Los constituyentes en sus propias palabras | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

Los constituyentes en sus propias palabras

Así imaginó el artista Alberto Beltrán los días del Congreso Constituyente: una ciudad de Querétaro con pocos automóviles, donde no faltó la convivencia amistosa entre los diputados, aunque no compartieran estrictamente los mismos ideales.

De su puño y letra: los constituyentes de 1916-17 escribieron poemas, textos históricos y recuerdos de su estancia en Querétaro. Por ellos sabemos que después de las sesiones se iban a comer juntos y que Venustiano Carranza gustaba de ir a comer barbacoa a las afueras de la ciudad. Eran mineros, médicos, ingenieros o abogados. Compartieron, además del interés de la patria, la pasión por escribir. Crónica presenta algunos fragmentos, pinceladas de aquellos hombres que fueron mucho más que los constituyentes de Querétaro.

Aquellos 220 hombres llegaban al Congreso Constituyente de los ámbitos y los oficios más disímbolos: si bien es cierto que los había militares, forjados en las filas revolucionarias, también hubo mineros como Dionisio Zavala, o profesores de escuela como el poblano Saúl Rodiles o el veracruzano Benito Ramírez. Félix F. Palavicini era uno de los periodistas que tenían un escaño en el Constituyente, pero no el único: Rafael Martínez, Rip-Rip, Froilán C. Manjarrez y Antonio Ancona, cuyo nombre de guerra era “Mónico Nek”, también venían de las redacciones. Abogados hubo, ciertamente, y un sastre, Cosme Dávila, y hasta un practicante de un oficio ya perdido en los vientos del progreso, el linotipista Carlos Gracidas. En opinión del más longevo de los constituyentes,  Jesús Romero Flores —murió en 1987, a los 102 años de edad— “todos los mexicanos estuvieron representados en aquel histórico congreso”.

LA PLUMA MÁS ALLÁ DEL DEBATE LEGISLATIVO. Los constituyentes de 1917 dejaron un legado que va más allá de las cuestiones legislativas. Como todos los personajes históricos, tuvieron luces y sombras, habilidades más allá del debate político y sensibilidades  que la narrativa histórica convencional no suele recuperar. Estos hombres fueron poetas y cronistas también:

Por Juan de Dios Bojórquez, que en ese 1917 apenas pasaba los 24 años, sabemos de la cotidianeidad de aquellos hombres establecidos en la capital queretana: “Entonces no había carreteras, ni radio ni televisión”, rememoró en 1966. “Había dos estaciones de ferrocarril en que se vendían ópalos relucientes y camotes suculentos. Había coches de alquiler y muy pocos automóviles. Estaba de moda La Cañada para ir de día de campo. Buenos antojitos, carnitas y barbacoa. Don Venustiano gustaba de ir a caballo allá, para que le sirvieran cabrito norteño”. Y los demás diputados, al término de las sesiones, entre negociaciones intensas se iban a comer a El puerto de Mazatlán, al Salón Verde o al Jockey Club o al Cosmos.

En ese también ya lejano 1966, aún vivían 28 diputados constituyentes. “Más de cuatro están a medio vivir”, dijo Bojórquez con una sonrisa. Pero recordó que el general Heriberto Jara prefería viajar en avión, porque “el auto y el tren le parecían anticuados”.

Hubo diputados que al talento poético sumaron la habilidad del traductor, como el abogado Fernando Castaños, que hizo interesantes traducciones de Gabriele D´Annunzio, de Paul Verlaine, de Goethe. Entre sus colegas circuló su versión de un poema de Musset:

 

Caros amigos, cuando yo muera

Id a plantar un sauce al cementerio;

Amo su fronda llena de misterio,

Es dulce a mí su placidez enferma

Y la sombra que  que dé será ligera

Al pedazo de tierra en que yo duerma.

 

El ensayo histórico fue otra de las inquietudes de los constituyentes: Pofirio del Castillo, profesor de escuela y coronel, cronicó la muerte de Aquiles Serdán. Otro general, Donato Bravo, que a los 14 años era un muchachito, obrero en la fábrica textil de Santa Rosa, en Veracruz, dejó su testimonio de la represión porfirista en Río Blanco.

De aquellos días en que se trabajaba en la carta magna, el médico Cayetano Andrade, guanajuatense formado en Morelia, dejó un breve poema dedicado a la ciudad de Querétaro, como sede de los trabajos que transformarían a la nación:

 

Hoy en ti se sepulta a la mentira,

Miraje deslumbrante que en su gira

Arrastró a los caudillos con su grey,

Y surge, nuevo Lázaro, la egida

Que defiende a los pueblos en la vida

Contra la muerte y contra el mal: ¡la Ley!

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