Ciudad

Después de 130 días, habemus Constitución

Era ya una pachanga. A las 19:00 horas, cuando Alejandro Encinas, presidente de la mesa directiva de la Asamblea Constituyente, se disponía a reanudar la sesión, la última de esta aventura constitucional en la Ciudad de México, había sobrecupo en el Pleno.

Estampa extraña en estas andanzas legislativas, acostumbradas al ausentismo, al vacío.

Aquí no: entre invitados, colados y asesores se desbordaba el caos, y Encinas debió llamar al orden y respeto a las medidas de protección civil.

Todos se desvivían por la última foto. Los antagónicos se alistaban para la selfie, los adversarios se apapachaban. Lo describió así Javier Jiménez Espriú: ,La única diferencia es que unos ven de izquierda a derecha y otros de derecha a izquierdaL.

Sólo Porfirio Muñoz Ledo, con su atuendo púrpura, parecía ajeno al festín, concentrado en la lectura de viejos libros.

Al fin, a las 19:05 comenzó el debate final, en torno al uso de suelo, proyectos inmobiliarios y desarrollo urbano.

Los primeros minutos de la discusión serían reflejo del cansancio acumulado, tras cuatro meses y medio de trabajos legislativos —iniciaron el 15 de septiembre—. Tan sólo la sesión iniciada el 4 de enero, después de las fiestas decembrinas, y alargada hasta el día 26 por medio de artimañas y recesos, duró 137 horas con 25 minutos. Se dijo, la sesión más larga en la historia del Congreso mexicano.

Y hubo traspiés, olvidos inesperados, resbalones y cambios de nombre.…

“¿Cómo se dice?”, preguntaría más de una vez el presidente, perdido entre lagunas mentales.

BOSTEZOS. En realidad el guateque se había hilado desde las dos de la tarde, hora pactada para la reanudación.

Fueron pues cinco horas de aparente tiempo muerto. Unos, en pequeños grupos, convenían artículos y reservas pendientes. Otros seguían ausentes, lejanos. Quizá dormían, porque la reunión del domingo se había prolongado más allá de las cinco de la madrugada del lunes.

Algunos más llegaron puntuales, como Beatriz Pagés, Bernardo Bátiz, Cecilia Romero, Dolores Padierna, Olga Sánchez Cordero, Jaime Cárdenas, Bruno Bichir y Jiménez Espriú.…

Pero sin sesión, el Pleno se convirtió en un escenario de bostezos, comilonas, reconciliaciones y flashazos.

En el hastío, se preguntó a Jaime Cárdenas:

—¿Y a qué hora comienza esto diputado?

—Pregúntenle a Encinas. A nosotros, como a ustedes, nos obligan a estar aquí,… 

Para burlar la espera, ordenó enviar al palco de prensa agua, café y galletas, “para que se entretengan”.

Y a galletazos se mataron los minutos…

¿Y qué hacían los presentes ahí?

Sánchez Cordero escribía cartas con su letra de ministra, garigoleada e ininteligible.

—¿Y usted don Javier? —se preguntó a Jiménez Espriú cuando, por un breve lapso, se tuvo acceso al Pleno.

—Leo, estudio, analizo, platico, intercambio impresiones.

—¿Por qué tal demora?

—Es que muchas de las cosas se manejan en comisiones, cuando no hay acuerdos ahí se va discutiendo todo y luego se viene al Pleno con una solución más amarrada. Se trabajó hasta las seis de la mañana, están reacomodando la información, porque hoy terminamos.

Bichir, vetado por fotógrafos y camarógrafos porque se negó a la foto del recuerdo con la legión reporteril —al igual que la panista Gabriela Cuevas—, también fue abordado.

—¿Y este tiempo lo aprovecha para sus asuntos personales?

—Nada de eso, sigo trabajando, investigando sobre las ciencias y las artes. También estoy leyendo información sobre Donald Trump y un comunicado que me hicieron llegar.

—Lo que veo son abrazos, fotos, despedidas, besos. Y nada de Constitución.

—Si no hay sesión qué podemos hacer: algunos aprovechan el tiempo para comer, leer el periódico y hasta para platicar de sus vidas con los compañeros.

HECHICEROS. Aquí, en los salones secretos, se detallaba la Carta Magna de la CDMX. Las últimas pinceladas.

Afuera, era la ciudad de siempre, con sus organilleros en desa­mparo, con sus limosneros y niños lagañosos, con sus esculturas en eterna restauración —como la de Caballito de Manuel Tolsá—.

La ciudad de las hierbas y de los tés curativos. De los hechiceros y danzantes.

Y dentro, se atoraban los acuerdos. Los manotazos finales y el reloj con su andar incansable.

Los meseros caminaban con sus cubetas atiborradas de hielo. El brindis del adiós. Y el menú para los constituyentes, como los transitorios, también se mantenía en reserva.

Para curiosos, desesperados y demás plebeyos, sí se conoció la vianda: fajitas de pollo, totopos, guacamole y frijoles sazonados con manteca.

A las siete de la noche al fin las campanadas, el llamado sonoro a los legisladores para la sesión de lunes. La última.

Se votaría en contra de la especulación inmobiliaria y a favor del uso del suelo bajo una mirada de interés social. Pero un nuevo episodio de discordia se desataría durante la discusión en torno al Preámbulo constitucional.

Se aplaudió la incorporación de una frase de Tenoch, el caudillo azteca, pronunciada en el año 1325: “En tanto que dure el mundo, no acabará, no perecerá la fama, la gloria de México Tenochtitlan”.

Pero no nueve palabras que fueron incorporadas de última hora y luego borradas de manera misteriosa:

“La ciudad en resistencia permanente contra el régimen autoritario”.

Se le adjudicaron a Santiago Creel, aunque los panistas terminaron por negarlo. Nadie aceptó la autoría, al menos de manera abierta.

Así, entre arrebatos y enigmas, se alargó la noche previa a la ceremonia solemne de clausura, porque hoy, después de más de 130 días, habemus Constitución, sin saber aún si —en los hechos— recogerá las aspiraciones de los ciudadanos por alcanzar su felicidad….

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