Relámpagos presidenciales

Rafael Cardona

La verdad recuerdo muy poco los detalles. El salón me parecía enorme y el óleo sobre uno de los muros, impresionante. La imagen de John Quincy Adams, quien inauguró esa residencia ejecutiva en 1800.

Mi experiencia con el poder era limitada.

Había cubierto la fuente presidencial, como suplente, en los tiempos de Gustavo Díaz Ordaz y el olor de rancia madera y perpetuo pulimento del bronce para los pasamanos de las escalinatas, aunado al lejano murmullo de la tijera para afeitar los setos en el vecino jardín, me dejaba siempre una impresión entre el secreto y el convento. Por alguna razón, como en los elevadores, todo mundo se cree obligado a hablar en voz bajita.

En la Casa Blanca la experiencia era distinta. Los aromas y los sonidos también necesitaban traducción. Las oficinas americanas, quién sabe por cuál razón, y sin importar su jerarquía, todas tienen el mismo aroma de bibliotecas.

Cerca de los ventanales había una mesa con una de las grandes instituciones culturales de los Estados Unidos dispuesta y bien dotada: la coctelería. Un país donde todo se compone con un vaso en la mano.

En la puerta, con ínfulas de mayordomía, un caballero alzó de pronto la voz y dijo muy sonoro: ¡El Presidente de los Estados Unidos de América!

Y con la perpetua sonrisa de un experto en seducción de multitudes, afable a pesar de su hosca apariencia, con paso firme y la mano diestra extendida, apareció Richard Nixon a quien los mexicanos, al menos los de mi generación, veíamos con el reverso de la dorada moneda americana, en cuya otra cara brillaba refulgente la imagen de John F. Kennedy.

De cualquier manera Nixon era un hombre carismático. Lo recordaba en aquella horrible gira por América Latina cuando coleccionaba gargajos de los comunistas colombianos y venezolanos. Tenía frescas sus ágiles respuestas a la prensa cuando lo golpearon en California: señores, les dijo a los reporteros, ya no hay más Nixon para patear. Y llegó a la Presidencia.

Lo demás, ya lo sabemos.

Pero ese día estaba en la cima del poder mundial, como llegaría años después a esa misma cumbre, por diferentes caminos, el señor Jimmy Carter a quien conocí de manera muy sureña en Atlanta, años más tarde.

Una estudiante del Georgia Tech necesitaba hacer un programa radiofónico y requería una entrevista con el gobernador.

Ella —una rubia cuyo periodismo estudiantil pasaba también por el modelaje— gestionó todo y me pidió acompañarla al programa. Me presentó el gobernador, un hombre de ojos azules, sonrisa blanda y mano más blanda aún. Parecía un predicador o un granjero. Quizá era ambas cosas, a fin de cuentas.

—¡Ah!, “mexicanou”, me dijo.

—Sí, gobernador, mexicano.

Años más tarde lo vi en el Campo Marte de la Ciudad de México, a punto de subir a un gigantesco helicóptero, mientras el Estado Mayor Presidencial, como en una película de los hermanos Marx, revisaba el motor de una de las limusinas americanas cuyo radiador hirvió inexplicablemente a la impía altura de la Ciudad de México y el calor de los pavimentos de Reforma.

Vistos de cerca los presidentes americanos parecen simplemente burócratas de alto rango. Nadie podría advertir sus poderes ocultos. No tienen resplandores ni se forma en torno de ellos ningún campo intransitable. Sus guardias, con el gusano en la oreja, los superan en ferocidad.

Ellos sonríen, siempre.

El calor del mediodía en Acapulco es insoportable sobre todo si uno camina hasta el hoyo siete para pedirle una entrevista al señor Haldeman.

Y cuando el tal caballero dice, “lo siento, pero estoy impedido por un juez federal para hablar del caso”, así sea (o precisamente por serlo) el caso Watergate, uno siente la tristeza enorme de ser un reportero al cual se le va de las manos un buen asunto. Pero a veces hay un dios exclusivo para estos casos.

Un afiche en la tijera de la puerta anuncia la conferencia, al día siguiente del gobernador de California, Mr. Ronald Reagan.

—¿Ya habrá llegado? El teléfono interno ayuda.

—¿Sí?, gracias; sí, ¿me comunica, por favor?

El zumbido se acaba. Una voz firme y bien colocada contesta. “Hello!”.

—Sr: Reagan, soy tal y cual y quiero tal y tal y me gustaría… sí… ¿cómo?, ¿que suba? Sí, voy hecho madres. No, no, digo, right now, voy rápido.

La puerta se abre y en el mejor estilo de Hollywood, Ronald Reagan, sin escoltas, recibe. Luce una celeste guayabera, un pantalón de lino color arena, mocasines color miel y una sonrisa deslumbrante. El pelo brilla con la vaselina de los años 50.

—Sí, me voy a postular.

Años más tarde lo escucho en un discurso furibundo en el jardín de la Casa Blanca. Ha puesto al Presidente de México contra la pared. Le ha filtrado una falsedad sobre un depósito multimillonario en Suiza.

—¡No le tiren gasolina al incendio!, le advierte a Miguel de la Madrid, quien promueve el Grupo pacificador Contadora. El actor de Hollywood se ha bajado del escenario.

Lleva en las manos un revólver.


rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com

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