Tras del tiempo perdido, de Jorge Pech Casanova | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

Tras del tiempo perdido, de Jorge Pech Casanova

Tras del tiempo perdido, de Jorge Pech Casanova | La Crónica de Hoy

La literatura es una vía para recuperar el tiempo perdido en rutinas, extenuaciones, agobios y desdichas, si bien la manera mejor de resarcir la pérdida del tiempo vital es acaso la música, forma culminante del arte que no se ata al espacio y trasciende la temporalidad. Música verbal hay en la literatura; por lo tanto, ésta participa de esa capacidad del arte máxima para recobrar el tiempo que nos arrebatan la monotonía, la distracción y las exigencias menos nobles de la vida comunitaria. Pese a esto, la vida dentro de la colectividad implica, en momentos conspicuos, la comunión a través de artes como la literatura y la música. Estas vinculaciones re-ligan al ser humano con lo sagrado y lo reconcilian con los otros, salvan las diferencias del individuo para inscribirlo en esa zona mistérica de la identificación con el universo, con el todo del que formamos parte.

El artista es las antenas de la raza, escribió Ezra Pound. Es posible añadir que, por ello, la misión del artista no sólo consiste en prever los terrenos materiales, intelectuales y espirituales por los que el cuerpo social se aventura, sino fungir como oficiante de los ritos vitales en los que la comunidad se reencuentra y re-liga con la conciencia cósmica. Oficiar estas ceremonias de identificación es una tarea que, asumida con responsabilidad, está lejos de ser un cómodo privilegio. El oficiante del arte, el responsable de prever el camino de la raza, de la colectividad, es un arriesgado y frecuenta la dificultad, el agobio, la inconformidad.

El artista responsable no está aposentado en el favor público ni en los mimos de la autoridad, sino entregado a los trabajos comunales y a la persecución por parte de quienes quisieran callarlo. Y es que su voz desnuda la miseria mental y anímica de los que se encumbran prevaricando con el esfuerzo de todos los demás, de los que combaten con sus vicios privados las virtudes públicas.

Peligran las antenas de la raza en todo momento, por su comprometida tarea y por los riesgos aún mayores de la claudicación. No todo individuo que publica poemas hace honor al oficio de poeta; no todo redactor de novelas añade fundamento a la narrativa; no todo recapitulador de opiniones ajenas en moldes amorfos aporta perspectivas al ensayo. Por impericia, por ignorancia, por falta de virtud artística –es decir, por falta de dedicación y rigor en el oficio–, por voluntaria corrupción, por exceso de ocupaciones extraliterarias y aun antiliterarias, muchos en el mundo que se hacen llamar escritores son sólo simuladores del arte que prostituyen éste para obtener favores y privilegios que no se merecen. El que se ufana de las privanzas que el aparato gubernamental le concede por escribir, es un cortesano que prostituye su falta de oficio literario, o un escribano que vuelca su carencia de prosodia y de poética en las revistas y los periódicos consentidos de la ineptocracia.

Ante ellos, contra ellos, el escritor auténtico se fatiga en su oficio, deja la vida y las esperanzas en su labor, y poco aliento recibe, si es que alguno, mientras colecciona agobios, penurias, amagos, pretericiones. Ser preterido –no preferido– suele ser el destino del escritor en el mundo. En el mundo y sus parcelas, los artistas auténticos padecen mientras engordan los simuladores. A éstos se les reconoce con facilidad por la pompa de que se rodean y los privilegios que ostentan. A los artistas auténticos se les suele marginar y aplastar, se les conmina a que guarden silencio e inmovilidad porque su acción aterra a los que se instalan en la inacción irracional y en el quietismo de prerrogativas que ganaron con adulación, con servilismo.

La especie de los simuladores se encumbra en todas partes y vulnera la salud del cuerpo social, en el cual un elemento imprescindible es la honestidad. Sin esta condición, el cuerpo social se demerita y descompone. Lo sabemos los mexicanos que hemos padecido la deshonestidad del régimen que nos gobierna desde hace ochenta años. Y lo peor es que lo sabemos porque no hemos ingresado al cambio de fondo, sólo al cambio de personajes con idéntica falta de virtud. Y por eso no surge un cambio real que debe pasar por la acción inteligente, no por una supuesta acción nacional que no es sino máscara de la inmovilidad, la estulticia y la rapiña de costumbre.

Un escritor puede hacer poco en el ámbito de lo inmediato pero mucho en el del porvenir. Puede elevar su voz –desgarrada por la penuria, mortificada por la marginación– sobre la oscuridad oficial e iluminar los abismos del ser en que se originan las raíces de nuestros males; puede mostrar un camino a la restauración del bien, a la recuperación del tiempo perdido por la ambición de unos cuantos, la servidumbre de algunos otros y la indolencia de muchos.

En un par de décadas el mundo ha visto, en sus diversas regiones, desastres que la literatura no puede remediar, sólo registrar para provecho de los que tienen memoria. Ciclones, inundaciones, sequías, terremotos, descomposición ambiental y social en todas partes. Nada de esto presagiaba el desastre mundial que arrancó el 11 de septiembre en Nueva York y Washington para cubrirnos de miedo a todos y de vergüenza a los dueños del imperio estadounidense que luego masacró al pueblo afgano en nombre de una hipócrita justicia. Entre las convicciones que esa farsa de justicia militar abona, la masacre de palestinos por israelíes aparece como una prolongación de los atentados neoyorquinos; el dominio de la intolerancia fundamentalista en las naciones islámicas es un corolario a los atentados que ningún justiciero se apresura a enmendar; las pandemias que minan aceleradamente a las naciones de África son un horror sin campeones que las venzan ni árbitros que las condenen. Los que cuentan los muertos de las torres financieras no hacen caso a los cadáveres del desierto afgano, más abundantes y hermanados por un mismo asesino.

Pero cuando los días de penuria global se perfeccionan, ni su horror disuade de que Pound tiene razón. El artista es las antenas de la raza, y para no deshonrarse a sí mismo ni constituirse en una vergüenza para los que hoy sufren padecimientos aun mayores que la simple marginación, el escritor –que es un artista– debe elevar su voz ante las grandes tragedias que desencadenan los grandes asesinos y ante las pequeñas tragedias que elaboran los pequeños, mezquinos acólitos de la descomposición.

De pequeñas tragedias acumuladas en el mundo se formó el apocalipsis que nos toca presenciar. Todo mal menor que pueda evitarse hoy es un mal mayor que evadiremos mañana. La literatura está en el mundo para anunciar y denunciar los males evitables, para que todos comulguemos en la responsabilidad de remediar lo que está en nuestras manos, rescatar el tiempo perdido, el tiempo que nos quieren hacer perder.

 

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