El desarrollo postfactual

Guillermo Puente Ordorica

A finales de la década de los ochenta del siglo pasado, la popular banda de rock REM dio a conocer la canción: “Es el fin del mundo como lo conocemos” (Is the End of the World as we know it), que bien podría resultar futurista. De momento tomamos prestado el título, a manera de parábola, para referirnos a uno de los más recientes e interesantes debates a los que ha dado lugar la llegada del primer empresario en la historia estadounidense a la presidencia de ese país, y a su muy personal estilo de buscar la recuperación de la grandeza de su nación (al parecer, a costa de algunos).  Si se atiende a la crudeza de sus primeras decisiones parecería que el título de esta canción podría ser algo más que un ejercicio metafórico, pues estaríamos en la antesala de un periodo histórico a partir del cual será transformado casi todo lo que dábamos por sentado en el sistema internacional.  Tal vez sea pronto para concluir que estamos ante el fin del mundo, pero no cabe minimizar la posibilidad de las consecuencias a largo plazo de lo que ha iniciado como una tormenta de mal agüero. Volviendo al terreno de las metáforas, podría tratarse de las primeras semillas sembradas en el presente para recoger frutos en el futuro, aunque claramente en sentido peyorativo.

Precisamente este debate intelectual ha encontrado sentido en que ciertas acciones de gobierno, algunas apresuradas, otras poco meditadas, pudieran ser el inicio de un cambio profundo en la estructura del sistema internacional, fundamentalmente a partir de la incertidumbre que ocasionan la certeza de sus decisiones, en particular por lo que se refiere a las iniciativas en relación con el papel que debe jugar Estados Unidos de cara al futuro en su interior y en su relación con los demás países y actores internacionales.  Las críticas a la utilidad y vigencia de organizaciones e instituciones internacionales y regionales, como la Alianza Atlántica o la Unión Europea, la intimidación a países como México y a grupos étnicos y religiosos como los musulmanes, el anunciado retiro de las negociaciones del acuerdo de comercio global transpacífico, la retórica recriminatoria a China o el acercamiento con el régimen de Putin, son algunos de los elementos que están alimentado amplias corrientes de inconformidad e inquietud a lo largo del propio país estadunidense, pero también en el mundo, ya que sus efectos también podrían alcanzar el andamiaje de la organización política, económica y social, y del propio sistema de la democracia, que ya hemos analizado en anteriores colaboraciones. La magnitud de los dichos y acciones del nuevo gobierno estadunidense tiene a numerosos analistas intentando comprender la profundidad y alcance del proyecto trumpista. Sus inconsistencias conceptuales no son atemperadas por la magnitud de sus alcances y mucho menos por sus posibles consecuencias, ni tampoco por su fundamentación en hechos. Sin embargo, si algo parece haber quedado claro en muy poco tiempo es que se trata de un personaje congruente consigo mismo. En el fondo preocupan de sobra los efectos de largo plazo que este fenómeno pudiera tener en el sistema democrático en general y en los pilares del sistema internacional que ha dotado de relativa estabilidad y paz al mundo desde la finalización de la segunda conflagración mundial a mediados del siglo XX.

En reciente artículo, el historiador británico Timothy Garton Ash se refería al sello de la actual situación internacional desde la óptica de lo “postfactual¨ para ilustrar los retos y peligros a los que se enfrenta la democracia y la sociedad internacional actualmente. Sostiene que afirmaciones falsas son propagadas y magnificadas como verdades, particularmente en las llamadas redes sociales e insistía en que la solución parte de la verificación de la información.  (El País, 10enero2017) Ese compromiso con la verdad parte de estar “aleccionados por decenios de mentiras totalitarias, manipulaciones políticas y, ahora, el desafío de la postverdad”.  Por ello, la  sociedad debe esforzarse en asegurar que los debates, incluyendo aquellos que están sucediendo en las novedosas vías de las redes electrónicas, sean sometidas a este ejercicio mínimo y necesario de verificación para contener como en el pasado, los excesos de la mentira y la manipulación política.

 

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