Talentos ocultos o la oportuna lucha afroamericana contra el bullying laboral | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

Talentos ocultos o la oportuna lucha afroamericana contra el bullying laboral

Qué decepcionante es la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos esta vez. Nos ha tomado el pelo y ha nombrado entre “lo mejor” del cine a una película como Talentos ocultos (Hidden figures, 2016), que en nada supera en calidad a filmes como Animales nocturnos (Tom Ford, 2016), Capitán Fantástico (Matt Ross, 2016) o Amercian Honey (Andrea Arnold, 2016), que sí tienen un valor estético, un significado artístico, un mensaje social y equilibrio dramático.

Talentos ocultos nos hace pensar que 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013) fue como dinamita y el #OscarsSoWhite la mecha corta que le dio el triunfo al discurso por valorar el color de piel por encima del mérito artístico.

La consideración de Talentos ocultos a Mejor Película es una forma grosera de consolación; un absurdo gesto político con una película no trascendental y no porque se trate de una historia de afroamericanos (Moonlight sí es un ejemplo de aptitud fílmica más allá del discurso), sino porque es una película que se ha dejado vender por la protesta y no por la virtud.

Se ha conformado con la anécdota maravillosa, inspirada en hechos reales, de las mujeres afroamericanas que sembraron y aportaron crecimiento científico a la NASA en los tiempos de la discriminación racial radical, en plena carrera espacial con los rusos y en mitad de la lucha por los derechos civiles de los negros estadunidenses. Una historia que en principio tiene mucho para dar, pero que se queda en el montón del melodrama quejumbroso porque no tiene sensibilidad emocional ni narrativa para ser importante.

Las tres protagonistas Taraji P. Henson (Katherine G. Johnson), Octavia Spencer (Dorothy Vaughan) y Janelle Monáe (Mary Jackson) son el punto más fuerte de la película al ser las encargadas de dar vida a las brillantes científicas que desempeñaron papeles claves para poner en órbita al astronauta John Glenn, y que la escritora Margot Lee Shetterly se encargó de contar en la novela que da nombre a la película antes de llegar a la pantalla grande.

Hay química entre las actrices, pero sus personajes son cortados con la tijera tipificada del triunfo a la adversidad, cuando lo más probable es que hayan tenido una personalidad mucho más interesante y profunda al de ser víctimas. El director del filme reduce su brillantez a personajes simpáticos que luchan en un entorno de desprecio.

El cineasta responsable de este filme es Theodore Melfi, lo que hace aún más decepcionante lo mostrado en la pantalla luego de su humanizadora St. Vincent (2014), en la que explotó al máximo la longevidad de Bill Murray para tocar el corazón del espectador.

En Talentos ocultos, Melfi fracasa en su intento de mostrarse emotivo al ser demasiado complaciente en sus escenas más contundentes, incluso hay un dejo de apatía del cineasta respecto al verdadero reto que enfrentaron sus personajes protagonistas que da la impresión de que en realidad no fue tan complicado haber logrado tan mítica hazaña. 

Más aún, los personajes secundarios encarnados por actores como Kristen Dunst o Jim Parsons, son desaprovechados en el encasillamiento de la fechoría, mientras que Kevin Costner se esmera demasiado en congratularse como el hada madrina que cumple el sueño afroamericano.

En conclusión, Talentos ocultos es una película que esconde su verdadera historia en la queja del “merecer reconocimiento”, le quita lo áspero a su premisa, disminuye los sueños de sus personajes a un servicial ejemplo de lucha contra el bullying laboral y deja su fe en la simpatía de sus actrices; el director renuncia al factor sorpresa, al ritmo, a la tensión; le teme a la polémica discriminatoria y hasta se muestra ridículamente angelical. Sobrevalorada para estar nominada a Mejor Película. ¡Qué alguien reivindique a Animales nocturnos.

Estrenos

La gran muralla

No entiendo cómo un cineasta tan respetado como el chino Zhang Yimou, realizador de filmes como Héroe (2002), La casa de los cuchillos (2004) o, más recientemente, Regreso a casa (2014) se dejó llevar de una forma tan superficial por el encanto de Hollywood. La película ridiculiza el carácter histórico de la Muralla China con una historia de fantasía que nos traslada a la China del siglo XV, cuando un mercenario inglés (Matt Damon) y otro español (Pedro Pascal) son testigos del misterio de la construcción del muro, no para mantener alejados a los mongoles, sino para detener la llegada de monstruos devoradores de carne humana.

Con este filme, la gran apuesta de China por hacerse un espacio en la industria del cine global (con una inversión de 140 millones de euros), con un elenco internacional, ha sido un fracaso fílmico del tamaño de su inversión. Parece que casi no hay nada del viejo Yimou, solo tiene el toque artístico en las embestiduras pero no en los personajes profundos a los que nos tenía acostumbrados. En este filme quedan hundidos, ni siquiera por la inmensidad de la historia de la muralla sino por la espectacularidad pueril de los efectos especiales.

 

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