Nacional

“Antes se hacía política para enarbolar ideas, no para llenarse los bolsillos”: Carlos Avilés

Herederos de los Constituyentes ◗ Carlos Avilés, un catrín de fina estampa y nieto del constituyente Cándido Avilés, charla con Crónica en el Museo Casa Carranza de la Ciudad de México ◗ De entrada, retrata al abuelo como campesino, hombre obligado a vender paletas para solventar los gastos familiares, aun en su época de legislador ◗ Antes comandó las Guerrillas Montadas de Angostura y luchó por el Municipio Libre

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

Sin alardes ni terciopelos, dichoso de su pasado, el nieto de 71 años endereza la espalda y se acomoda el sombrero:

“Mi abuelo fue un agricultor del Valle de Mocorito”…

¿Quién fue don Cándido Avilés?, la pregunta. Y sorprende esta respuesta, primera descripción en torno a quien fue jefe de las famosas Guerrillas Montadas de Angostura (Sinaloa) y hombre clave en la toma de los puertos de Culiacán y Mazatlán durante el movimiento revolucionario. Y años después, ya como diputado constituyente de 1917, artífice de la defensa del Municipio Libre y la conformación del Senado de la República.

Todo esto lo sabe el nieto: Carlos Avilés, un catrín de fina estampa quien, con la inspiradora candidez de un niño, prefiere de arranque retratarnos al abuelo campesino, al hombre obligado a vender paletas para solventar los gastos familiares, aun en su época de legislador y funcionario público.

“Porque antes se hacía política para enarbolar ideales y causas justas, no para llenarse los bolsillos. De hecho, había semanas o meses que no llegaba dinero, era pura pasión y amor al pueblo”, dice.

El encuentro para hablar de don Cándido —nacido en abril de 1881 en territorio sinaloense— se pacta en el Museo Casa  Carranza de la colonia Cuauhtémoc, en la Ciudad de México. Este inmueble sirvió como cuartel de las fuerzas revolucionarias; en 1919 el presidente Venustiano Carranza decide rentarlo y es aquí donde se velan sus restos, tras ser asesinado en mayo de 1920.

Apenas un saludo y, como burbujas, las anécdotas comienzan a bullir de entre las remembranzas del nieto.

“Después de promulgada la carta magna, los constituyentes compraron una botella de champagne y prometieron que sería un regalo para el último en morir, no repararon en que un vino de este tipo no dura tanto años y termina por avinagrarse. La idea no resultó”.

¿Y tu abuelo fue el último en fallecer?

—Casi le toca, pero no, fue el penúltimo: murió en 1983 a los 98 años y todavía quedó don Jesús Romero Flores, quien moriría hasta 1987 a los 102 años.

El intento reporteril por conducir la charla fracasa… Don Carlos parece hechizado con los relatos del abuelo.

“Cuando asesinaron a Venustiano Carranza, tres años después de firmada la Constitución, las facciones se dividieron y mi abuelo debió huir disfrazado de arriero. Logró llegar a Veracruz para embarcarse rumbo a Cuba… Ya en la isla, un agente aduanal le preguntó de dónde venía. De Sudamérica, respondió él, pero el agente lo atajó: Tú no me la pegas, chico, eres mexicano… Lo separó de la fila y él se asustó, pero de pronto el cubano lo agarró del hombro y le dijo: Vienes de la Revolución… bienvenido a nuestro país”.

“En aquellos tiempos se vivía a salto de mata, huyendo. Escapó dos veces de la cárcel, ubicada en lo que hoy es la Hemeroteca Nacional. Una vez lo metieron por planear la recepción de cajas de parque enviadas por el presidente Madero. De verlo siempre en peligro, sus hijos ya no quisieron seguirle los pasos: yo soy hijo de marino, y otros de mis tíos mejor se dedicaron a la agricultura o a la gastronomía”.

—¿Cuéntame de las paletas…?

—La familia no podía subsistir con lo que don Cándido ganaba como diputado. Tenía ocho hijos, así que planeó con mi abuela abrir una paletería por la zona de Mixcoac.

¿Y te tocó probar las paletas?

—No, pero a mi papá sí: incluso en el Colegio Williams, donde estudiaba, sus compañeros lo apodaban El Paletas.

¿Entonces ni la Revolución ni el Congreso le dejó dinero?

—Le fue mejor económicamente cuando se dedicó a la agricultura, sobre todo en la década de los 40 que se exportaba mucho tomate a Estados Unidos. Además, cultivaba maíz y garbanzo. Trabajando la tierra logró hacer un ahorro y se compró un coche marca Packard Bell, modelo Patricia. Años después el gobierno de Sinaloa le dio un dinerito y pudo adquirir un condominio en la Ciudad de México, donde vivió sus últimos días.

¿Cómo fue que en este país se pasó de los políticos por amor al pueblo a los políticos por amor al dinero?

—Cuando acabó la transición revolucionaria y los bandos empezaron a mezclarse, surgió la famosa frase de Álvaro Obregón: “No hay quien resista un cañonazo de 50 mil pesos”. Y a partir de ahí se fue dando el acomodo de algunos hacia un mejor estatus. Mi abuelo peleó junto a dos generalísimos: Rafael Buelna y Macario Gaxiola, quien incluso fue gobernador de Sinaloa, y todos terminaron como agricultores.

ARMAS EN LA MANO. Don Cándido llegó a ser prefecto de Mazatlán, Mocorito y Culiacán, equivalente hoy a presidente municipal. Y por eso el Municipio Libre (facultades administrativas, personalidad jurídica y manejo patrimonial) se convirtió en uno de sus principales estandartes en el Congreso Constituyente.

La tarde del 24 de enero de aquel 1917 retumbó en el Teatro de la República una de sus frases memorables:

“En Sinaloa, desde el año de 1909, un grupo de ciudadanos hemos combatido en pro de la libertad municipal, en la tribuna, en la prensa y con las armas en la mano”.

Olían a pólvora las manos de don Cándido. Y el aroma alcanzó la ciudad de Querétaro…

“Le habían tocado vivir días turbulentos como prefecto: era nombrado, pero sin funciones ni poderes y eso le enojó mucho, por eso llegó al constituyente a luchar por la autonomía municipal y eran tiempos donde las diferencias se dirimían a balazos. Estoy orgulloso de su batalla, aunque tristemente muchos de sus ideales se quedaron en el papel”.

¿Por qué lo dices?

—“La Constitución tiene un ángulo decepcionante: nos marca como un país federalista, pero son palabras al aire porque somos tremendamente centralistas. Y sin federalismo no hay autonomía en estados y municipios, es una falacia”.

Tal vez por eso este administrador de empresas nacido en 1945 prefiere evocar al abuelo lejano a la tribuna política y más cercano al corazón, con su traje de héroe familiar.

Al abuelo previsor, quien en cada visita acostumbraba regalar a los nietos —tuvo más de 40— dos monedas de plata de cinco o diez pesos: una para gastar y otra para ahorrar. Apegado siempre a la Ley del Timbre, cuando se pagaban impuestos con estampillas, su consejo a los chiquillos reunidos en casa era siempre eludir deudas y mantener los papeles personales en regla.

Al hombre de charlas épicas, de cuando montaba a caballo con su rifle dispuesto, en la Revolución, el Agrarismo y la Guerra Cristera.

Se casó una sola vez: con Jesusa Rocha. A diferencia de la mayoría de los constituyentes decía: “Con una mujer me basta, para que quiero más”.

Escribir era uno de sus pasatiempos favoritos: redactaba cartas a sus descendientes y en la etapa final de su vida incursionó en el periodismo: publicó artículos en el Diario de Culiacán, La Jornada y la revista Proceso.

Salpicado por el amor a su esposa, su canción predilecta fue: Jesusita en Chihuahua.

—¿Entonces le gustaba la música…?

—Sobre todo las canciones revolucionarias y los boleros. Era también muy bailador. Nos contó que en una reunión juvenil de orquesta bailaron toda la noche una sola pieza, la única que se sabían. Se turbaban la guitarra, el violín y el acordeón para que todos pudieran bailar.

Hasta los últimos días, conservó el apego a su tierra: Sinaloa, sus colores y sabores, como el de las bizcotelas y coricos, galletillas elaboradas a mano con harina de trigo, piloncillo, vainilla y canela.

“Hay que defender a nuestros indígenas mayos, para que jamás sean discriminados”, se volvió un consejo cotidiano a hijos y nietos.

¿Les contó alguna vez del origen del narcotráfico en Sinaloa?

—Nos dijo que en aquella época esa palabra no existía. Se conocía quien traficaba y se les llamaba gomeros, por la goma que soltaba la amapola cuando era raspada con una navaja. Nos contó que en la famosa canción de La Cucaracha los mariguanos eran soldados rasos, guachos. A partir de los años 40 el estado comenzó a corromperse con la comercialización de la goma y otros narcóticos, empezó la exportación a Estados Unidos y se hizo un negocio, peleado por diversas facciones de narcos.

Y de repente, el silencio… Algún recuerdo mudo se adueña del nieto. Otra vez el sombrero, la mueca de orgullo, nostálgica.

“La Constitución es muy valiosa, el problema es que no prevalece el estado de derecho. Nos falta ser un país más justo, como aquel que soñó mi abuelo y los otros constituyentes”.

Imprimir