Ciudad

Histórica declaratoria en Xicoténcatl

Entre aplausos, felicitaciones y honores a la Bandera se realizó la declaratoria de la Constitución de la Ciudad de México.

Sobre una de las mesas de cedro instaladas hace 100 años en el Teatro de la República —Querétaro—, se firmó la Constitución de la Ciudad de México. Era parte del mobiliario histórico de la Cámara de Diputados, y de última hora se dispuso su traslado a la Casona de Xicoténcatl para la rúbrica final. Junto a la carta magna, se colocó un ánfora de plata utilizada también durante el proceso constituyente de 1917.

Uno a uno firmaron los diputados, entre vivas y nostalgias.

“Enviamos un buen mensaje al país en estos tiempos de desasosiego”, dijo en el colofón Alejandro Encinas, presidente de la Mesa Directiva.

Más allá de las 22:00 horas, se escuchó la declaratoria de expedición constitucional y se cantó el Himno Nacional. Y la bandera tricolor, entre los guantes blancos de seis bomberos…

Había sido una jornada de entrepiernas, tambores y desmayos, como el de un fotógrafo panista rescatado en ambulancia por un ataque de azúcar, tras la última sesión ordinaria.

EXPERIENCIA INOLVIDABLE. La foto oficial dejó cercanías sospechosas…

Cuando los fotógrafos alistaban el flashazo, ya sin ausencias notables, llegó presurosa la diputada de Morena Clara Brugada, con un traje florido y zapatos estrechos.

Ya todos los constituyentes se habían alineado el corbatín o retocado el carmín. No había lugar, y menos en la primera fila donde los legisladores más experimentados como Ifigenia Martínez, Augusto Gómez Villanueva y Porfirio Muñoz Ledo flanqueaban al presidente Encinas. “¿Y dónde me siento?”, preguntó ella, pero nadie se movió. Brugada respiró hondo, se acomodó la melena y como pudo se abrió paso entre sus compañeros: un zarandeo fugaz sobre las piernas del priista César Camacho.

—¿Qué fue tener en las piernas a doña Clara? —se preguntaría después a Camacho.

—Una experiencia inolvidable —contestó entre risotadas.

—¿Qué fue sentarse en las piernas de Camacho? —se consultó a la ex jefa delegacional de Iztapalapa.

—Sí alcancé a librarlas, se las hice a un lado —dijo ella con poco humor.

Otro demorado había sido Bernando Bátiz, pero en su caso Encinas (a quien le apartaron un asiento al centro del tumulto con un casco bicicletero) sí pidió recorrer la hilera. “Una silla para Bernando, por favor”.

No estaban los cien, pero casi… Sonreían a las cámaras los faltistas, retardados, escapistas y demás fantasmas. Hasta los mudos en tribuna y los desconocidos. En sillas de ruedas y con bastones.

“Sí se pudo, sí se pudo”, gritaban algunos en coro.

“Anímense, muchachos, los noto muy serios”, azuzaba la panista Gabriela Cuevas, mientras levantaba el pulgar.

La fotografía, en la plaza pública custodiada por la estatua de Sebastián Lerdo de Tejada, sirvió para reforzar la concordia entre diputados de banderas opuestas. “Esta sesión debería llamarse: cuando al fin se pusieron de acuerdo”, sugería la constituyente Elvira Daniel.

“Vivan los constituyentes de 2017”, vociferaban los inexpertos, en su afán por destacar.

“Viva el pueblo de la Ciudad de México”, enarbolaban los avezados, de manos temblorosas y gargantas secas.

Ansiosas por mostrar el ­músculo feminista, las diputadas de todos los partidos organizaron un retrato especial. “Una foto sólo para mujeres, sólo para mujeres”, era la consigna, quebrantada de manera extraña por el legislador perredista Armando Ríos Piter, quien —­oídos sordos— posó entre lápiz labiales, bolsos, dijes y collares de pedrería.

GUANTES NEGROS Y BLANCOS. Ya para entonces se alistaba la Banda de Guerra del Heroico Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de México. Se soplaban trompetas en el patio central de la sede senatorial. Eran en total 30 integrantes en traje de gala, con sus cascos, tambores y baquetas. Veiticuatro con guantes negros, adiestrados en la entonación de marchas y entradas protocolarias; y seis con guantes negros, en formación de escolta y listos para el resguardo del lábaro patrio. Serían estos últimos quienes, a paso firme, inauguraron ya casi al anochecer la sesión solemne donde se firmaría la Constitución capitalina después de mil 513 horas de trabajo efectivo, 433 votaciones y mil 342 oradores, la mayoría de Morena —552— y del PRD —244—.

“Se abre un nuevo camino, una nueva forma de entender a una sociedad diversa, plural y participativa, una nueva forma de ver el futuro y de concebir las esperanzas de nuestra querida ciudad”, diría Encinas.

¿Pero quién entre los apretujones del Metro, entre el sopor de las calles y el frenesí de los puestos sabía de esta carta magna? No, era la palabra coincidente de don Gerardo Bustos, del personal de limpieza en el Sistema de Transporte Colectivo, y de Elizabeth García, estudiante de primer semestre de la carrera de derecho en la Universidad Autónoma de la CDMX.

—¿Cómo es que siendo alumna de derecho no conoces del proceso?

—Es que a los jóvenes nos falta información, nos falta leer.

Sí, era la respuesta solitaria de Juan Cervantes, defensor de los pueblos y barrios originarios de la ciudad y quien, atascado de pulque, merodeaba el edificio de Xicoténcatl. “En el artículo 63 se incorporó el reconocimiento de nuestros pueblos”, festejaba.

“Sí sabía de la discusión, pero no de la aprobación”, reconocía Juan de Anda, ya con 20 años como bolero de la calle de Tacuba.

—¿Cómo se enteró de los debates?

—Pasaban algunos diputados para la boleada y hablaban entre ellos.

—¿Y le gustaría conocer el contenido de la Constitución?

—Pues al menos pa´saber lo que quedó en el papel…

En el Pleno, faltaban más de dos horas de discursos, palabras de todos los representantes de grupos parlamentarios. Morena pidió alterar el orden y que fuera la de Bátiz la intervención final. Hubo abucheos y réplicas cuando reprochó el trabajo de los diputados designados por el Ejecutivo, el Jefe de Gobierno y las Cámaras. Sobraban y trababan los debates, acusó. Pero ya era hora, otra vez, de las trompetas. El Himno y la rúbrica, epílogo de este suspiro constitucional…

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