Populismo: un mito que regresa

Isidro H. Cisneros

La democracia debe defenderse de sí misma. Es sabido que a través de los métodos democráticos tanto el fascismo como el nazismo llegaron al poder. Ahora, el triunfador de las elecciones en la democracia más antigua de América, Donald Trump, invoca al pueblo y afirma que su gobierno será para el pueblo: “No es una transferencia de poder de un presidente a otro. Ni siquiera de un partido a otro. Estamos transfiriendo el poder de Washington y devolviéndoselo a ustedes, el pueblo”. Estas palabras recuerdan a las pronunciadas por Benito Mussolini en 1922 durante la Marcha sobre Roma, organizada por el Partido Nacional Fascista: “Hemos creado nuestro mito. El mito es una fe, es pasión, es un estímulo y una esperanza. Nuestro mito es el pueblo, nuestro mito es la grandeza de la nación”. El desafío más amenazante para la democracia en estos momentos, es el populismo nacionalista, lo que recuerda que la democracia no se establece de una vez y para siempre.
El populismo regresa con fuerza en el lenguaje de los políticos con tintes de demagogia, mesianismo y nuevas esperanzas. La “voluntad popular” expresada democráticamente a través del voto, es invocada incesantemente por los líderes para cultivar un contradictorio consenso social en torno a sus estrategias antipopulares. Se presenta como un fenómeno, al mismo tiempo, incluyente e intolerante. Su fuente de inspiración y referencia constante es el pueblo, considerado un agregado social unitario que sostiene la homogeneidad de las masas con sus arquetipos, esencialismos y nostalgia por el pasado. Encarna el mito nacional, el que llega a los corazones, el que reclama deberes para con la patria o el pueblo, el que está exento de excusas o explicaciones. El nacionalismo populista como elemento de unión social y cohesión política.
Las interpretaciones sobre el populismo muestran divergencias y frecuentemente son generalizaciones de pocos casos nacionales indebidamente postulados como tipos ideales. La categoría es tan amplia, que es aplicada a ejemplos totalmente diversos. Para complicar las definiciones se reconoce también la existencia de un populismo de derecha y otro de izquierda, uno marcadamente autoritario y otro con pretensiones democráticas. El populismo se abroga el monopolio de la representación nacional y niega el pluralismo. Exalta al líder carismático y a la política vertical, estableciendo una relación con las masas fuera de la intermediación institucional para crear un sistema plebiscitario basado en una liturgia política cuasi-religiosa que promueve la socialización autoritaria del pueblo.
En cuanto acción política, el populismo nacionalista hace prevalecer la supremacía de la voluntad del pueblo, presentándose como un movimiento que promueve la salvación de las masas a través de liderazgos maniqueos, dogmáticos, excluyentes y discriminatorios. En cuánto ideología, considera que las máximas virtudes públicas residen en el pueblo, quien representa a la mayoría de la sociedad y es fuente de la legitimidad política. El populismo aparece como un movimiento donde el pueblo es la entidad suprema tanto en su expresión concreta como en su investidura mítica. El autoritarismo personalista siempre está al acecho, defendamos la pluralidad y la diversidad que son valores esenciales de la democracia.


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