Cultura

Migraña en racimos, de Francisco Hinojosa

Separación (1896), Edvard Munch. 

Del psicoanálisis al tarot

Tengo cincuenta y dos años. Hace veintisiete tuve mi primer ataque de cefalea de Horton. En esta mitad de vida, cuando no he estado en temporada de migrañas, he tenido miedo a que llegue un racimo más: entre doscientos y cuatrocientos episodios apiñados en dos, tres o cuatro meses.

A diferencia de la gran mayoría de mis pares de mal —que han necesitado ir de médico en médico o de neurólogo en neurólogo en pos de un diagnóstico confiable—, yo supe desde el primer momento que eso que me rompía la sien izquierda, me arrancaba el ojo y me presionaba la mandíbula, que me provocaba sudores y náuseas, que me hacía insoportable la luz y cualquier ruido era una migraña en racimos (aunque en ese entonces aún no la identificaba con ese nombre). Lo supe porque, también a diferencia de la mayoría de los clusterianos, esa dolencia ya la conocía aunque no fuera en carne propia: mi padre y mi hermano menor la padecían: era hereditaria. Estoy en la lista de ese escaso cinco o seis por ciento de los habitantes de Horton que tiene antecedentes familiares.

Lo supe entonces pero no quise reconocerlo. Inscribirse en ese club de los ojos rojos, involuntariamente, a sabiendas de lo que significaba ser miembro activo, era reconocer esa herencia, aceptar un negro futuro, que ya había vivido en cabeza ajena, e iniciar mi propia travesía apartado de “la feliz manada de los seres normales”. Unos doce años antes de mi primer encuentro con la migraña, mi padre comenzó su cosecha de racimos. Esa vez, justo el día en que mi madre cumplía treinta años, lo tuvieron que llevar cargando desde su oficina debido a un repentino mal que lo había inutilizado para valerse por sí mismo. Era para él un dolor de cabeza inexplicable, nunca antes experimentado, intensísimo, que le hacía saltar muy marcadamente una vena de la sien derecha, le llenaba el ojo afectado de lágrimas, le congestionaba las narices, le provocaba náuseas y le enrojecía el rostro. Tan inédito e inaudito era el dolor que sólo podía interpretarlo como la señal de un castigo divino, la posesión de un espíritu demoniaco o el inequívoco síntoma de un mal mayor: quizás un tumor maligno alojado en el cerebro.

Su primera temporada en el infierno apenas comenzaba. Los episodios se desencadenaron rápidamente y se hicieron recurrentes e insoportables. Todos los días era lo mismo: el dolor llegaba de pronto —sin ningún motivo reconocible que justificara su agresividad— y lo desgastaba paulatinamente, de minuto en minuto, al grado de verlo, al final del ataque, convertido en un guiñapo, sin fuerzas.

Al cabo de un tiempo alguien le dijo que sus dolores de cabeza se llamaban neuralgias de trigémino. Las palabras al parecer describían algo muy cercano a lo que sentía: había un nervio responsable de causar el dolor llamado trigémino. Las preguntas eran inevitables: ¿cómo arrancárselo?, ¿qué droga, por más fuerte y dañina que fuera, podría domarlo?

Mi padre se quejaba, como nunca lo habíamos oído antes quejarse de nada. Durante esos periodos de migraña —que no recuerdo cuántos días, semanas o meses duraban—, había que guardar silencio, no hablar del asunto, caminar en el aire y, sobre todo, verlo pasar con el rostro desencajado, sudoroso, enrojecido.

Un día una conocida suya —a la que había salvado de quedar en ridículo en un restaurante por no llevar el suficiente efectivo para pagar la cuenta— le llamó y le dijo que tenía cita con un especialista, que los honorarios de la primera sesión ya estaban cubiertos por ella y que estaba segura de que él lo curaría de su mal. Mi padre acudió a la cita con el doctor —un médico cirujano, especializado en psiquiatría y luego en psicoanálisis, discípulo de Eric Fromm— e inició una relación terapéutica y analítica con mi padre, transferencia mediante, que duró siete u ocho años.

El psicoanalista exhibió desde el principio su mejor atributo ante el nuevo paciente: su heterodoxia —que prescindía de divanes al tiempo que privilegiaba el uso de fármacos agresivos, que buscaba en sus sueños la confirmación de que un desarreglo psíquico era el origen de las cefaleas, y que encontraría más tarde que temprano en el inconsciente del paciente los datos que dieran pie para encontrar su cura.

Al poco tiempo, se convirtió en médico general de cabecera de la familia, confidente, consejero vocacional, paño de lágrimas, lector del tarot, horóscopo e I Ching, ejemplo de entrega al trabajo, astrólogo, vidente, compañero de viaje y gurú. Alfredo —nombre de pila del presunto psicosanador— colaboró a que poco a poco la migraña de mi padre tomara cortazarianamente la casa y empezara a conducirla hacia salidas primero esotéricas que científicas. Y digo la casa porque el cluster es un mal que ciertamente padece con horror y dolor el afectado, pero que también esparce sus venenos hacia todos los que lo rodean. En cierto sentido, vivir y convivir con un migrañoso es un verdadero dolor de cabeza.

Entre más sesiones de psicoanálisis tenía mi padre, más cefaleas le daban y más se quejaba de su suerte. Y por más que el médico-psicoanalista-brujo le extendía recetas médicas, lo interrogaba acerca de su pasado, hurgaba en sus sueños, lo invitaba a cambiar de vida y le leía las cartas del tarot y las líneas de la mano, ningún presagio le auguraba mejores tiempos. Para él, las neuralgias eran un desorden atípico (o arquetípico), y por ende un síntoma inequívoco de que algo andaba mal en la vida del paciente: estaba convencido de que con un serio y prolongado trabajo psicoanalítico que permitiera reconocer las causas que disparaban tan violentas reacciones físicas, con el paso de los años (¿cuántos?) el sufrimiento cesaría.

Paralelamente al dilatado y sesudo trabajo de consultorio, la farmacia comenzó a llenar los cajones con Tonopanes, Cafergots, Migristenes y no recuerdo qué otros analgésicos, estimulantes, ansiolíticos y antidepresivos que mi padre tomaba con la esperanza de que alguno le funcionara como abortivo de las cefaleas, o quizá con el convencimiento de que sin ellos todo sería mucho peor, o también muy probablemente para justificar nuevas adicciones escondidas bajo la prescripción de una receta médica.

Es más: ni siquiera dejó de consumir alcohol, que es una de las pocas cosas (junto con la histamina y la nitroglicerina) que casi todos los hortonianos reconocen como disparadores inmediatos de las cefaleas. (Hoy en día, treinta y ocho años después de su primera cefalea y a veintiocho de un derrame cerebral provocado por un aneurisma que casi lo mata, sigue consumiendo fuertes cantidades de alcohol sin que encuentre una liga de causa-efecto con sus migrañas.)

Al principio no se ocuparon, ni mi padre ni su psicoanalista, en buscar un diagnóstico neurológico o en saber cómo se llamaba la bestia que lo había apresado. Decir que tenía jaqueca, neuralgia, hemicránea, cefalea, migraña o un simple pero intenso dolor de cabeza eran formalismos léxicos de muy poca importancia, ya que lo que realmente, psicoanalíticamente, tenía peso y consistencia eran los probables desórdenes emocionales del paciente, el estrés, su conflictiva relación con la autoridad, un largo historial de falta de estructuras familiares, sus problemas de trabajo y personalidad, etcétera, etcétera, que devenían todos ellos —como consecuencia lógica— en ese malestar y en esos intensos dolores de cabeza unilaterales.

Castigo divino o invasión de espíritus diabólicos —como lo pensaban los sumerios, babilonios y asirios—, había que trepanarle la cabeza, así fuera simbólicamente, para permitir que saliera de ella el humor maligno que lo tenía postrado. Y el psicoanálisis, creían ambos, podía ser el taladro que ayudara a escapar los venenos atrapados en la cabeza del paciente.

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