La jauría rabiosa

Aurelio Ramos Méndez

Se esperaba que el gobierno de Donald Trump pudiera ser una película de terror, cuyos cortos vimos durante su campaña electoral; pero ha resultado un rottweiler rabioso, ensañado con México, con un comportamiento imprevisible, y que por lo mismo —por descabellado que parezca— en cualquier momento puede dejar la conducción de las relaciones con nuestro país en manos no de su canciller, sino de su secretario de Defensa, Perro Loco.

Frente a semejante perspectiva, nuestro gobierno debería ponderar con seriedad la conveniencia de recurrir a la ONU, mediante una demanda formal, tal como sugieren diversas voces, entre otras la del ex representante de México ante aquel organismo multilateral, Porfirio Muñoz Ledo.

Se necesita serenidad para tratar con el magnate desquiciado, pues no hay nadie en el orbe capaz de prever sus jugadas. El presidente Enrique Peña Nieto y su equipo han atinado —con sus asegunes— al atender la responsabilidad insoslayable de relacionarse con el vecino, aunque ésta es tarea de psiquiatras no de políticos ni diplomáticos.

Que Perro Callejero —así llama a Trump su jefa de prensa, Helen Aguirre— infligió grave ofensa a los mexicanos al firmar la orden de construir el muro fronterizo, es algo que ya quedó establecido. De ahí a cerrar las vías de comunicación con su administración, tiene que mediar un trecho largo. Para bien o para mal la geografía nos ubicó “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

Al decretazo para construir su muralla el magnate añadió el insulto estilo Vicente Fox al Jefe del Estado mexicano, con aquello de que si no viene a pagar, mejor que no venga. Situación que llevó las relaciones bilaterales a su punto más bajo en décadas. Y a cancelar —¡no podía ser de otro modo!— la gira que iniciaría el próximo martes.

Nada ha funcionado para aplacar la furia del mandatario gringo, ni siquiera la desatinada inasistencia de Peña Nieto a la cumbre de la Celac, en Punta Cana. Foro donde en vez de quedar vacía la silla de México debió servir para convocar la solidaridad regional y emitir un pronunciamiento firme contra la jauría hidrofóbica instalada en la Casa Blanca. En lugar de eso, se permitió que el rottweiler nos oliera el miedo.

Pocas horas le llevó a nuestro Presidente deshojar la margarita para decidir si acudir o no al encuentro con Trump.

El miércoles por la noche, en un mensaje de repudio al “acuerdo ejecutivo” —ley habilitante inspirada no en Nicolás Maduro sino en Adolfo Hitler— para levantar el muro, el mexiquense erró al dejar en suspenso la visita a Washington, la cual debió haber confirmado en ese momento, con toda determinación.

Ninguna necesidad había de ponerle un signo de interrogación al periplo, porque no había disyuntiva alguna. Si bien el decretazo de Trump incendió las redes sociales con exigencias de cancelar la visita, apenas 48 horas antes Peña Nieto había recibido en Los Pinos un firme respaldo político para desplegar frente al vecino una estrategia sin sumisión pero también sin confrontación, de diálogo y negociación.

El lunes 23 la clase dirigente configuró un verdadero trabuco que daba idea de unidad y liderazgo. En la residencia presidencial se congregaron —y escucharon y respaldaron con aplausos el posicionamiento de Peña Nieto— los presidentes de las cámaras legislativas, gobernadores, miembros del gabinete, dirigentes empresariales y laborales, coordinadores parlamentarios y representantes de diversos sectores sociales. ¿Tuvo alguna legitimidad y validez semejante cónclave o fue un acto vacío de contenido?

Así y todo, en el ámbito político y entre intelectuales y artistas, se alzaron voces exigiendo la cancelación del viaje a la capital del imperio. De Cuauhtémoc Cárdenas a Miguel Barbosa, Armando Ríos Pitter y Alejandra Barrales, pasando por Roberto Gil y Gabriela Cuevas, fueron muchos los políticos que intentaron emular a Juan de la Barrera, Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca.

Otro tanto ocurrió con el cacumen de la nación. De Jorge Castañeda a Héctor Aguilar Camín y Ángeles Mastreta, pasando por Elena Poniatowska, Epigmenio Ibarra y colados de todo pelaje. Incluido Fox, ese pensador de altos vuelos, quien pidió que Peña Nieto “se faje los pantalones” y luego dijo que Trump canceló la junta porque “somos chiquitos pero picosos”.

El vecino distinguido de Atlanta y en sus ratos libres dirigente del PAN, Ricardo Anaya, se refugió en el ideario del Filósofo de Güemez, con la reflexión profunda de que sólo había dos caminos: ir o no ir. Emilio Gamboa dio prueba de autonomía de criterio: “Apoyamos cualquier decisión que tome el Presidente”. Y Enrique Krauze recordó la guerra México-Estados Unidos de mediados del siglo XIX, cuando —dijo— México no negoció la venta forzada de territorios, sino que se negó a venderlos y se defendió, y recomendó que “¡así hay que actuar!”.

El inquilino de Los Pinos no lo dijo en su mensaje televisado, pero estaba claro que la visita seguía en pie. Hasta ese momento, hacía bien el Presidente en no escuchar la verborragia de ese ícono del vasallaje y el entreguismo que es Castañeda Gutman. Por todos los medios y con menos patriotismo que arrogancia, el otrora tovarich y fidelista y luego canciller de un ex vendedor de Coca Cola, propaló su convicción de que fue “una tontería”, “una imbecilidad” de Peña Nieto, el haber invocado principios tales como la soberanía, la dignidad y el respeto.

Ante periodistas amigos incapaces de cuestionarlo, Castañeda celebró que Peña hubiera cancelado su participación en la cumbre de la Celac. En la coyuntura de conflicto con los gringos —dijo— resultaría mal visto que estuviera reunido “con esos países bananeros”. Caramba. ¡Y pensar que en esas manos estuvieron las relacione exteriores de nuestro país!

Castañeda dijo además que suena hueco hablar de soberanía y dignidad, entre otras cosas porque nadie negocia despojado de estos valores, y porque históricamente no los hemos ejercido. Que alguien se apiade y deslice en el portafolio del ex canciller algún libro sobre la proeza de la expropiación petrolera, o los discursos de Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, el canciller de José López Portillo. Para no hablar del desempeño de Bernardo Sepúlveda en los tiempos del Grupo Contadora y la participación de México en la pacificación de Centroamérica.

Es cierto, la conducta de un deschavetado resulta un enigma; pero también es cierto que con la indecisión sobre el viaje a Washington quedó abierto el resquicio para el amenazante si no pagas, no vengas, que puso las relaciones a pender de un hilo.

Ahora, sólo cabe esperar que la siguiente cita no sea con el general James Mattis, Perro Loco, ni en el Pentágono sino en la Casa Blanca.

aureramos@cronica.com.mx

 

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