Anécdotas a modo

René Arce

Pasaron ya más de tres décadas que México destacaba en los deportes por la calidad que tenían sus boxeadores, Toluco López, Pepe Medel, Ratón Macías, Vicente Saldívar, Alacrán Torres, Chucho Castillo, el nacionalizado Mantequilla Nápoles y el gran Púas Olivares, entre otros. Ellos brindaron grandes actuaciones pugilísticas, sobre todo ante rivales de otras nacionalidades.

Rubén Olivares El Púas, cuyo sobrenombre  lo tenía por sus rebeldes cabellos, era un boxeador que minaba a sus rivales con fortísimos golpes en los costados, finalmente cuando éstos, ya no tenían resistencia, los vencía con impactos al mentón que los ponía fuera de combate. Fue un deportista que conoció la pobreza, también la violencia en una colonia popular de la ciudad de México, denominada la Bondojito. Llegó a niveles de “héroe popular” por su carisma y enorme sacrificio en el boxeo hasta llegar a ser campeón mundial, el dinero y la fama le llegaron en grandes cantidades, pero la falta de formación educativa y cultural provocó que en poco tiempo las parrandas, el derroche y los malos amigos le hicieron dilapidar sus ingresos  y progresivamente también su fama. En sus últimos años como boxeador, ya disminuido en sus facultades físicas, enfrentó a jóvenes pugilistas, a los cuales servía para que éstos escalaran en su récord y se cuenta una anécdota no verificada, que en una de estas peleas recibía tal golpiza que en uno de los últimos asaltos (rounds), preguntó a su entrenador ¿Cómo vamos Cuyo?, sarcástico, Arturo Hernández (el Cuyo) contestó: ¡Si lo matas, empatas Rubén!

Otra anécdota histórica, de la Primera Guerra Mundial, el 3 de marzo de 1918, se firmó en Bielorrusia en la ciudad de Brest-Litovsk un Tratado de Paz entre los Imperios Alemán, Austrohúngaro, Otomano y la reciente Rusia Soviética. El Imperio Alemán impuso al gobierno soviético la cesión de su dominio sobre Finlandia, Polonia, Estonia, Ucrania y Lituania, entre otros países. Los rusos perdieron en ese Tratado el territorio donde vivía un tercio de su población, un tercio de sus tierras cultivadas y el 75% de sus zonas industriales; además, los obligaron a pagar una indemnización por 300 millones de rubros oro.

León Trotsky, Comisario de Relaciones Exteriores, intentó retrasar durante meses el Tratado, esperando que otros países iniciaran revoluciones socialistas; pero al final, Lenin, dirigente principal del país soviético, le ordenó firmar las condiciones del Tratado para lograr la supervivencia del nuevo régimen. Trotsky, sin estar de acuerdo, lo firmó, pero inmediatamente, por dignidad, presentó su renuncia al cargo de Comisario y dio a conocer públicamente sus argumentos contra tan indignante Tratado. En sus memorias, Trotsky relata que en las reuniones de los representantes de los imperios y el régimen Soviético, los delegados daban sus argumentos, quien permanecía callado era el representante del Imperio Alemán y que al estar sentados en torno de una mesa de centro, el general alemán ponía sus botas sobre ella; con ello, demostraba que quien tenía, finalmente la última palabra y la fuerza militar era ese Imperio: “La bota alemana era la que realmente hablaba”. 

Relato estas anécdotas porque estamos enfrentando a un demente que gobierna al país más poderoso del mundo; y no será derrochando nuestra dignidad con salidas facilonas, preñadas de un nacionalismo ramplón, con líderes sin estrategias precisas y compromisos claros como saldremos adelante. Hay que ganar tiempo, y mientras tanto iniciar el saneamiento del “Frente interno”. Construyamos un gran acuerdo contra la corrupción, inseguridad, impunidad y la pobreza que afecta al más del 50% de los mexicanos; si lo logramos, será más sencillo, aunque no fácil, enfrentar al adversario externo; Donald Trump nos hará víctimas de sus agresiones, cuando menos, durante cuatro largos años, pero si queremos enfrentar exitosamente la bota (Twitter de Trump), la unidad de los mexicanos debe ser real y no de ficción. Si lo anterior no se consigue, quizás parafraseando al mánager del “Púas Olivares” terminaríamos diciendo: “Aunque los matáramos, apenas empataríamos”.

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