Los ojos dementes de Isabel de Portugal observan la transformación de La Tabacalera | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

Los ojos dementes de Isabel de Portugal observan la transformación de La Tabacalera

Al pie de un edificio semiderruido, un anuncio revolotea sobre una cortina roja que trata de darle misticismo al lugar. El efecto es el contrario: Lectura de cartas, reza la cartulina colgada en la entrada del negocio. Es la calle Terán, sobre la periferia del Monumento a la Revolución, a unos pasos de la avenida Puente Alvarado. El edificio resquebrajado parece deshabitado y el negocio no tiene la clientela esperada por más cartas a favor que se avienten al viento.
Estas calles, en pleno corazón de la Ciudad de México, son tan distintas a los grandes edificios plantados a la redonda, a los museos; están llenas de vagabundos, prostitutas, hoteles de paso, comerciantes ambulantes y, por cada manzana, tres, cuatro, cinco inmuebles deshabitados, agrietados por el paso del tiempo, pintarrajeados con poco arte, que rompen con el paisaje tranquilo y espacioso que se pretende dar desde la sede de la delegación Cuauhtémoc o la falsa elegancia con la que está remodelada la estación del Metro Revolución.
Son las tres de la tarde. Turistas pasan por estos callejones para llegar al Monumento. En algunas cantinas y restaurantes se amontona la gente para encontrar una mesa. Los metrobuses vienen y van, atiborrados de gente que no planta la mirada en las cicatrices invisibles de La Tabacalera. La calle Arizpe está descuartizada, en remodelación, como al parecer desde hace algunos meses está cada cuadro de esta colonia. Las prostitutas se empiezan a arrimar en las esquinas y madres, padres pasan con sus hijos uniformados que ya han salido de la escuela y preguntan a dónde irán a comer tamales en este día de La Candelaria.
Frente a la glorieta de Plaza de la República camiones se amontonan en la banqueta de un edificio color vino. Es un estadio de frontón. Los albañiles se explican maniobras, detalles que faltan por realizar al armatoste que se eleva huecamente, como queriendo arrebatarle ojos curiosos al símbolo de una de las guerras más encarnizadas en la historia de nuestro país que tiene frente a sus narices. Adentro, las escaleras esperan con ansia aficionados, el vientre aguarda a los combatientes que derraparán por la gloria tras una pelota: la población de la zona no es muy seguidora de este deporte, pero en algunos años la masa urbana quizá cambie y también los hábitos.
Voy a recuperar oxígeno en la traspuesta del museo de San Carlos. Recorro una a una las réplicas de pinturas que rodean al museo mientras me trueno los tobillos y fumo sobre la banca de una plaza donde igual hay mamás con hijos en sus carriolas, indigentes envueltos en mantas gruesas, inquilinos del hotel Oxford, prostitutas y perros callejeros que han abandonado los ambulantes.
Ante los ojos dementes de Isabel de Portugal inmortalizada en un cuadro, una señora, de más de cincuenta años, se descalza los tenis para ponerse zapatillas estilo romano, se quita un suéter decolorado y queda con una blusa manga larga, no se cambia los pantalones y se pone una falda sólo porque corre el riesgo de que la señora, que mira a su hija correr por la plaza y rodear una fuente, vaya a reclamarle. Metros adelante hay otras dos señoras que platican, una coquetea con los hombres que pasan y la otra, con cerveza en mano, aspira de un trapo bañado en tiner.
Tres indigentes, con cajitas de dulce y una botella con tiner o alcohol, ponen sus pocas pertenencias al pie de la fuente. Se lavan los brazos, la cara, el cabello. Uno intenta sumergirse pero el agua estancada no pasa de los treinta centímetros.
–Lávate bien –le dice uno de ellos a su compañero–; traigo aceite en la mochila, échate para que te brille el cabello.
Toman sus objetos. Caminan hacia mí y esparcen a mi alrededor un tufo a alcohol barato, tiner y suciedad: Caminamos kilómetros y kilómetros, se dicen entre ellos por eso, no nos mareamos.
Abandono la plaza y una voz femenina me dice hola. Volteo y veo a la drogadicta cerrando el paso a los albañiles, que han acabado su jornada laboral, pidiendo una moneda. Los albañiles le recomiendan quién trae más dinero y podría darle unos centavos. Miro a la prostituta que me habló, miro que está pasada de años y de arrugas, pero sonriente, a pesar de su edad tiene la autoestima alta, sigue y se ofrece a quienes requieran de sus servicios.
Vuelvo a Plaza de la República. Evitando los camiones mal estacionados afuera del estadio de frontón. En el Monumento decenas de jóvenes realizan un ritual, alzan las manos, murmuran entre ellos, siguen las recomendaciones de un instructor mientras un dron los vigila, los graba a unos metros de altura, los jóvenes extienden sus manos hacia el cielo, tratando de encontrar energía positiva o simplemente apagar sus hormonas, un ritual tan patético como el anuncio que calles adentro ofrece fortuna, buena suerte, dominar el azar desde la habitación de un edificio pronto a venirse abajo.

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