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Convirtió décadas de recuerdos en el Museo de Transportes Eléctricos

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Desde pequeño, Héctor Lara sintió atracción por los tranvías que circulaban por las calles de la ciudad y cada que se subía al que pasaba afuera de su casa con dirección a su escuela platicaba con los operadores que conducían el transporte en turno, sin imaginar que en un futuro sería quien salvaría la historia de aquellos camiones y sería uno de los rescatistas y fundadores del Museo de Transportes Eléctricos, ubicado en Av. Municipio Libre, colonia San Andrés Tepepilco, en Iztapalapa.

Sentado en un sillón, con pantalón negro de vestir, camisa azul claro con las letras del Servicio de Transporte Eléctrico (STE), un bastón negro y un pisacorbata con la figura de un Trolebús, Héctor Hugo Lara Hernández, de 58 años de edad, contó a Crónica su historia como uno de los primeros transportes públicos en llegar a la capital.

“A mí siempre me ha gustado estar involucrado y cuidar cada uno de los tranvías, todo lo guardo, aunque los demás piensen que ya es basura o chatarra”, comentó Héctor.

Antes de llegar al STE, Héctor se encaminó por los estudios de Historia, llegó a media carrera cuando se dio cuenta que lo que realmente quería era Arqueología. “En alguna clase me dio la curiosidad por saber todo sobre los instrumentos y máquinas que utilizaban en la Segunda Guerra por lo que ahí decidí meterme a estudiar de arqueólogo”.

A pesar de que llevó sus estudios por otro camino diferente al de los tranvías, Héctor siempre regresaba y se paseaba por los talleres de Transportes Eléctricos. El personal de la empresa ya lo conocía porque los mismos operadores de los que se había hecho amigo desde pequeño lo invitaban y le enseñaban las partes y funcionamiento de los transportes.

Después de que Héctor comenzó a empaparse del conocimiento y funcionamiento de los tranvías y trolebuses más los estudios obtenidos en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), logró convertirse en lo que ahora se conoce como arqueólogo industrial, “yo creo que fui el primero en convertirme en arqueólogo industrial porque conozco el estudio, métodos y maquinaria utilizada en el proceso industrial”.

TRAYECTORIA. Fue hasta 1982 cuando comenzó a trabajar en Transportes Eléctricos, ya que antes tuvo la oportunidad de trabajar para la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), como supervisor ferroviario, en donde conoció a Francisco Garma Franco, quien ya había publicado un libro sobre la historia de los ferrocarriles en México y más tarde le pediría a Héctor que le ayudara a traducirlo al inglés para venderlo en Estados Unidos.

En la misma Secretaría de Comunicaciones y Transportes, el ahora jubilado viajaba a todo el país para supervisar las vías ferroviarias.

Fue en Yucatán donde los mismos maquinistas lo pusieron a prueba para saber si realmente sabía hacer su trabajo.

“Un día llegué y un maquinista que era mi amigo me fue a meter a la locomotora, la tuve que encender, arrancarla y llevármela con todo y pasajeros al pueblo de Peto”, recuerda con entusiasmo y entre risas.

A pesar de que tuvo la oportunidad de manejar de vez en cuando un tranvía, los trenes o el tren ligero, Héctor siempre sintió fascinación y curiosidad por la maquinaria y por lo que algunos consideraban en ese momento “chatarra”. 

“Lo mío era revisar las vías y tenía la capacidad de encontrar las fallas, golpes y desvíos que tenían las vías para el tren ligero, yo podía ver más allá de lo que los demás no podían ver y se sorprendían” comentó orgulloso. 

Mientras el jubilado platica e intenta recordar su historia, se detiene de vez en cuando para lograr recordar a detalle lo que ha vivido; a veces se le olvida el punto de la historia y se toca la frente con los dedos. “Ya se me va la onda, es la edad”, bromea.

Después de lograr hilar el tiempo de su historia sigue con la narración; en 1982 entró como topógrafo al Servicio de Transporte Eléctrico (STE) y ahí comenzó a marcar su huella dentro de la empresa.

Sin embargo, antes de continuar, hace una pausa para destacar que de 1991 a 1993, durante el cambio de gobierno, fue corrido del STE, por lo que tuvo que buscar trabajo como arqueólogo en las Pirámides de Teotihuacán.

“Me tocó estar en la pirámide de la Luna y buscar cosas, también estuve en el cuartel militar donde les contaba a los militares las historias de la Segunda Guerra y más anécdotas que había aprendido como historiador; ya hasta después de muchos años me enteré que los militares se peleaban por acompañarme en las excavaciones “, recuerda alegre y añorando aquellos tiempos.

Agrega que también formó parte de la Asociación de Cronistas de la Ciudad de México, ya que debía realizar la cronología del Servicio de Transporte Eléctrico, en donde tuvo la oportunidad de ver todos los documentos que deseaba. 

“Esa época me gustó mucho y en 2005 me dieron mi reconocimiento por mi trabajo de cronista”, cuenta.

RECUPERACIÓN HISTÓRICA. Una de las cosas que marcó la vida de Héctor fue en el terremoto de 1985, pues las dependencias de toda la capital llevaron a cabo la limpieza ilimitada de los documentos históricos, “en esa limpia que hicieron, muchas instituciones se quedaron con datos importantes que ahora podrían ser históricos para nuestro país”. 

Relata que, al día siguiente de la catástrofe del terremoto, llegó al taller del STE y en el patio a un lado de los basureros encontró miles de papeles; eran mapas y dibujos de los planos para la construcción tanto de los tranvías y su historia.

“En ese momento comencé a guardar y agarrar los planos que pudiera aguantar y los guardé en un cuarto, yo sólo tome una carreta vieja y comencé a esconder cada uno de esos papeles porque sabía que eran históricos”, explica. 

Y fue gracias a él que el Servicio de Transporte Eléctrico de la Ciudad de México ahora cuenta con una oficina de datos históricos a la que cualquier persona tiene acceso.

El hombre de 58 años señala que la mayor motivación en su vida y en su trayectoria fue llevar a cabo la recuperación de los tranvías más antiguos que circularon por las calles.

Tras diversos intentos fallidos al presentar el proyecto de la creación del Museo, muchos le negaron la oportunidad de rescatar los primeros tranvías que habían estado en circulación desde 1951.

Mientras cuenta la forma en la que negaban sus planes, Héctor no puede evitar conmoverse y llorar por escuchar que todo se trataba de simple fierro viejo e inservible.

“Me dejo llevar por lo que sentí, pero esto es algo que a mí me gusta y lo disfruto y además lo cuido. Éstos siempre van a ser mis tranvías”, dice mientas se limpia las mejillas.

Relata que en cada cambio de administración se llevaba a las manos un sinfín de documentos para llegar con los nuevos directores y presentar nuevamente el proyecto.

“Nunca me cansé y ahí me veían yendo con mis papeles del proyecto para que me cumplieran el sueño de lograr rescatar mis fierros”, recuerda sonriendo.

Y finalmente es en 2006 cuando se aprueba su proyecto y se busca el financiamiento para la recuperación de los tranvías que seran exhibidos en el Museo de Transportes Eléctricos de la Ciudad de México.

“Aquí están los pocos que pudimos poner en exhibición”, finaliza.

Héctor toma su bastón y se dirige contento al Tranvía 0, el más antiguo de todos, se sube y emocionado imagina que vuelve a manejarlo.

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