Teme democracia

Sergio González

En espeluznantes gráficas visibles en su texto “Las señales de la desconsolidación” para el número de enero de la revista Journal of Democracy, Yascha Mounk y Stefan Foa nos hacen ver que en Australia, Gran Bretaña, Holanda, Nueva Zelanda, Suecia y Estados Unidos la consideración ciudadana de la vida en democracia como “esencial” cayó estrepitosamente entre 1930 y 1980, al pasar de 85% a 35%, en promedio.

Informan también que, globalmente, entre los nacidos antes de la Segunda Guerra Mundial, esa consideración se ubicaba en 72%,  mientras que entre los denominados millennials esa apreciación es apenas del 30%.

Nada nuevo bajo el sol, querido lector, querida lectora. Es de sobra conocido que hay una especie de desafección o indiferencia por las instituciones y los procedimientos democráticos en todo el planeta y que empieza a crecer, en números relativos y absolutos, la idea de que quizá no sea tan malo sacrificar algo de libertades políticas para lograr algo de estabilidad social y hasta crecimiento económico.

En efecto, la sociedad en su conjunto cada vez ve con menos simpatía a organizaciones fundamentales para la salud de los regímenes liberales, como los partidos políticos y los órganos representativos en general.

Mire usted si no: entre las dos olas de encuestas mundiales de valores recientes (1995-1997 y 2010-2014), el porcentaje de entrevistados que aprueban “tener un líder fuerte que no se distraiga con elecciones y parlamentos” se ha incrementado notoriamente en países tan importantes como Alemania (del 15% al 20%), Estados Unidos (del 23% al 30%), Argentina (29% a 50%), España (30% a 42%), Perú (35% a 60%),Turquía (38% a 59%), México (43% a 58%) y Rusia (49% a 72%).

Retratan tres casos paradigmáticos. En una encuesta alemana del año pasado, una gran mayoría apoyó la democracia “como una idea”, pero sólo un poco menos de la mitad aprobó “la democracia como funciona hoy en Alemania”. En Francia, una décima parte de los entrevistados en una encuesta de 2015 afirmaron que el país debería ponerse en manos de “un gobierno autoritario sin candados democráticos”, y dos tercios se mostraron dispuestos a delegar las tareas de implementar “reformas necesarias pero impopulares” a “expertos no electos”. Finalmente, en los Estados Unidos, una encuesta de octubre pasado, a cargo del Washington Post, reveló que 46% de los entrevistados señalaron que “nunca habían tenido fe” en la democracia de su país o que “ya la habían perdido”.

Estamos ante datos ominosos que deberían llamar a escándalo en los parlamentos, partidos, poderes judiciales y primeras magistraturas de todo el mundo, pero también a la acción política concreta, apreciable y pronta de las élites nacionales para preservar el reconocimiento social hacia el estado de derecho moderno, con sus componentes republicanos y democráticos y de derechos humanos.

Quizá por eso avanza una idea, también planetaria, de incrementar, fortalecer, crear y precisar los mecanismos de la democracia participativa o directa. Tan es así que IDEA Internacional denominó al 2016 como el año de la democracia directa, pero de eso hablaremos en otra entrega…

@El_Consultor_

 

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