, pues allá ella.

Esta nota no es sólo jocosa, también es significativa de cómo se dan las cosas cuando el aprecio estético lo transforma todo en las galerías “El triunfo” o el vestíbulo del inolvidable teatro “Frufrú”, de Irma Serrano.

Washington, 20 ene (EFE).- El presidente de EE.UU., Donald Trump, remodeló hoy algunos detalles decorativos del Despacho Oval una vez instalado en la Casa Blanca: puso sofás y cortinas doradas y repuso el busto del legendario primer ministro británico Winston Churchill retirado por su antecesor, Barack Obama.

 “Es algo habitual que los nuevos presidentes pongan a su gusto la decoración del Despacho Oval a su llegada a la Casa Blanca.

 “En este caso, Trump, un fanático del dorado tal y como lo reflejan sus propiedades repartidas por el mundo, eligió ese color para unas cortinas que fueron granate durante el segundo mandato de Obama, tras pasar los primeros cuatro años en beige.

 “El nuevo presidente también optó por unos sofás tapizados en dorado en sustitución de los beige que tenía Obama.

Finalmente, Trump también quiso darle un toque dorado a la nueva moqueta (tapete)”.

Pero en fin, a diferencia de Oscar de la Hoya, quien fundó una empresa de promoción deportiva llamada “Golden Boy”, Donald Trump no es ya un jovencito, así lo quiera ocultar como el Golden Old Man, cuya larguísima corbata cuelga muy por debajo de la hebilla, contra todas las recomendaciones de la elegancia masculina, incluso el célebre Método Silva.

Hace tiempo, en ese mismo delirio fantasioso, Ian Fleming escribió dos novelas (una de las historias se llamaba The man with the golden gun y la otra Golfinger), cuyas tramas llegarían después al cine debido al ingenio de Albert C. Broccoli, un hábil productor cuya familia se enriqueció con la venta de legumbres.

Frank Sinatra fue “El hombre del brazo de oro” en aquella célebre obra de Otto Preminger (nadie tan hermosa con Kim Novak) y muy felices se van los ancianitos en la resignación casi siempre festiva de las Bodas de Oro. El oro nos seduce y asombra, ya sea en la ropa talar de los obispos o en la luminosa tarde de los trajes de torero. El oro, el oro… hasta en las arracadas de una gitana o una oaxaqueña en la vela Pineda.

Pero todas esas son divagaciones frente a un hecho cuya dimensión nos debería tener en tono más serio.

La era Trump se ha instalado en la historia por construir y ya nadie puede evitarlo, como decía Brozo cuando comenzaba la transmisión de su ya lejano programa de televisión. Por hoy, nadie lo puede evitar. Hoy, no, pero ¿y mañana?

En fin.

En paralelo a la faraónica ceremonia de inicio de gestión ejecutiva en Washington, ciudad de asombros, una efemérides actual no pasará nunca inadvertida, no pasará de noche, como se dice de las personas importantes en la vida de cualquiera, hemos visto una enorme colección de protestas inútiles y de proyectos menos útiles aún.

El catálogo de previsiones, recomendaciones, estrategias, especialmente en México, para enfrentar el fenómeno Trump y sus repercusiones nocivas, ha transformado el atavismo de mirar al norte con envidia, ambición, anhelo, ganas de cruzar la frontera, en cautela y un poco de temor.

Los mexicanos, toda la vida hincados ante el Coloso del Norte; hoy lo vemos como un ogro amenazante. Y apenas ahora nos damos cuenta de algo simple: siempre ha sido así.

Quizá los presidentes anteriores nos trataban con la educada condescendencia de quien ordena a veces barrer el patio trasero, pero nunca hemos sido nada más. No nos engañemos por la majadería de hoy. Es una simple consecuencia del dominio de ayer y de siempre. Y frente a eso no hemos, nunca, podido hacer algo. Hoy no lo vamos a conseguir mediante la ilusoria transformación de nuestros consulados en agencias de protección de migrantes. Eso suena lindo pero es una quimera.

Tampoco vamos a conseguir nada ofreciéndoles refugio en la Ciudad de México o acelerando los trámites de revalidación de estudios para los soñadores expulsados de Estados Unidos. Si fuéramos tan capaces, no habría migrantes: los habríamos cuidado aquí, sin empujarlos al éxodo.

Reproduzco aquí el epílogo III de Las invasiones norteamericanas en México de Gastón García Cantú. Que cada quien saque sus conclusiones:

 “…A las invasiones y agravios, han sucedido en México por las condiciones creadas por las obras públicas, una nueva forma de conquista pacífica, con las modalidades que han impuestos los Estados Unidos a todos los pueblos dependientes de su sistema: la guerra fría en sus formas abiertas o simuladas y una vasta organización represiva. JFK (tan querido él) definió la política americana en la nueva etapa no solo al decir: “…sepan nuestros vecinos que nos sumaremos a ellos para oponernos a la agresión o la subversión en cualquier parte de las Américas…”

El día del juramento, en la museográfica biblia Lincoln y la más nueva, regalo de su madre, Trump inició una descarada forma de dominio. Si sus cálculos económicos son equivocados o no, se verá con el tiempo; pero mientras avance el ensayo, nosotros poco o nada podemos hacer. Un par de ejemplos:

En tiempo de posadas, la izquierda relajienta y festiva rompió a palos una piñata de Trump. Ésa es nuestra capacidad. La burla y la chunga, como si eso pudiera conjurar la amenaza.

Y el viernes en el Paseo de la Reforma, de donde nadie puede remover las vallas frente a la embajada americana, cuya solidez convierte el camellón de esa avenida (a pocos metros del Monumento a la “Independencia”), se hizo un muro con cajas de cartón y un monigote con pelos amarillos y corbata roja.

Tiraron el muro y quemaron el mono.

Hasta ahí llegó nuestra capacidad. Mejor leamos a Nervo:

 “¡Ay infeliz México mío!

“Mientras con raro desvarío

“Vas de una en otra convulsión,

“Del lado opuesto de tu río

“Te está mirando, hostil y frío

“El ojo claro del sajón”.

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*(Moisés bajó del monte, pero al oír el jolgorio y percibir el becerro de oro, se enfureció, y sin poder contenerse, arrojó las dos Tablas del Testimonio —es decir, las tablas de piedra con el Decálogo—, rompiéndolas. Seguidamente incineró el ídolo cuadrúpedo, lo molió hasta hacerlo polvo, echó sus cenizas en agua y forzó a los israelitas a beber el polvo en agua”).


rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com

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