Pendientes de la Constitución de 1917

Carlos Matute González

El presidente de la CNDH, Luis Raúl González Pérez, durante el XIII Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional, sostuvo que la Carta Magna tiene un pendiente con la mitad de la población en condiciones de pobreza. El rector de la UNAM, Enrique Graue, propuso que “La Constitución debe ser clara y cercana a los ciudadanos para que éstos la hagan suya…”. Diego Valadés insistió en su propuesta, que se requiere reordenar el texto constitucional, en el marco del centenario de su promulgación, para quitarle elementos reglamentarios que no debieran estar presentes en ella. El lugar común es el número de modificaciones de la Constitución y el aumento en sus palabras. En 1917 tenía 22 mil ahora cuenta con 66 mil.
A cien años de su promulgación, a la Constitución no se le puede atribuir ningún pendiente. Es un pacto político, un ideario político, un programa de gobierno, el reconocimiento de los derechos humanos y fundamentales, una aspiración de modelo de sociedad, la forma de repartirse el poder social, la referencia de comportamiento jurídico, la constancia del triunfo del constitucionalismo en la Revolución mexicana, un orgullo para los mexicanos por su contenido de derechos sociales y su primogenitura en el mundo en esta materia, pero no tiene voluntad propia, ya que es el resultado del acuerdo social. Por lo tanto, no es la culpable de la desigualdad social ni de que individuos, grupos o autoridades la pongan en un segundo plano respecto a sus ambiciones o intereses.
La Constitución, afortunadamente, carece de una sola lectura, no posee una interpretación integral única en poder de una persona o un colectivo. No es un documento totalmente acabado ni inmodificable.  Es un documento rico, pletórico de valores, principios y posibilidades de acción. Como lo señala el Ministro José Ramón Cossío: “es importante entender que la (Constitución) del 17 y la de ahora son la misma en cuanto a que no ha habido un quebrantamiento político, histórico o social, pero al mismo tiempo es una Constitución distinta porque hay tantas modificaciones que si alguno de los constituyentes leyera la Constitución de ahora se sorprendería de ver lo que tiene…”.  
Nosotros, los mexicanos de ayer y ahora, somos quienes tenemos los pendientes y a la Constitución como un instrumento fundamental para intentar superarlos. Podemos enunciar en ella, por ejemplo,  el derecho humano a la renta básica, a la educación superior gratuita, al retiro digno, al acceso a los servicios de salud de la más alta calidad, al agua potable y a una ciudad de libertades, pero eso quedará como ideal o programa de gobierno a largo plazo si no modificamos las relaciones económicas y políticas que reproducen la desigualdad. La “consagración” en la Constitución de un derecho no tiene un efecto inmediato en la transformación de la realidad.
Hay que ser prudentes en estos momentos de celebración. No le otorguemos la calidad de varita mágica, ni la convirtamos en un libro de los secretos revelables sólo a los hombres y mujeres que han dedicado su vida a estudiarla. Como bien lo planteó el ministro presidente de la SCJN, Luis María Aguilar, en su intervención en el Congreso referido, la Constitución “refrendó la independencia que el país construyó durante sus primeros cien años de vida, que nos permiten hoy en día ser un pueblo plenamente soberano, que respeta y exige respeto del resto de las naciones que integran la comunidad internacional”. Es el símbolo de que los mexicanos queremos seguir unidos en torno a un proyecto compartido y que podemos ponernos de acuerdo.
Su cumplimiento espontáneo nos honra y su defensa frente al egoísta o aprovechado es y será siempre indispensable. Hay que considerar que los conflictos jurídicos para determinar sus alcances en un momento determinado serán permanentes, incluso deseables ya que es la forma pacífica de resolver la confrontación de intereses.
Los ideales que contiene son dinámicos y cuando se obtienen, entonces, procede su reformulación y la consecuente reforma constitucional. Las numerosas reformas no son necesariamente algo condenable. Al contrario, la hacen distinta a la promulgada y refleja la evolución de los valores y de la correlación de fuerzas políticas.
Las contradicciones en una Constitución son parte de su esencia, por ejemplo, no hay explicación absolutamente racional en la existencia de tres poderes y los órganos constitucionales autónomos no dependientes de éstos, ni en la coexistencia en el texto de los principios de la soberanía popular (voluntarismo) y la supremacía constitucional (formalismo). Incluso las contradicciones permiten la inclusión de una amplia gama de ideologías en la conformación de los órganos del Estado.
En estos momentos de conmemoración, siempre hay que considerar que las instituciones que contiene son perfectibles, no hay una organización estatal ni relación Estado-sociedad pétreas. Su transformación es la expresión de su fuerza normativa y vigencia.

 

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