A treinta años de la huelga del CEU (Tercera parte)

Edgardo Bermejo Mora

Fábula de los moderados y los radicales. Hace algunos años regresé luego de mucho tiempo  de ausencia a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para escuchar un ciclo de conferencias del historiador italiano Carlo Ginzburg, autor de uno de los libros más deslumbrantes que he leído en los últimos años: El queso y los gusanos, el cosmos según un molinero del siglo XVI.

Carlo Ginzburg no sólo es conocido en México por su labor historiográfica, sino también porque  en los noventa publicó en forma de libro el intercambio epistolar que sostuvo nada menos que con el subcomandante Marcos y con Adolfo Gilly, en el que los tres le tunden duro al neoliberalismo y reivindican si bien con algunos reparos la causa del zapatismo armado.

Este último dato me llevó a reflexionar (al salir de su conferencia magistral donde nos dio una lección impecable a propósito de La Utopía de Tomás Moro) sobre ciertas paradojas de la vida intelectual y las ideologías que a veces no alcanzamos a comprender.

Me explico. Carlo Ginzburg es uno de los historiadores más importantes del último cuarto de siglo, su erudición es asombrosa, la sencillez de su discurso también. Me sorprendió, por ejemplo, saber que en los sesenta dirigió junto con Italo Calvino una revista literaria que finalmente nunca se publicó, y que fue precisamente de la mano de Calvino que se orientó en su propia vocación como historiadornarrador. Mi admiración por él es definitiva, no obstante que no comparta sus opiniones políticas de extrema izquierda y su entusiasmo por los neo zapatistas mexicanos.

En ello estriba la paradoja que me condujo a una sencilla reflexión: no es con el rasero de la inteligencia o la racionalidad con el que necesariamente debemos medir las opiniones políticas de un intelectual o las motivaciones de un movimiento estudiantil, hay veces que se impone el corazón, las convicciones personales que nos acompañan a lo largo de la vida, y en suma, la fe, esa poderosa y extraña forma que adopta la inteligencia humana.

Entendí pues que no necesariamente hay contradicción entre la inteligencia abrumadora de un escritor e historiador como Carlo Ginzburg y sus filias o fobias políticas. Esto que parecería tan sencillo de entender, solemos olvidarlo a la hora que nos gana el prejuicio o la ideología al elegir nuestros afectos y desafectos intelectuales, o a la  hora de descalificar de un plumazo el radicalismo de los movimientos estudiantiles.

En eso estaba cuando crucé casi sin darme cuenta en medio de una asamblea de estudiantes del colegio de Filosofía, apostados en el pasillo que conduce a la puerta principal de la facultad. Observaba casi emocionado una escena que se habría repetido muchas veces veinte años atrás, durante el movimiento del CEU.

No eran muchos, pero su aspecto me resultó inconfundible y entrañable: una veintena de jóvenes cuidadosamente desaliñados, que discutían con voz y mirada grave un plan de acción para oponerse a algo, no recuerdo a qué. Uno de ellos, no mayor de veinte años, con la barba a medio crecer, un cigarro sin filtro en la mano y en la otra un maltrecho block donde había escrito los puntos de su intervención, pidió la palabra y me detuve a escucharlo por mera curiosidad.

De la curiosidad pasé al interés cuando escuché sus primeras reflexiones. Habló de la necesidad de renunciar al radicalismo para no aislar políticamente al movimiento. Me pareció tan sensato que decidí escuchar el resto de su intervención. Más adelante reflexionó sobre la necesidad de renunciar a la herencia legendaria del CEU y la reputación radical y extrema del CGH. . “Somos un movimiento distinto -dijo- nos tocó vivir otra época y tenemos que buscar nuestra propia identidad. Tenemos que dejar de imitar las acciones y los estilos del pasado, nosotros somos otra cosa”.

De acuerdo, pensé, utilizar los mismos argumentos que hace  veinte años  sería una barbaridad, el país y la Universidad ya son otros. Más adelante insistió en la necesidad de avanzar en positivo y sin titubeos por lo que terminó proponiendo un plan  de acción dividido en tres puntos: “En primer lugar dijo exigimos la renuncia inmediata e irrevocable del rector, de la junta de gobierno y del sistema entero de gobierno burocrático en la UNAM; el segundo punto es la creación de un autogobierno democrático con la participación de estudiantes, trabajadores y académicos pero también con representación de otros sectores del pueblo mexicano y las comunidades indígenas; y en tercer lugar, planteamos la cancelación de todas las parcelas actuales de conocimiento, que dividen artificialmente, como una herencia de la modernidad burguesa, que obstaculizan la búsqueda de un solo conocimiento universal y libertador”.

Vaya, pensé, si estos son los moderados cómo estarán los radicales, tal vez organizando un pelotón de fusilamiento para el rector. Ni modo, concluí, aquí también habrá que aplicar el mismo principio que en el caso de Ginzburg: la comprensión, antes que la descalificación. Al término de su intervención crucé las puertas de la facultad y recordé con nostalgia mis tiempos estudiantiles. Supe entonces que tarde que temprano los movimientos estudiantiles se reciclan y se repiten a la manera en la que Borges concibe la historia. Acepté pues que el discurso de aquel joven no me molestaba del todo, lo sentí como parte natural e inevitable de la vida universitaria. En vano sentirse horrorizados, así es y así ha sido siempre ¿O qué? ¿Todo movimiento estudiantil pasado fue mejor?

Edgardo Bermejo Mora
www.britishcouncil.org.mx
https/Facebook.com/BritishCouncilMéxico
@mxbritish

Imprimir

Comentarios