Y ahora… la insolencia judía

Rafael Cardona

Quién sabe si por afinidad, identidad con Donald Trump o por oportunismo político (en el fondo uno es un sionista fundamental y el otro simplemente un fascista), pero el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, le ha lanzado a México, sin  justificación ni motivo, un escupitajo –de cuyo aberrante contenido los judíos mexicanos (o los mexicanos judíos, como se quiera ver) se han  deslindado rápidamente–, con la servil intención de  congraciarse —ruin y lacayuno— con el presidente de los Estados Unidos, a costa de una nación amiga. 

 La “comunidad”, como se le conoce en términos de brevedad, con una rapidez digna de reconocerse, se ha deslindado de las palabras del jefe del Estado judío, esa entidad por cuya existencia tanta sangre se ha derramando desde la segunda mitad del siglo pasado y tantas atrocidades se han cometido contra un pueblo asentado en esos territorios desde los tiempos bíblicos.

Netanyahu ha dicho nada más esto. Son líneas cuya naturaleza expansionista y discriminatoria no permiten interpretaciones, excepto si se quiere forzar el entendimiento.

Y por favor, si alguien le quiere decir a esta columna “antisemita”, se lo puede evitar. No le digo se lo puede ahorrar, pues el ahorro es acumulación. No, prescinda de la muletilla.

Netanyahu ha dicho:

“El presidente Trump tiene razón. Yo construí un muro en la frontera sur de Israel. Detuvo toda la inmigración ilegal. Gran éxito. Gran idea”.

“El mensaje (El Nuevo Día)  que acababa con la bandera de Israel y la de Estados Unidos y fue retuiteado (en el mundo del tuiteo, este medio de difusión instantánea ya sustituye a los pronunciamientos diplomáticos formales. Ya lo es de hecho) por el jefe de la Casa Blanca en la cuenta presidencial, llegó un día después de que Trump y el presidente Enrique Peña Nieto acordaran en una conversación telefónica no hablar más del muro en público”.

Pero no fue sólo esa circunstancia el alevoso agravante de la actitud injuriosa e injusta de Netanyahu. Su defectuoso planteamiento, contrario como su política de expansión de los asentamientos en Gaza, suspendidos durante el gobierno de Obama y contrarios a todos los esfuerzos de paz en Oriente Medio, resulta oprobioso 24 horas después de la solidaria actitud mexicana en la conmemoración internacional del Holocausto.

Un día antes, Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores, bajó de su oficina en la Plaza Juárez, donde se asienta también el Museo de la Memoria y la Tolerancia (construido por la “comunidad”, con todas las facilidades ofrecidas por el gobierno mexicano), para denunciar los riesgos de una retórica racista y de mal entendidos nacionalismos. Obviamente se refería a Trump, a su muro y a los hechos recientes.

Y ésa fue la ocasión del gobierno de Israel para demostrar (contra un país de quien se dice amigo) las dimensiones  de su ingratitud hacia un país donde nunca ha sido perseguido un solo judío por el hecho de serlo. En  este México católico, jamás ha habido un pogromo. Al contrario.

“(Diario Judío) El canciller Luis Videgaray Caso llamó a reflexionar sobre la necesidad de combatir la intolerancia, la indiferencia y el odio mediante la promoción y el respeto a los derechos fundamentales del hombre…

“…Durante el acto reiteró la solidaridad de México con aquellos pueblos que han sufrido las consecuencias del genocidio, y refrendó el compromiso del país con las mejores causas de la humanidad.

 “Recordar el holocausto –dijo—hoy es más relevante que nunca ante el resurgimiento en el mundo entero de sentimientos racistas, de nacionalismos mal entendidos, que hoy nuevamente colocan a la humanidad en una retórica muy peligrosa de nosotros contra ellos”.  

Esa actitud, secundada por el presidente de la CNDH, Luis Raúl González, en el mismo museo y el mismo día, define la solidaridad mexicana con ese pueblo. Pero nada significa para el gobierno de Israel.

Ojalá que ningún funcionario del gobierno mexicano se presente a escuchar los lugares comunes del exterminio. Se lo pueden dejar a la CNDH, órgano de Estado, a fin de cuentas.

Y si ahora se me permite una nota personal, pues bien. Si no, también.

Casi todas las tardes camino por la avenida Horacio, cerca de las sinagogas de Polanco. Veo ir al templo a los hombres vestidos de negro, con sus amplios sombreros, a una hora en la cual no se necesita la sombra.

Bajo el ala de esos tocados algunos dejan ver bucles. Todos caminan con prisa. Algunos solos; otros en grupo. Veo juntos a los abuelos, hijos y nietos. Hablan entre ellos con los destellos de su lengua incompresible para los demás. Se saben como son. Se sienten bien. Aquí no se ocultan.

Verlos me produce alegría. Me siento feliz con sus pasos porque su presencia pública, segura, alegre en su convicción religiosa, en su visita al templo (frente a la sinagoga está ecuménicamente presente la Parroquia Francesa), me confirma una de las mejores cosas de este país: la libertad religiosa y el respeto étnico.

Ojalá alguna vez Netanyahu pudiera caminar a esa hora por ésa y otras calles de la ciudad.

No sé si sentiría orgullo por este país y sus judíos; pero de seguro sentiría vergüenza por sus palabras en nuestros peores momentos.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

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