A un diplomático mexicano debemos una expresión, no menos afortunada que preocupante, ante la doble distancia —física y espiritual— que separa a México del continente asiático: “En México —sentenció— estamos norteados y desorientados”. Con esta expresión el gran embajador mexicano Manuel Uribe, ya fallecido,  quiso exponer en un ingenioso juego de palabras el doble extravío en nuestra manera de ver la cartografía política y económica del mundo, empeñados en mirar hacia el norte y al mismo tiempo despreciar o paralizarnos ante la otredad exótica que supone el oriente, en este caso la región de Asia-Pacífico.

En efecto, sólo “norteados” se explica que durante décadas hemos fincado nuestros proyectos de desarrollo con base en la opción inercial de acogernos al impulso de la locomotora norteamericana para asegurar el crecimiento, la ilusión de los noventas de una integración comercial y civilizatoria con Norteamérica,  mientras que del otro lado persiste la “desorientación” que se expresa en no fincar mayores expectativas hacia el otro lado del mapa con el que —gracias al Océano Pacífico— estamos geográfica e históricamente vinculados: el continente asiático.

Las relaciones comerciales y civilizatorias que por siglos hemos establecido con esa porción del planeta explican sobradamente nuestra pertenencia a esta historia común, y sin embargo Asia sigue siendo el gran ausente en nuestros planes estratégicos de crecimiento y expansión.

 China —el gran protagonista regional y global que tanto aparece en el imaginario de los ateridos empresarios mexicanos—  ha estado ausente en el diseño de un plan B para enfrentar una coyuntura de cambios radicales en nuestra relación con Estados Unidos como se ha hecho patente en los últimos días. 

Aclaro: esto no significa que no exista una política sistemática y articulada de México hacia China, así como una relación bilateral intensa y compleja en sus diversos ámbitos de acción. Significa en todo caso que la realidad camina por un lado y más bien a paso lento,  y que no obstante no hemos acabado de hacer del tema un asunto de seguridad nacional, amplio consenso y planeación estratégica de nuestro futuro.

Miramos de soslayo al  vecino que más puede influir en el futuro inmediato del país, pero de igual manera no le hemos dado más impulso a nuestros vínculos con el resto de la región. Hay avances, naturalmente: los acuerdos económicos y comerciales bilaterales, especialmente con Japón y Corea; el reconocimiento de China como socio estratégico de nuestro país, y la creciente coincidencia entre México y Pekín en diversos aspectos de la agenda multilateral, especialmente en el espinoso tema de la reforma de Naciones Unidas; todo lo cual permite reconocer que gradualmente la región asiática —y especialmente los tres grandes de Asia Oriental: Japón, Corea y China, recuperan su peso y su lugar en el radar de la diplomacia mexicana y en la agenda de la discusión pública. Pero vamos tarde, y el señor Trump no hace sino recordarnos  esta realidad.

 En la última década, Asia y particularmente China  recuperaron presencia en la epidermis discursiva de la política mexicana. Y si bien se le incorporó al vocabulario florido de los mensajes de gobernantes, políticos, periodistas y empresarios, el acento sigue puesto en la tendencia a mirar al Oriente del mapa con el temor de quien espera la llegada de un tsunami: la gran ola oriental que roba mercados, destruye viejos sectores de la producción nacional, acapara inversión extranjera, y provoca nuevas legiones de desempleados, que son a fin de cuentas los principales damnificados de la “aplanadora asiática”, que es como nos empeñamos en ver a nuestros vecinos del Oriente por la vía monótona de las amenazas, y no por la autopista de doble vía que toma nota de los riesgos pero también de las oportunidades. Es curioso, hay algo en nuestro aterido discurso en relación a la “amenaza” China que se parece en forma y lógica al discurso de Trump sobre México.

Con la novedad pues de que Asia también nos conforma y nos define en el presente y en el futuro, pero a todo esto hay que reconocer que el camino es largo y el rezago mucho: menos del diez por ciento de nuestras exportaciones van a parar a las naciones asiáticas, el comercio de México con la región representa en términos de volumen menos del uno por ciento del total que se genera en esta parte del mundo, que tiene para sí nada menos que un tercio de la población mundial y un 40 por ciento de la riqueza que se genera en el planeta.

Un dato para  preocuparse: tan sólo el 10 por ciento de las inversiones de capital asiático en el mundo tienen como destino los países latinoamericanos. El desconocimiento del mapa asiático y sus sensibilidades regionales se deja sentir aún más en este momento en el que Trump y sus amenazas nos espantan, nos indignan, nos “desorientan”.

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