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Múgica, el constituyente que atemorizaba a los políticos tradicionales

Memorias. Doña Blanca Muñoz Cota Múgica, una mujer de 80 años, relata a Crónica que su abuelo les contaba de los pleitos en el Constituyente de Querétaro, de cómo se ponían ápodos y de cómo él le dio mucho énfasis al artículo tercero

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Casi nada de lo ocurrido en la vida política y social del país entre 1910 y 1950 fue ajeno a este general de cuerpo menudo pero ideas sublimes.

Artesano de la Constitución de 1917 y de la Expropiación Petrolera. Apartado de la Presidencia de la República por sus pensamientos radicales a favor del pueblo. Aún después de  muerto —a los 69 años—, su nombre causaba temor entre políticos tradicionales, simuladores.

Francisco José Múgica, nacido en Tingüindín, Michoacán…

Al cumplirse hoy 100 años de la Carta Magna, Crónica siguió su rastro, como el de los principales constituyentes del 17, cuyas historias han sido compartidas en los últimos días. Siempre en voz de nietos e hijos.

Y una es la conclusión general: los ideales de justicia social quedaron en papel, porque de la política por amor al pueblo se pasó a la política por amor al dinero.

SIN AMARGURAS. Vamos pues hacia Chimalistac, donde ya espera doña Blanca Muñoz Cota Múgica, nieta. Una mujer de 80 años, pero de mirada vivaz. Sentada ahí, en su diván predilecto, se lanza al viaje rumbo a calendarios remotos. No es el J. Múgica de la frialdad bibliográfica, es el abuelo con quien vivió los dos últimos años de su vida, en la Quinta Tzipecua de Pátzcuaro.

—¿Fue feliz el general?

—Sí lo veía feliz. Se había casado por tercera vez con una mujer muy tranquila: Carolina Escudero, quien fue su secretaria en Comunicaciones y Obras Públicas. Nunca escuché disgustos o gritos.

—Lo pregunto porque don Francisco fue el candidato natural para sustituir a Lázaro Cárdenas en la Presidencia y…

—Lo sacrificaron por intereses de Estados Unidos. Ni a los políticos de aquí ni a los de allá les convenía un presidente tan arrojado, pero jamás se lamentó. No era un hombre amargado ni frustrado.

Aunque Múgica había instrumentado la expropiación petrolera, la nacionalización de ferrocarriles y otras reformas cardenistas, el general Lázaro optó por respaldar una candidatura más moderada para las elecciones de 1940: la de Manuel Ávila Camacho.

“La revolución y el gobierno saliente quedan en desprestigio y en condiciones morales y físicas de imposibilidad para salvar el futuro, mediante el triunfo legítimo de un candidato revolucionario”, escribió Múgica en un manifiesto contra el Partido de la Revolución Mexicana —antecesor del PRI—, en julio de 1939.

Los aliados se distanciaron, hasta principios de 1954 cuando don Francisco, ya enfermo, aceptó una visita de Cárdenas.

PIRUETAS DE LA MEMORIA. “Mis padres se divorciaron en 1952 —cuenta doña Blanca—. Entonces mi mamá habló con el general para ver si nos aceptaba  en la Quinta Tzipecua, que en tarasco significa lugar de alegría. No hay problema, conmigo no les faltará nada, le contestó mi abuelo y nos fuimos a vivir con él. Era una quinceañera”.

La casa estaba, está, a cuatro kilómetros de Pátzcuaro, en una cima donde podía verse el lago. Años después su hija Leticia la vendió al gobierno de Lázaro Cárdenas Batel: planeaba construir una universidad indígena, pero nada ocurrió.

—Seguro allá en su tierra querían mucho al general…

—Los pobres e indígenas sí, pero no era muy bien aceptado por los de la clase media ni por los ricos, porque siempre fue en contra de la Iglesia y ellos eran muy católicos.

Múgica se levantaba casi de madrugada. Se ponía su sombrero de palma para ir al campo, con su legión de perros detrás. Le gustaba cuidar a sus vacas y supervisar la siembra.

“La comida era como una ceremonia. Se ponía a platicar de sus aventuras en la política. Era como una clase de historia”.

—¿Qué contaba?

—De los pleitos en el Constituyente de Querétaro, de cómo se ponían ápodos y de cómo él le dio mucho énfasis al artículo tercero, porque decía que lo más importante eran las escuelas y los maestros. Hablaba también de la Revolución, de cuando andaba escondido o repartió tierras con el general Lucio Blanco. Le daba risa recordar cuando fue gobernador de Tabasco y le cambió el nombre a la capital: de San Juan Bautista pasó a ser Villahermosa. Muchos curas y persignados se enojaron.

Fiel a la disciplina militar, nadie podía interrumpirlo. “A veces mi mamá se atrevía a contradecirlo, pero con tacto. Otra de las reglas era llegar al comedor bañadas y peinadas, nada que en bata o pijama y desperezándonos. Los fines de semana nos íbamos a los pueblitos, porque la gente lo invitaba”.

Llegaban a la Quinta amigos y aliados políticos. La nieta recuerda una visita especial: la familia del afamado cardiólogo Ignacio Chávez. “Fueron a regalarle un toro”.

“Otro día tocó a la puerta un licenciado llamado Agustín Arriaga, después gobernador de Michoacán. Llegó para invitar a la familia a su boda con una señora de las más ricas de Morelia: Lupita Diez… Ya después todos en el pueblo decían que se había casado con los Diez de Lupita… los diez millones. Mi abuelo le reprochó: nunca pensé que fueras a dar el braguetazo por esa mujer, y el hombre sólo bajó la cara.

—¿Y con ustedes, los nietos, cómo era?

—Nada de mimos ni de estar poniendo apoditos, pero tenía detalles de cariño: me regaló un puerquito que después creció y tuvo que venderse, pero me dio dinero.

—¿Le dejó tener novio?

—El tiempo que viví con él sí tuve mi primer novio, mi mamá le pidió permiso y lo invitamos a desayunar. Nos dieron leche recién ordeñada y a este muchacho le gustó mucho, pedía y pedía y mi abuelo gritó: mejor tráiganle la vaca.

Al general le complacían los detalles en la mesa: tortillas hechas a mano, pan recién horneado, queso, leche fresca y una salsa.

A las seis de la tarde, con una puntualidad irrenunciable, volvía del campo. Cenaba ligero, se sentaba a platicar con sus trabajadores y se dormía a las siete de la noche.

—Antes de esos dos años, ¿no había convivido con él?

—Sí, pero no de manera tan entrañable. Un día me llevó al cine, con mi tío Janitzio, a quien quiso mucho. Durante el “Enriquismo” vivió en mi casa de México, cuando aún mis padres estaban juntos. Lo andaban persiguiendo y la casa estaba vigilada por la federal de seguridad. Un amigo de Zitácuaro lo sacó oculto en la cajuela de un coche. Recuerdo que le dijo: primero me matan a mí antes que a usted, voy a llevarlo a su tierra.

TRAIDORES. ¿Enriquismo? Tras la ruptura con Cárdenas en 1940, don Francisco fue designado gobernador de Baja California, una de las zonas más alejadas del centro del país. Desde entonces se volvió un crítico del sistema político y la corrupción.

Por aquellos días pronunció un discurso bravo: “Hicimos una Constitución que tiene principios nuevos, que tiene ideas nuevas, que son tan trascendentales todavía que los engreídos, dueños de la riqueza del pueblo, tienen miedo de ponerla en práctica”.

En 1950 reapareció con fuerza en la vida pública: creó el Partido Constitucionalista, el cual se opuso a la candidatura presidencial de Adolfo Ruiz Cortines; se unió a la Federación de Partidos del Pueblo para postular al general Miguel Henríquez Guzmán rumbo a las elecciones de 1952.

En medio de sospechas de fraude, Ruiz Cortines ganó. Y entre los henriquistas rondó la idea del golpe de Estado, pero el plan fue desactivado.

“Recuerdo un mitin en el Teatro Abreu. Mi abuelo estaba muy encendido y acusó a Ruiz Cortines de ser un traidor a la patria por haber ayudado a los norteamericanos en la invasión de 1914. Al paso del tiempo el presidente jamás se pudo quitar esa marca”, narra doña Blanca.

La vida ya no le alcanzó a Múgica: a principios de 1954 cayó enfermo.

“Sus últimos días fueron de muchos dolores, iban a visitarlo arzobispos y obispos a quienes había conocido en la juventud, durante su época de seminarista en el pueblo michoacano de Jacona. Mi mamá no los dejaba entrar ni al cuarto, porque había la creencia de que con el simple hecho de que los sacerdotes pisaran la habitación, el enfermo se convertiría al catolicismo. Y mi abuelo era antirreligioso”.

—¿Cómo fue que siendo seminarista se volvió enemigo de la Iglesia?

—Estando en el seminario llegó a sus manos el periódico Regeneración de los hermanos Flores Magón y él decía que le abrió los ojos.

Murió el 12 de abril… “Cada año mi mamá le organizaba un homenaje, pero la gente del gobierno nunca iba. Ni la prensa. Sólo amigos y familiares. Pasaron muchos años así, hasta que en los 70 un legislador de nombre Celso Delgado promovió que el nombre de mi abuelo fuera inscrito con letras de oro en la Cámara de Diputados”.

Se había ido el ideólogo de la Constitución. El hombre generoso: en un terreno, obsequio de indígenas del poblado de Huecorio, había construido casas con cocina y baño para todos sus trabajadores de Tzipecua.

“Cuando él murió su esposa Carolina sacó a todos los empleados, arregló las casitas y las rentó. Quizá tenía problemas económicos”.

—¿No dejó dinero el general?

—No para los puestos que tuvo, porque fue secretario de Economía y Comunicaciones con Cárdenas y gobernador de Michoacán, Tabasco y Baja California. Murió intestado, aunque al menos dejó un techo a todos sus hijos reconocidos. A mi mamá le dieron 50 mil pesos de herencia.

Múgica y sus tres compañeras: primero doña Ángela Alcaraz —abuela de doña Blanca—, una niña bien de Zamora, quien se unió a él obligada por sus padres. A ella le dejó una casa en Insurgentes, comprada después por Cantinflas y donde ahora se toca música electrónica.

En un viaje conoció a una doctora de apellidos Rodríguez Cabo —madre de Janitzio Múgica—: fría, calculadora, lejana a sus gustos y placeres. La relación no funcionó…

Su última pareja fue doña Carolina, ordenada, pero con una tradición norteña opuesta a la cocina. Contrataron a una cocinera llamada Socorro, encargada de los caprichos culinarios de don Francisco.

“Mi mamá decía de su padre: pobre de mi chaparrito, fue muy importante en la política, pero jamás encontró el amor, pero así tuvo 12 hijos: nueve registrados y tres no, ¿qué tal si lo hubiera encontrado?”, se carcajea la nieta, quien se toma un respiro; segundos de melancolía.

“El general marcó mi vida —suelta de repente—. Todo me agradaba de él, menos que detestara la Navidad, el Año Nuevo y el Día de Reyes. Se acostaba como si nada, ni un abrazo. Decía que eran fechas impuestas por el catolicismo. Él tenía su propio día de fiesta”.

—¿Cuál?

—El 5 de febrero, ese día sí nos compraba regalos e invitaba a mucha gente a la casa.

—¿Qué huella dejó en su dinastía?

—Veo con tristeza que no tuvo mucha influencia en sus hijos y nietos, casi nadie defendió sus convicciones. Quizá mi madre… Mi abuela hasta trabajó con Ruiz Cortines y en un periódico la captaron dándole un abrazo. El titular al día siguiente fue: Múgica en brazos de Ruiz Cortines. Mis tías tuvieron choques con él y sólo cuando murió y se convirtió en un gran personaje se convirtieron en sus admiradoras para recibir ayuda económica de la Cámara de Diputados de Michoacán. A muchos en la familia les da igual si violan o no la Constitución, si hay pobreza o falta de trabajo para la gente, lo que no quería mi abuelo. Janitzio Múgica llegó a publicar una carta en contra de Cuauhtémoc Cárdenas y el PRI lo premió con un puesto en Nacional Financiera.

—¿Qué le pasó a la familia?

—No asumió la responsabilidad de llevar el apellido Múgica; sería una vergüenza, por ejemplo, meterme a un partido reaccionario como el PAN. Fuimos contados quienes tratamos de ser congruentes con su herencia ideológica.

—¿Qué reflexión hace sobre el país que dejó la Constitución del 17?

—Le han hecho tantas reformas, la han violado tanto que festejo que mi abuelo no esté. Si viera cómo han vendido el petróleo, le darían ganas de llorar. Qué pena que se haya perdido el espíritu de lucha: el general contaba que durante la expropiación llegaba la gente del pueblo con una gallina, unos huevitos, o la alcancía de barro para apoyar, pero hoy pura indiferencia... 

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