Unidad ante la locura

Aurelio Ramos Méndez

Una pregunta sombría flota en el ambiente no sólo en México, sino sobre todo en Estados Unidos, y es probable que en el mundo entero, en obvia referencia a Donald Trump: ¿Qué hacer cuando un gobernante pierde el juicio —de manera literal, no figurada— en el ejercicio de su encargo; es decir, se vuelve loco aunque no se le note?
Peor aún, ¿qué hacer si el gobernante que enloquece lo es de la potencia más poderosa del orbe y, por lo mismo, representa grave riesgo no únicamente para su país sino para la humanidad en su conjunto?
La pregunta tiene asidero en la realidad ante el comportamiento claro y peligrosamente esquizofrénico de Trump, a quien aun muchos de sus electores ya buscan, espantados, deponerlo mediante un juicio político.
El tema concierne de manera especial a México, pues no estamos ante el corrupto pero inofensivo —desde el punto de vista geopolítico— Abdalá El Loco Bucaram, aquel presidente de Ecuador destituido por el congreso de su país bajo la acusación de “incapacidad mental para gobernar”, a seis meses de iniciado su mandato, entre 1996 y 97. Tampoco ante Nicolás Maduro, a quien una oposición logrera y desesperada, por voz de María Corina Machado, atribuye “incapacidad mental” para ejercer el gobierno. Estamos ante un desquiciado descaradamente agresivo en contra de los mexicanos.
En todas partes mesiánicos y populistas logran embaucar a los electores y en este campo los mexicanos también tenemos nuestra historia, con personajes como Vicente Fox, de quien costaba trabajo, durante su gobierno, entender cuáles eran sus contactos o correas de transmisión con la realidad. Resulta escandaloso, sin embargo, que llegue al poder o acabe por perturbarse con éste una persona afectada de sus facultades mentales, y que esto suceda en la primera potencia y dizque la democracia más ejemplar del mundo.
Más allá de la afinidad ideológica que sin duda lo vincula con su base electoral y de la leve diferencia entre el suyo y el ideario de otros mandatarios estadunidenses, ¿qué obscuras fuerzas o malas artes obraron para que Trump engañara a los ciudadanos que de buena fe votaron por él como opción frente a Hillary Clinton?
¿Dónde estaba la prensa norteamericana glorificada por Hollywood mientras el demente engatusaba incautos pidiéndoles su voto? ¿Cómo puede esa misma prensa explicar, de modo verosímil, la omisión de haber pasado por el tamiz de la valoración periodística el perfil psicológico de quien ahora se afana en la demolición de su país y el orbe?
Dos semanas bastaron para que quedase claro, a la luz de la realidad, que Trump no sólo no pasa la prueba del ácido como gobernante, sino que —es fácil descubrirlo a primera vista, aunque sin título de psiquiatra— no está en sus cabales y presenta en grado avanzado actitudes, trastornos y patologías —inestable, megalómano, narcisista— que lo inhabilitan para el ejercicio del poder.
En pocos días el gobernante gringo ha trabado pleitos —es literal— con todo el mundo. Desde la prensa, donde ubica a algunas de las personas más despreciables del género humano, hasta sus adversarios demócratas, y aun con funcionarios —cónsules, fiscales, administradores— de su gobierno.
Mientras él amenaza con hablarles duro a los gobernantes de todo el globo, sin distinción de alianza, color, filiación política ni grado de poderío bélico, ya que —sostiene— han abusado de los Estados Unidos, sus personeros siembran el terror incluso en organismos multilaterales como la ONU.
La embajadora gringa Nikki Haley ya advirtió que, de ahora en adelante, su país mostrará la fuerza y tomará nota de quienes no lo respaldan. Y el general Perro Loco, James Mattis, ya diseña una nueva guerra con la advertencia a Kim Jong-un de que su país responderá “de forma efectiva y abrumadora” un eventual ataque nuclear de Corea del Norte.
En cosa de días ha quedado en evidencia, además, que Trump es nada confiable. Hasta el punto de que conviene más ni siquiera dirigirle la palabra para evitar ser balconeado, como acaba de sucederle al presidente Enrique Peña Nieto.
Si ocurrió o no la amenaza de Trump a nuestro Presidente en el sentido de enviar tropas a México, es algo que está por verse. Pero la versión tiene sustento en la historia, el personaje, la recurrencia de la estrategia, la potencia de que se trata y la proliferación allende el Bravo de guerreristas ansiosos por invadir México o cualquier otro país, con tal de quitarle reflectores a sus propios problemas.
Vale recordar a la columnista Ann Coulter, quien en agosto de 2014 propuso a su gobierno, por medio de Fox News, bombardear México para acabar con el problema de la migración y los cárteles de la droga mexicanos. Aunque ni una palabra dijo de los millones de viciosos gringos ni menos aun de los cárteles integrados no por miembros de las minorías raciales, sino por blancos purasangre, anglosajones y protestantes, los cuales mueven en su territorio la droga proveniente no nada más de nuestro país y América Latina, sino del mundo entero.
El acoso a nuestro país —“México no querrá jugar a la guerra con nosotros”, le dijo Trump al icónico Bob Woodward— claramente intenta reeditar la historia de invasiones y despojos territoriales. Para ello ha empezado por repetir el hostigamiento de tiempos recientes a países cercanos como Colombia, que a finales de los 90 estuvo a punto de sufrir una invasión instigada por funcionarios federales, alcaldes, scheriffes, fiscales como Vincent Bugliosi, y hasta el actor Bruce Willis y el escritor Tom Clancy.
En tanto se halla solución al problema de qué hacer con los locos en el poder, a los mexicanos nos conviene mantener la unidad nacional, que en buenahora se gestó en medio de los amagos del trastornado huésped de la Casa Blanca. Y no perdernos en discusiones bizantinas mientras codiciosos abanderados de intereses foráneos escalan los muros de la casa.
aureramos@cronica.com.mx

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