“En la familia Jara la Constitución jamás ha sido rival del cancionero”: Aldara Jara | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

“En la familia Jara la Constitución jamás ha sido rival del cancionero”: Aldara Jara

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Los dos fueron andariegos… Uno por revolucionario, el otro por bohemio.

La historia de la familia Jara se afianza entre dos nombres: Heriberto y Pepe.

El primero fue obrero y dirigente sindical, siempre defensor de los derechos laborales y campesinos; en 1907 se convirtió en uno de los líderes de la huelga de Río Blanco y tres años después participó en el primer reparto agrario de la Revolución. Ya como general brigadier, fue electo integrante del Congreso Constituyente de 1917, convocado para redactar la Carta Magna aún vigente en nuestros días. Durante las discusiones mantuvo su esencia y pugnó por la modificación del proyecto original del presidente Venustiano Carranza para incluir garantías a favor de la educación, propiedad de la tierra y trabajo —artículos 3, 27 y 123—.

AVE. Estamos aquí, camino al Desierto de los Leones, para evocar a don Heriberto, al cumplirse 100 años de la Constitución el próximo 5 de febrero. Aldara Jara, descendiente del general, nos recibe en su casa. La acompañan Jorge, su hermano veinte años mayor, y Paulina y Mía, sus hijas de 12 y 7 años, las más pequeñas de la dinastía.

Y cómo olvidar aquí al segundo nombre: Pepe, Pepe Jara, el trovador, cantante multifacético: en soledad, duetos y tríos, considerado el principal intérprete de Álvaro Carrillo. El Andariego lo hizo famoso: con esta canción abría todos sus shows y una estrofa quedó escrita en su epitafio.

­—¿Le habría gustado al general Heriberto ser ave de paso en el amor y mariposa de mil flores?

Sí, dicen sus bisnietos y para borrar dudas Jorge, quien alguna vez cantó en palenques y fue amigo de serenatas, alista la garganta y se dispone al palomazo en honor del constituyente:

“Ni cadenas ni lágrimas me ataron/más hoy quiero la calma y el sosiego/ perdona mi tardanza te lo ruego/ perdona el andariego que hoy te ofrece
el corazón”.

Y de repente, se antoja un tequila… ¡Salud!

­—¿Y cómo la familia pasó de las armas a la guitarra?

Aldara apunta: “Casi todos los Jara de antaño fueron militares, y mi papá nos contaba que no siempre eran tan serios: andaban de un lado para otro, pero en los ratos de descanso sacaban la guitarra y cantaban, recordando a los quereres que dejaban de pueblo en pueblo. Armaban la bohemia entre ellos. Mi abuelo Francisco Jara, primo del general, también anduvo en la milicia y a la par era músico: sabía tocar la guitarra, el piano y el violín, acompañó a varias orquestas”.

Francisco también se volvió compositor: alguna vez escribió una canción para el presidente estadunidense John F. Kennedy, se la envió por correo y días después recibió una carta sellada desde la Casa Blanca, en la cual el mandatario le agradecía la deferencia.

—¿Y Pepe también estuvo en el Ejército?, se pregunta a Aldara.

—Ya no, la generación de mi padre fue la que rompió con la estirpe militar, aunque dictaduras siempre hubo en nuestras casas. A los tíos les dio por la docencia,  el comercio y la música. Y ya la mayoría de nosotros a la pura artisteada: mis hermanas Cecilia y Rosario cantan muy bien, de hecho Rosario siempre ha vivido de esto. Y en las fiestas, cuando hay mariachi o sacan la guitarra, nos sale la cantada. El que no canta, baila, y el que no baila recita, pero algo hace.

No hay constancia de dotes musicales o faranduleros de Heriberto Jara, aunque Juan de Dios Bojórquez, quien también fue diputado del 17 y escribiría en 1938 el libro Crónica del Constituyente, aludiría a la chispa singular del general:

“Para mí, Jara representó uno de los papeles más brillantes en Querétaro. Fue, en mi concepto, la segunda figura en aquel congreso histórico (la primera fue Múgica). Sonriendo siempre y con ganas de hacer juegos de palabras a todas horas, Jara fue un orador ameno, a quien se oyó con simpatía en la tribuna”.

Cuando entre canción y canción le preguntaban a Pepe Jara sobre su relación con el general Heriberto, se limitaba a decir:

“Ese gran hombre fue mi abuelo”.

En realidad los Jara nunca han sido de vínculos tan estrechos ni se han detenido en hurgar en el ayer. Su origen militar los ha llevado por rumbos diversos: al sur, al norte, al centro…

Heriberto nació en Veracruz el 10 de julio de 1879, pero recorrió todo el país con sus grupos de resistencia, brigadas, tropas y divisiones. En Tamaulipas se alió con el general revolucionario Lucio Blanco para repartir tierras a los campesinos (1913)… Y ahí, en ese estado, nacería quince años después Pepe Jara —25 de diciembre de 1928—.

¿Qué significado tiene descender de un constituyente?, se pregunta a Jorge.

—Es como una medalla. Han pasado 100 años y se le sigue mencionando y eso quiere decir que hizo algo bueno, a diferencia de muchos políticos viejos que han quedado olvidados. Es una honra pertenecer a esta rama.

Y después de un siglo, ¿cómo vez al país?

—Si el general Heriberto y los demás constituyentes revivieran, se volverían a morir.

—¿Tanto así?

—No resistirían ver cómo unos cuantos han manipulado a su favor la ley que ellos hicieron. Seguro que los diputados de aquella época no estarían de acuerdo con los bonos, dietas y demás robos de legisladores, gobernantes y políticos de ahora; se enriquecen de tal forma que jamás podrán gastarse el dinero que se llevan. Qué les puede preocupar, por ejemplo, el aumento de la gasolina, si a ellos se las regalan, y sólo por irse a dormir a las cámaras.

RIFLES Y REQUINTOS. Las pequeñas tataranietas saben de su pasado constitucionalista.

“Nos han dicho en la escuela que la Constitución es la ley más importante de México”, dice Mía, la menor.

 “Quisiera que todos mis amigos del colegio supieran que alguien de mi familia la hizo”, se regocija Paulina.

—¿Y qué derechos les gustan más?

—Los de los niños— responden casi a la par.

En esta familia el rifle jamás ha sido rival del requinto. Ni la Constitución del cancionero. Ni la política de la música. Hasta en los instrumentos melódicos hubo conexión…

CORONELAS. Entre las nueve guitarras que Pepe Jara heredó a sus hijos —tras su muerte en julio de 2005, a los 76 años—, algunas hechas a mano por artesanos mexicanos o de otros países, dos tienen nombres evocadores, con sabor a las andanzas del general muchos años atrás: La Presidenta y La Coronela.

Un sabor sólo de arranque o en el papel, pues fueron bautizadas así por circunstancias y personajes ajenos a don Heriberto, y tal vez hasta antagónicos.

La Presidenta fue un regalo del presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien de vez en vez enviaba a su secretario particular en busca de Pepe Jara. Sabía dónde encontrarlo: en el restaurante-bar Terraza Casino, donde el músico trabajaba en aquella época.

“Dile que cuando termine su show se venga a Los Pinos para la bohemia”, era la orden del mandatario.

Tras salir de la presidencia, se nombró a Díaz embajador en España por un breve lapso. Ya estaba enfermo. Allá compró el obsequio para el amigo de nostalgias nocturnas.  

La Coronela fue un presente del coronel Francisco Sahagún Baca, de cuando dirigió la siniestra División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD). Al destaparse la corrupción, Pepe lo ocultó en su casa, “porque sin importar lo que hagan, siempre hay que dar la cara por los amigos”, decía. También conoció a Arturo Durazo Moreno, desde la época en que El Negro era un sacaborrachos en el histórico burdel La Casa de la Bandida y la amistad continuó durante el ascenso policiaco. Años después, tras destaparse los lujos y excesos del mando policial, y ordenarse su arresto, Pepe lo visitó en el reclusorio: le llevó una cazuela de verdolagas con espinazo, comida preferida de El Negro.

La Coronela, pues, no tiene relación con el nombramiento de don Heriberto como coronel, después de incorporarse a las fuerzas revolucionarias de Francisco I. Madero.

Es difícil saber si Díaz Ordaz, Durazo y Baca habrían sido camaradas del general Jara, cuyo espíritu quedó plasmado en un discurso posterior a la promulgación de la carta magna:

“Las fuerzas activas más limpias del pueblo, los cuatro sectores fundamentales en nuestra nacionalidad, son los soldados del glorioso Ejército de la República, la organización campesina que reúne la mayoría de los trabajadores del campo, las más poderosas Centrales Obreras del país y los elementos del Sector Popular”.

LUTO. ¿Qué sello ha perdurado en la familia desde los tiempos militares hasta los musicales?

“Hemos sido una familia de lucha y perseverancia, de trabajo —describe Jorge—. El general Heriberto fue uno de los principales promotores del derecho al trabajo y toda su vida se entregó a las causas de los más desprotegidos, y mi padre era un trabajador incansable, que salió a picar piedra desde Casas Grandes, un pueblo muy chiquito de Chihuahua. Llegó a la Ciudad de México como talonero, y anduvo en bares, restaurantes y cantinas buscándole a la vida, ofreciendo canciones y se sabía todas”.

“Sí, luchadores, pero otro legado importante es la honradez —dice Aldara—. El general tuvo muchos cargos políticos y militares, hasta fue comandante y gobernador de Veracruz, pero no murió entre riquezas, sino con modestia (a tres meses de cumplir 89 años)”.

El 19 de abril de 1968, dos días después del zarpazo de la muerte, las cenizas del constituyente fueron llevadas a Veracruz y arrojadas al mar desde un helicóptero.

Ya para entonces comenzaba a sonar con fuerza la canción de “El Andariego, obra del oaxaqueño Álvaro Carrillo, pero inmortalizada en la voz de su nieto: Pepe Jara. Y cuya letra encajó perfecto en aquel momento del adiós:

“Y cuando yo me muera, ni luz ni llanto, ni luto ni nada más. Ahí junto a mi cruz, yo solo quiero paz…”.

 

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