Melania Trump, Primera Dama

Concepción Badillo

De todas las celebraciones con que se festejó en esta capital la llegada al poder de Donald Trump, sin duda la más alegre y la organizada con más orgullo, fue la que realizó la embajada de Eslovenia, la pequeña república de dos millones de habitantes que era parte de Yugoslavia bajo el mando del líder socialista Josip Tito. Un país del centro de Europa colindante con Italia, Austria, Croacia y Hungría, que hasta ahora poco figuraba en el ambiente político y social de Washington, pero que de repente tiene a su hija más conocida en el inesperado papel de Primera Dama de los Estados Unidos.

En la cena de gala, presidida por el embajador Bozo Cerar, los asistentes escucharon a través de pantallas a Srecko Ocvirk brindar eufórico por Melania Trump. Y cómo no, si es el alcalde de Sevnica, una localidad a orillas del río Sava, donde la esposa del nuevo mandatario creció, tras venir al mundo en abril de 1970 en Novo Mesto, un poblado cercano.

Los eslovenos aún están sorprendidos, como lo estamos todos, ante el triunfo y llegada de Trump a la Presidencia y con el ascenso de su mujer a Primera Dama. Una posición simbólica, un trabajo que no eligió, para el que no fue electa ni nombrada, que no tiene descripción clara de sus tareas ni obligaciones, que no tiene sueldo y al que no puede renunciar a menos que se divorcie.

Si Trump rompió el molde de donde salían los mandatarios y es el primero que despacha desde la Oficina Oval con tres matrimonios en su haber, (Regan, Wilson y Theodore Roosevelt se casaron dos veces); en primicias su esposa no se queda atrás y es la primera Primera Dama que llega a la Casa Blanca nacida en el extranjero en los últimos 191 años, desde la mujer de John Quincy Adams, quien había nacido en Inglaterra en 1775. Melania es también la primera esposa de un presidente estadunidense que habla cinco idiomas: esloveno, su lengua natal, inglés con fuerte acento, francés, alemán y serbio.

Pero con la figura perfecta de 1.80 metros de estatura, medidas de 88-60-88, es también, como se sabe, la primera Primera Dama que tiene en su currículum haber posado desnuda, ya que en el 2000 apareció en la revista británica GQ llevando puesto sólo un collar. Hija de un padre vendedor de autos y una madre dedicada a la costura, a diferencia de su marido, no nació en la opulencia ni creció como rica, sino en un departamento estilo soviético, totalmente alejada de su vida actual de despilfarro y excesos.

Sus vecinos describen a Melania como una adolescente tímida que aspiraba a graduarse como arquitecta en la universidad de Ljubljana, pero en 1987, cuando tenía 17 años, un afamado fotógrafo, Stane Jerko, le pidió posara para él. A los 18 fue contratada por una agencia de modelos en Milán, donde se cambió el apellido de Knavs a Knauss, que suena más alemán. En 1966 llegó a trabajar a Nueva York y pronto tendría su foto en un gigantesco anuncio de cigarrillos Camel en pleno corazón de Times Square.

Dicen sus amigos que nunca iba a fiestas. No se sabe si esto es verdad, pero cuando fue a una en el centro nocturno Kit Kat en Manhattan, conoció a su marido, ella de 28 años, él de 52 y aún casado. Contrajeron matrimonio en 2005 en una extravagante boda celebrada en Mar-a-Largo, la casa de descanso de Trump en Palm Beach, Florida, donde ella lució un vestido valuado en 200 mil dólares ante centenares de invitados, entre ellos, Elton John, Muhammad Ali, el príncipe Carlos de Inglaterra y muy notablemente el ex presidente Bill Clinton y su esposa Hillary, en ese entonces amigos cercanos de la pareja. Al año siguiente nació su hijo Barron.

Melania se convirtió en ciudadana estadunidense en 2006, cuando nadie podía haberse imaginado que algún día, esta inmigrante se convertiría en Primera Dama, compañera de un presidente que odia a todos los que no son de aquí.

Al festejo que los eslovenos organizaron en su honor, los Trump no asistieron, estaban preparándose para los bailes oficiales donde, contrario al lujo que el mundo se imagina, los asistentes vestidos de etiqueta, cenaron cupcakes con tenedores de plástico y platos desechables de papel. Y eso que Trump recabó en donaciones de sus simpatizantes, más de cien millones de dólares sólo para las celebraciones de su llegada al poder.

 

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