Recuperar la soberanía

Manuel Gómez Granados

Una de las áreas que más ha padecido los efectos del Tratado de Libre Comercio ha sido el campo mexicano. Es cierto, ahora exportamos más y lo hacemos en condiciones relativamente propicias, aunque eso podría cambiar muy pronto de manera radical. Por ello, debemos reconocer que más allá de sus beneficios, el TLC implicó la pérdida casi total de la soberanía alimentaria en productos clave, como el maíz. Implicó también que, en ciertos momentos, dependencias como la Secretaría de Desarrollo Social,  Agricultura y sus contrapartes en los estados se viera con desdén, casi como si se tratara de hacer un favor, cualquier proyecto que apostara a producir alimentos en pequeña o mediana escala.

A diferencia de lo que ocurre en países industrializados como Francia, Canadá o Alemania, donde se alienta la producción de traspatio, de azoteas o pequeños invernaderos, y la gente quiere trabajar en ellos, en México apenas estamos cayendo en la cuenta del potencial de este tipo de producción de alimentos, pero todavía se hace como si se tratara de un experimento orientado a darle alguna ocupación a ancianos, mujeres y adolescentes. Afortunadamente eso está cambiando.

La plaga conocida como Donald Trump nos ha obligado a replantearnos muchos de los supuestos del desarrollo rural. Sería necesario que, ante el nuevo escenario que se nos plantea, también reconociéramos la necesidad de reordenar ese tipo de desarrollo, con más recursos para capacitar y cambiar la mentalidad de personas que podrían salir de la pobreza si producen sus alimentos y procesan los pocos o muchos excedentes que tengan para evitar que se pudran. Ya no le podemos apostar a los grandes proyectos de construcción de presas para crear cuencas productoras de tal o cual alimento. Debemos, en cambio, mejorar la calidad de la infraestructura de transporte en regiones que de manera natural tienen una clara vocación para la producción de alimentos, como el sur de Michoacán, el sur y la costa de Jalisco, entre otras zonas que en la actualidad viven aisladas y por ello son territorios sin ley.

Ello permitiría producir alimentos en lugar de drogas. Algunos de esos alimentos podrían seguir exportándose a donde fuera posible, pero sin apostarle todo a un modelo que—como ejemplifica nuestra actual situación—nos hace terriblemente vulnerables a los caprichos de un demagogo como Trump.

Debemos advertir que además de la demagogia de Trump, está la que ya vomita un día sí y el otro también la señora Marine Le Pen, prometiendo acabar con la Unión Europea, lo que implicaría que México perdiera el otro tratado de libre comercio que tanto trabajo costó firmar a finales de los noventa con Europa. El riesgo ronda a Francia, Italia y Alemania, donde la misma maquinaria que Vladimir Putin usó para interferir en la elección de EU se aceita para hacer lo propio contra Angela Merkel, la canciller alemana.  Seamos conscientes, pues, que no es sólo el TLC con EU y Canadá el que está en riesgo, también el acuerdo con Europa. Por ello, no podemos seguir apostándole a depender de ese tipo de instrumentos.

El campo mexicano ha pagado los platos rotos tanto de los ajustes fiscales de los ochenta y noventa, como de la perversa dependencia del TLC con EU. El reciente ajuste en los precios de los combustibles y la energía se aplicó sin reconocer las necesidades de los productores agropecuarios y de la población rural en general. Quizás los estropicios causados por el demagogo que sucedió a Barack Obama nos den la oportunidad para  repensar nuestro modelo de desarrollo y hacerlo más sensato, más humano y más autónomo.

manuelggranados@gmail.com

 

Imprimir

Comentarios