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“Deben entender que el TLCAN es la solución, no el problema”: Carlos Salinas de Gortari

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La competitividad es la clave para recuperar los empleos perdidos y promover el bienestar para aquellos que han sido los más golpeados por la transformación en la economía global.

Pero la competitividad no se puede lograr a través de gestos paternalistas hacia los trabajadores, ataques autocráticos contra compañías particulares o renegando de socios vitales en el comercio internacional. Desestabilizar las relaciones con México dañará sin duda la región y la dinámica construida en torno al Tratado de Libre Comercio (TLCAN); eso no mejorará la competitividad de EU frente a otras regiones. El gran poder económico de un país por sí solo y el levantamiento de barreras a las exportaciones chinas ya no es suficiente. Solamente América del Norte, como región, ofrece una plataforma efectiva de competitividad para sus naciones constituyentes.

En lugar de socavar el TLCAN, Trump en EU, Trudeau en Canadá y Peña Nieto en México, deben trabajar juntos para reforzarlo.

A principios de los noventa esto estaba claro para los tres gobiernos de América del Norte, incluyendo mi propio gobierno en México. En las décadas anteriores, se había ofrecido un tratado de libre comercio regional, pero tenía poco sentido para nosotros. En los setenta, nuestro desarrollo se basaba en las exportaciones de petróleo y el proteccionismo y, a mitad de los ochenta, los niveles de nuestra deuda externa representaban la amenaza de que nos chantajearan en las negociaciones de comercio y no pudiéramos tener un acceso justo a los mercados de EU.

Pero la caída del muro de Berlín en 1989 lo cambió todo. La atención se volvió de pronto hacia Europa Central y del Este; y México, de repente, afrontó una larga espera en la reducción del déficit y el retorno al crecimiento. Tal y como Keynes dijo: “Cuando los hechos cambian, cambio de idea, ¿qué va a hacer usted?”

Cuatro años de negociaciones infundieron un nivel de madurez sin precedentes en las relaciones entre EU y México. Afrontando nuestras diferencias y canalizando nuestros intereses respectivos, empezamos a superar un largo historial de conflicto. En ocasiones éramos aliados, en ocasiones, adversarios; pero siempre dentro de un marco de dignidad y respeto. Donde una vez estuvimos condenados a ser vecinos, en aquel momento construíamos un edificio de historia compartida.

La misma aproximación debe prevalecer hoy, especialmente con los nuevos retos que presenta Donald Trump. Entonces, como ahora, debimos alternar entre alianzas y rivalidades, y aún así lo hicimos en forma fluida, civilizada y madura. Como aliados, promovimos la “Vía Rápida” (Fast Track) en el Congreso. Y como adversarios negociamos el Tratado en sí mismo. Finalmente, nos aliamos de nuevo para lograr la ratificación.

En diciembre de 1992, firmé el Tratado con George H. Bush y el canadiense Brian Mulroney; el entonces presidente electo de EU, Bill Clinton, se había opuesto al acuerdo. Finalmente, el hecho de que optáramos unilateralmente por la modernización, e invitáramos a EU a la mesa –ambos movimientos, diseñados para fomentar una relación mejor— ayudó a convencer a Clinton para negociar acuerdos paralelos en materia de trabajo y medio ambiente en lugar de reabrir el TLCAN en sí.

El TLCAN ha estado en marcha durante 23 años, pero la llegada de Donald Trump presenta retos de una diferente magnitud. Aún así, estos retos llegan en un momento en que la mayoría de mexicanos aprecian de manera creciente los beneficios que el tratado trajó para nuestra economía y que también se ven reflejados en EU y en Canadá. Bajo el TLCAN, México pasó de ser monoexportador de petróleo a exportador de productos por valor de más de mil millones de dólares cada día. Desde jitomates, aguacates y chiles (todos nativos de México) a coches, pantallas, computadoras y teléfonos celulares. Pero cada dólar de exportaciones mexicanas contiene 40 centavos en importaciones estadunidenses, lo que se traduce en una mayor tasa de empleo también para ellos. Más de siete millones de puestos de trabajo en los EU y tres millones en México dependen de esta intensa relación comercial.

Algunos afirman que esto se hizo posible a través de moderar salarios en México, pero la verdad es que los empleos mexicanos relacionados con el TLCAN pagan salarios un 40 por ciento más alto que en cualquier otro sector de la economía, así como una sindicalización del 90 por ciento. El TLCAN sirvió también como un acuerdo de inversiones, con una quintuplicación de los flujos económicos hacia México. Algunos afirmaron que el TLCAN separaría a México de América Latina, pero en realidad, el TLCAN también estimuló el comercio intrarregional. Las exportaciones mexicanas a América Latina representaban apenas el 10 por ciento del total antes del TLCAN, y ahora son más del 25 por ciento.

Aunque los números son igualmente impresionantes para la economía estadunidense, la reciente campaña electoral demostró que el TLCAN no ha sido aceptado por completo en Estados Unidos. Dos imágenes se repiten constantemente: El inacabable flujo de migrantes a través de su frontera sur y ciudades desoladas, empobrecidas por el cierre de fábricas, especialmente en el Cinturón del Óxido. Como se dicen en el periodismo sensacionalista: “Tu pon las imágenes y ellos pondrán la guerra”. Hoy la guerra es una guerra comercial, y el TLCAN es el campo de batalla. Permitiendo que prosperen los clichés sobre el TLCAN, muchos sectores de nuestras sociedades han contribuido al problema. Tal y como sabía bien el presidente Kennedy, “El gran enemigo de la verdad no acostumbra ser la mentira, sino el mito, persistente, persuasivo e ingenuo”. El abandono del deber entre políticos, líderes y los medios de comunicación permitió la consolidación de estos clichés; han fallado, todos ellos, a la hora de explicar las causas reales de los cierres de fábricas en los EU y del flujo de migrantes mexicanos hacia el norte.

El Producto Interior Bruto en la manufactura del Cinturón del Óxido empezó a caer en los sesenta, pero esto aplicaba a toda la industria de EU en general, incluyendo el carbón. EU se convirtió en un importador neto de frutas y verduras en los setenta. En los ochenta, la apertura hacia China motivó a muchas industrias estadunidenses a trasladarse. Esto se complicaba por cambios en el sistema capitalista, en especial por el crecimiento de los servicios y el proceso tecnológico de “destrucción creativa”, que acompañaba. Todo esto llegó antes del TLCAN.

Nadie ha afirmado alta y claramente que, a pesar de la desindustrialización que ocurría en las principales economías, entre los diez estados de EU que habían ganado más empleos gracias al TLCAN estaban precisamente aquellos dentro del Cinturón del Óxido: Ohio, Míchigan y Pennsylvania.

Los líderes también han fallado a la hora de explicar la masiva migración de mexicanos hacia EU, que, según el Fondo Monetario Internacional, empezó en 1997, después de la devastadora crisis del peso de 1995. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha confirmado, desde entonces, que sólo el TLCAN ha permitido a México superar aquella crisis y contener los flujos migratorios. Hoy, estos flujos son negativos: más mexicanos retornan que no se marchan.

El TLCAN se debe modernizar para incorporar cambios ocurridos en su sistema productivo desde que se firmó, pero solamente sin reabrirlo. Es comprensible que votantes en el Cinturón del Óxido y en otras partes estén enojados por la pérdida de puestos de trabajo en las empresas manufactureras, pero si realmente queremos mejorar la competitividad de América del Norte, esto debe hacerse junto a Asia. Y como el economista Jaime Serra Puche demostró, la economía mexicana es clave.

“Matar el TLCAN”, como algunos proponen, destruiría millones de empleos en EU, y haría todavía más daño en México. Cuando se negoció el TLCAN, México tenía 90 millones de habitantes; hoy son más de 120 millones. Desmantelar el TLCAN significaría mayor desempleo y provocaría más migraciones de las que ningún muro podría parar. La falta de pagos de bonos corporativos de empresas mexicanas también dañaría a los bancos de EU a través de sus filiales locales.

Todo país quiere salvaguardar su soberanía. Pero en las negociaciones internacionales, ejercer la soberanía representa encontrar un compromiso y aplicarlo internamente. Ambos socios pierden cuando fracasan a la hora de lograr un consenso sobre qué reglas aplicar.

En materia migratoria, México no se ha opuesto al ejercicio de la ley en nuestros respectivos territorios, siempre que la dignidad y los derechos humanos de los migrantes se respeten. Repudiamos la violencia, la persecución y el racismo encubierto. Los mexicano-estadunidenses tienen una fuerte ética de trabajo y una ambición legítima para mejorar su destino, y su emigración representa una pérdida de capital humano para México. Déjennos, en cambio, colaborar para crear oportunidades para nuestras gentes, encontrar soluciones positivas para ambas naciones, como por ejemplo, proyectos conjuntos de infraestructuras con obligaciones contractuales para usar insumos de EU. Déjennos hacerlo de manera inteligente: No necesitamos nuevos muros, necesitamos nuevas puertas en los viejos.

Finalmente, eliminar el TLCAN sería un paso atrás para ambos países, generando nuevas tensiones, ansiedades y costos, especialmente por el proceso inflacionario que se desencadenaría. La energía y los recursos absorbidos por estos problemas evitables estarían mejor empleados en impulsar el empleo en ambas naciones.

Lo peor de todo, desmantelar el TLCAN desharía un cambio histórico que ha permitido a México relacionarse con EU de manera diferente. Con reglas claras, no con antojos y arbitrariedades. Y con instituciones para reducir nuestra dependencia de populistas de izquierdas y derechas, quienes han juntado fuerzas en su oposición extrema a la libre competencia en economías abiertas.

El TLCAN nos llevó más allá del viejo juego internacional de mercados siguiendo el camino marcado por la economía, con el comercio siguiendo el mismo camino, y gobiernos rezagados, imponiendo aranceles en la fútil previsión de los siguientes pasos del capital y el comercio. El Tratado reemplazó estas herramientas desafiladas con una nueva relación en la que una política doméstica razonada y sustentable ha proporcionado la estabilidad esencial para la inversión productiva a largo plazo para un desarrollo inclusivo.

Los mexicanos y los méxicano-estadunidenses difícilmente pueden concebir una nueva e histórica división entre estas dos grandes naciones, porque se contradeciría con la realidad de la calle. Condenados en el pasado a ser vecinos enfrentados, a través del TLCAN encontramos un futuro compartido en forma de una región comercial estable y próspera.

 

* Artículo publicado en el foro de The London School of Economics and Political Science

 

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