“Tenía 11 años cuando mi padre me sentó con Ávila Camacho y Francisco J. Mújica”: Jorge Mario Magallón | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

“Tenía 11 años cuando mi padre me sentó con Ávila Camacho y Francisco J. Mújica”: Jorge Mario Magallón

Herederos de los Constituyentes ◗ En el Teatro de la República “estaba entre esos señorones como en un cuento de reyes”, dice a Crónica Jorge Mario, hijo del constituyente de 1917, Andrés Magallón Ramírez ◗ Con sus 91 años a cuestas, 60 de ellos como profesor universitario, revive el recuerdo de su mentor de quien dice: “Fue un papá muy severo al que a veces le tenía miedo... porque soltaba bastonazos”

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

Iba del brazo de su mamá. Unos pasos adelante, su padre: el constituyente de 1917 Andrés Magallón Ramírez, a quien todos estrechaban. Los ojos deambulantes. La piel en escalofrío.

Estaba al fin en el Teatro de la República, ciudad de Querétaro, donde 20 años antes se había promulgado la Constitución y 82 años atrás se había entonado por vez primera el Himno Nacional.

Era el 5 de febrero de 1937, la ceremonia por el 20 aniversario de la Carta Magna.

El niño, de 11 años y quien cursaba apenas sexto de primaria, fijó primero la mirada en los capiteles, coronas de hojas de olivo y demás ornamentaciones griegas del edificio. Luego se concentró en dos personajes en la tribuna: Manuel Ávila Camacho, secretario de Guerra y Marina, y el general Francisco J. Múgica, entonces secretario de Comunicaciones, considerado siempre el gran ideólogo de la Constitución. De entre ellos, se decía ya, saldría el sustituto presidencial del general Lázaro Cárdenas.

“Fue descubrir el mundo de mi padre, su atmósfera y vocación, y lo hice con ojos y oídos bien abiertos. Me sentaron entre todos esos señorones, como en un cuento de reyes. Ahí me enamoré de las leyes”, cuenta Jorge Mario Magallón, quien hoy tiene 91 años y es uno de los pocos hijos de constituyentes aún con vida. Habrá dos, quizá tres…

Jorge Mario cumplió 60 años como profesor universitario. Es una leyenda en las aulas: doctor en derecho civil y profesor emérito de la Facultad de Derecho de la UNAM.

Su enamoramiento fue silencioso, casi secreto, porque don Andrés —oriundo de Acaponeta, Nayarit, donde nació en noviembre de 1882— era un hombre de escasas palabras, serio al extremo y esquivo con sus hijos; en su primer matrimonio tuvo cinco: Andrés, Lucía, Martha, Guadalupe y Alfonso. Quedó viudo y se casó en segundas nupcias con doña Valvanera Ibarra, bautizada así en honor a una virgen española. Del matrimonio nacieron Jorge Mario —diez años menor que su medio hermano Alfonso— y Luz María.

“Siempre lo traté con mucho respeto, casi no hablaba. Fue un papá muy severo, al que a veces le tenía miedo”.

¿Por qué?

—Es penoso decirlo: él siempre tenía en la mano un bastón. Antes de casarse con mi madre, ya en su época de senador, lo atropelló un camión en la calle de Tacuba, le rompió la pierna y debió usarlo para caminar. Y de repente sí soltaba bastonazos…

El doctor Jorge Mario nos recibe en su residencia del Club de Golf México, en Tlalpan. Lo acompaña su esposa Guillermina, de 90 años, una mujer de asombrosa energía. Al volante, parece piloto de carreras, a decir por sus singulares arrancones.

Tres cosas rebosan esta casa: fotografías en blanco y negro, libros y amor. Ella lo llama “corazón” y él: “reinita”, prueba de que un cariño puede durar 100 años.

“En 1943 comencé a estudiar la carrera de leyes en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. El segundo día de clases me esperaba en la puerta un amigo, con los brazos abiertos: quiero decirte que tengo muy buenas calificaciones, me dijo, sólo hay un compañero que me gana, un tal Héctor Fix Zamudio, quien después sería fundador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM… De repente volteó al notar que alguien se acercaba a saludarlo. Ese que viene ahí, susurró, se llama Luis Echeverría y es alumno de tercer año, te lo voy a presentar porque será presidente de la República. Y veintiséis años después así fue”.

—Soy Jorge Mario Magallón –se presentó ante Echeverría.

¿Magallón es tu apellido?

 –le preguntó él.

—Sí, ¿a qué se debe la pregunta?

Es apellido de uno de los grandes diputados constituyentes de Querétaro.

—Efectivamente, es mi padre.

—Déjame darte un abrazo —celebró Echeverría.

Ya como presidente, programó una visita a la UNAM. Guillermo Soberón, entonces Rector, mandó llamar a su oficina al joven Jorge Mario, quien recién había comenzado a dar clases.

—Me imagino que no tiene idea del por qué lo llamé— le dice el Rector entre sonrisas.

—Espero que no sea porque alguien quiere expulsarme de la Universidad —responde Magallón medio asustado.

—¿Cómo se le ocurre eso?— se carcajea Soberón—. Lo que pasa es que el señor Presidente vendrá a la Universidad y me dirá que a usted qué le importa. Debe saber que él lo escogió para que le dé el discurso de bienvenida.

Ahí, en la Nacional de Jurisprudencia, conoció también a José López Portillo, de quien sería apoderado legal después de su periodo presidencial. Lo invitaba a su casa a jugar tenis… Una tarde, entre rabietas, López Portillo preguntó a Magallón:

—A ver doctor, ¿por qué cree que Miguel de la Madrid fue presidente de la República?

—Hasta donde alcanzo a entender usted lo escogió.

—Efectivamente, así fue, porque un presidente debe saber tomar decisiones.

Al propio De la Madrid lo vio por primera vez por calles de la colonia Roma, donde vivía. Lo reencontró en la escuela.

—Hace algunos años usted visitaba a una chica muy linda por la Roma— le recordó Miguel.

—Esa chica sigue siendo muy linda, y es mi esposa… Guillermina.

HOJAS SUELTAS. El jardín de esta casa da hacia el hoyo 18 del campo de golf. El verde se extiende más allá de lo visible. La pareja suele comer bajo un naranjo robusto, el cual convive con un cedro y una jacaranda de hojas sueltas.

¿Por qué su papá es uno de los pocos constituyentes que no fue general?— se le pregunta al doctor Jorge Mario.

—Porque no le gustaba que le dieran órdenes. Le tocó nombrar generales a muchos de sus compañeros, pero él nunca se nombró. Muchos años después trabajó en un tribunal del Ejército y tenía que ir vestido con el uniforme militar, pero hasta ahí.

Don Andrés fue uno de los principales promotores de la conversión de Nayarit en estado libre y soberano. En 1910 se incorporó a las filas maderistas y tres años después, tras la Decena Trágica, fue encarcelado por el gobierno de Victoriano Huerta y destinado al fusilamiento… pero escapó.

Continuó la lucha como secretario de la Brigada de Sinaloa comandada por el general Ramón F. Iturbe, la cual terminó por respaldar a Venustiano Carranza.

“Por esos tiempos, en una convención realizada en Aguascalientes para finiquitar al ejército huertista, el general Iturbe y mi papá, quienes habían combatido a tropas villistas en Jalisco, Sinaloa y Colima, se encontraron de frente con Francisco Villa, líder de la División del Norte”.

—¿Qué dicen por sus rumbos de este su amigo Villa?— les preguntó Pancho.

Iturbe optó por el silencio, pero Magallón contestó:

—Unos lo describen como un gran patriota, como un generalazo de primera. Y otros como un traidor.

—¿Y ustedes qué piensan?—insistió Villa.

—Según lo que resulte de la Convención, es lo que vamos a pensar de usted.

Ya como constituyente, Andrés Magallón se opuso al proyecto original de ley e incorporó preceptos relacionados con educación, trabajo, tenencia de la tierra y separación entre Estado e Iglesia. Renovó su credencial como diputado de la XXVII Legislatura federal y luego fue senador de la República.

“La política era su pasión, leía mucho: en especial historia, se sentaba con un lápiz en la mano a revisar el periódico, le gustaba corregir los artículos”.

—¿A qué le sabe la Constitución de 1917?— se pregunta al hijo, catedrático del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

—Fue una ley que abrió los ojos del constitucionalismo mundial y que en lo interno cambió la estructura política del país y lo mantuvo a flote cuando parecía hundirse, en los años posteriores al asesinato de Madero.

¿Y la aportación de su padre?

—No se trató de contribuciones individuales sino de un grupo de hombres con ideas renovadoras, que modificaron la visión inglesa de los derechos del hombre y las garantías individuales. En Querétaro se amplió la mirada hacia garantías sociales o de clase, en especial las minoritarias: trabajadora, campesina, agraria.

BAILARÍN Y JUEZ DE PAZ. En contrasentido al trato frío con sus hijos, don Andrés aprendió a bailar desde muy pequeño. Y lo hacía bien. En alguna ocasión un periódico cubrió una de sus coreografías. Al día siguiente tituló: “Mucho gustó la Jota”, en referencia a la Jota Aragonesa bailada por el chiquillo.

Antes de volverse revolucionario, trabajó como cantante en la zarzuela de Mazatlán. Sabía dar el do de pecho: no cantaba con la garganta sino con el impulso del sonido de los pulmones.

“Cuando tenía cinco años me metió a clases de piano. Durante mucho tiempo me pedía tocarlo para acompañarlo a él, nuestro mejor diálogo fue en la música”.

Cuando lo visitaban sus amigos constituyentes o políticos, obedecían la única regla en casa de los Magallón: “antes de entrar, apague el cigarro”. Lo detestaba, no sólo por su carácter sobrio sino por su inclinación eterna al canto.

Después de ser constituyente, diputado y senador, ¿cómo terminó don Andrés su vida? –se pregunta a don Jorge Mario.

—Trabajó como juez de paz en Tacuba, una especie de conciliador en conflictos de vecindades. Su salario era de siete pesos. Nunca tuvo casa propia ni coche, su móvil eran los ideales políticos y sociales.

¿Recibió alguna pensión?

—El presidente Cárdenas la constituyó, pero era muy sencilla: 10 pesos diarios, 300 al mes, la recibió hasta morir en noviembre de 1968, a los 86 años.

“En el Panteón de Dolores da tristeza ver la pobreza de todas las criptas de los constituyentes. Ninguno se hizo rico. A ellos no les interesaba el dinero, ni la comida ni la ropa, sólo el bienestar de la nación”, dice doña Guillermina, la nuera de 90 años.

—Pero junto a las tumbas hay una frase muy bella, que resume la vida de mi padre y el resto de los constituyentes —ataja el hijo—: “En este lugar reposan hombres que pasaron por la vida sin mentiras en los labios, sin monedas en las manos y sin rencores en el corazón”…

Imprimir