La mente de Trump

Concepción Badillo

Donald Trump, quien duerme poco y nunca toma vacaciones, presume de tener la salud “de un gran atleta” a pesar de ser aficionado a los alimentos grasos y llenos de calorías. Y no hay razón para pensar que éste, el primer presidente que llega a la Casa Blanca con 70 años de edad, que no prueba alcohol y nunca ha fumado tabaco, no está físicamente sano y con una expectativa de vida de quince años más. Sin embargo, la conclusión de muchos, aquí y en el resto del mundo, es que el mandatario podría no tener el temperamento ni el estado mental adecuado para el alto cargo que ocupa.

Loco no está, dicen los expertos, porque si lo estuviera no hubiera amasado esa fortuna, no hubiera terminado con los 16 oponentes republicanos que buscaban la Presidencia, ni hubiera logrado mantener el momento y la campaña que lo llevó al poder. Pero lo que sí desde hace meses se le atribuye es un narcisismo maligno que le impide ver la realidad, una personalidad antisocial agresiva y una refinada crueldad.

Hasta hace poco las reglas éticas impedían que los psiquiatras y los psicólogos dieran su opinión sobre una persona que no es su paciente, aun así, tras la elección de noviembre, un grupo de expertos emitió un comunicado advirtiendo sobre la mente de Trump y citando qué era y es de miedo: “La manera en que culpa y hace a un lado a grupos de personas que considera amenazas, incluyendo inmigrantes y minorías religiosas, la forma en que distorsiona la historia y su poco apego por la verdad.”

Y es que ni aun sus más allegados pueden negar que el nuevo jefe de la Oficina Oval está demasiado preocupado con fantasías de poder ilimitado; ansía ser superior a los demás, requiere admiración, saca ventaja para sus propios fines y se niega a reconocer o identificar los sentimientos y necesidades de otros.

El problema no sería tan grave si el presidente, éste o cualquier otro, tuviera un psicólogo de cabecera, de la misma forma en que tienen un médico siempre al lado, por si les da gripa, diarrea o cualquier otra enfermedad corporal; ley que se estableció en 1928 luego de que el entonces mandatario Woodrow Wilson sufrió un paro cardiaco que lo dejó paralizado y casi ciego, y en 1923 su sucesor, Warren Harding, murió repentinamente en funciones.

Trump siempre ha declinado hablar de su salud y se ha negado a que se hagan públicos sus antecedentes médicos. Hasta ahora lo único que se sabe es que mide 1.82 metros de estatura y pesa 107.5 kilos, lo cual lo coloca en el límite de la obesidad; sin embargo, y a pesar de que su comida favorita es el pollo frito y las hamburguesas, su doctor ha dicho que todo, incluso su nivel de colesterol, es normal.

El médico Harold Bornstein, un gastroenterólogo de Manhattan, meses atrás emitió un comunicado asegurando sin detalles que Trump “es el individuo más sano que llega al poder”; sólo que después admitió que lo redactó en cinco minutos, cuando ya el chofer del ahora mandamás había llegado por el papel.

Por lo general poco trasciende de los males físicos de los presidentes: Franklin D. Roosevelt padeció polio, pero rara vez se dejó fotografiar en silla de ruedas; y nunca se habló abiertamente del dolor de espalda y la enfermedad en los huesos que sufría John F. Kennedy. Lo que sí se sabe es que, hasta ahora, el presidente que más sano ha sido fue Jimmy Carter, actualmente de 91 años y sobreviviente de cáncer, pero quien en la Casa Blanca sólo sufrió de hemorroides. Bill Clinton y Barack Obama, que llegaron a la Presidencia de 46 y 47 años respectivamente, guardaron su salud en privado, aunque este último sí hizo pública su batalla contra el cigarro.

Pero los males psicológicos de quienes están en el poder son tabú; se les considera un riesgo político. Poco se habla de las terribles depresiones que sufría Abraham Lincoln o de los calmantes con que Richard Nixon entraba en razón. Si Donald Trump no estuviera bien de la cabeza, de acuerdo a cifras oficiales 18 por ciento de los estadunidenses tampoco lo están; a ciencia cierta nunca lo vamos a saber. Siempre será un secreto, por lo que, por el bien de todos, más vale confiar en que el hombre más poderoso de la tierra está en sus cabales.

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