¿Mi niño cree en mí?

Fernando de las Fuentes

Para educar a un niño por el camino correcto, transite usted por ese camino

Josh Billings

 

La forma en que tratamos a los demás es la forma en que nos tratamos a nosotros mismos, y es producto de nuestras experiencias en la infancia, las cuales definen quiénes seremos.

Si siente que su vida no fluye, sus proyectos, sus relaciones y su abundancia son insatisfactorios, sepa que el responsable es un niño: ese que usted fue y sigue siendo. Su niño no cree en usted.

Nadie ha tenido una infancia perfecta, excepto en su imaginación. Todos tenemos heridas, en primera instancia porque el niño exige el amor sin falla, en segunda porque eso no existe. A eso hay que añadirle verdaderos malos tratos en muchos casos, desatención y hasta abandono.

Sin ir al extremo, una crítica mal elaborada, un regaño desmesurado, una exigencia poco realista, autoridad sin razones, poca disposición para escuchar o cualquier palabra que inhiba las emociones y la imaginación, entre otras de las conductas más comunes en cualquier familia promedio, pueden causar en el infante la percepción de ser rechazado, y el rechazo es el mayor dolor para cualquier niño.

No podemos corregir el pasado, pero podemos cambiar la forma en que lo procesamos emocional y mentalmente. La mala noticia es que esto no se logra simplemente localizando la herida, es decir, rememorando el trauma y dejando salir el sentimiento, mucho menos poniendo distancia entre el adulto capaz y el niño indefenso.

La buena noticia es que ese niño está y estará siempre con nosotros, hasta el día de nuestra muerte, de manera que podemos hacer que crea en nosotros, amándolo, escuchándolo y atendiéndolo. Nosotros somos ahora sus padres.

La idea puede sonar descabellada, sobre todo porque la mayoría de las personas tiene un débil o nulo vínculo con este niño herido, de tal manera que se han alejado también de sus cualidades innatas: inocencia, alegría, creatividad, imaginación, sorpresa, curiosidad, entre otras.

El problema de la vejez no está en el cuerpo, sino en el alma, en la desconexión con este niño. Dice Paulo Coelho que “si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo”.

Aquí y ahora podemos ponernos en contacto con ese niño interior, para darle todo lo que necesita, no en una sesión cada Corpus Christi, sino todos los días, empezando por unos momentos, porque la finalidad es reintegrarnos en uno solo con él.

Entonces nunca seremos viejos, aunque nuestros cuerpos viajen hacia el más natural de sus destinos: la muerte. Entonces tampoco le tendremos miedo a ésta. No le tendremos miedo a nada.

Aquel que tiene miedo dentro de nosotros, el que vive tratando de llamar la atención, el que está muy enojado, es arrogante, insolente, díscolo, envidioso y traicionero, entre otras monerías, es este niño herido. Es el que para protegernos del dolor nos boicotea las relaciones, porque sigue exigiendo el amor sin falla.

Algunos terapeutas consideran que el ego es parte de ese niño herido, y no es descabellada la idea, porque, ciertamente, mientras más grande el ego, más dolido el niño.

Si no podemos educar y conducir con sabiduría a nuestro niño interior, jamás podremos hacerlo con nuestros hijos.

Cuando pensamos que no podemos actuar como un niño, porque son inmaduros, débiles, alborotadores o cualquier otro adjetivo descalificativo, estamos considerando a nuestro propio niño interior de esa manera y, por tanto, rechazándolo. De la misma forma trataremos a nuestros hijos.

El sabio siempre es un niño porque ha aprendido a sentir correctamente. El niño interior está en el hemisferio derecho del cerebro, el que siente. Sentir es comprender. El exceso de racionalidad nos lleva a construir un mundo imaginario en el que no existe el dolor, pero tampoco la felicidad.

Ver la vida con los ojos de un niño es vivir plenamente.


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