Los constituyentes celebran | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

Los constituyentes celebran

Una cosa tenían en común los diputados constituyentes de 1857 y los de 1917: tenían la certeza de estar refundando a la nación mexicana. Todos festejaron a su manera el triunfo político que implicaba la promulgación de una nueva carta magna para el país. En los detalles del festejo se reflejaban sus temperamentos y el modo en que concebían al país

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Cada cual en su circunstancia y en su temperamento. Los separaban sesenta años, dos guerras civiles, una guerra de intervención, un imperio y una larga presidencia a la que solían llamar “dictadura”. Indiscutiblemente, entre 1857 y 1917 el país se había transformado radicalmente, y los mexicanos ejercían de manera distinta su ciudadanía. Lo que los unía a través del tiempo era la visión esperanzada con la que habían firmado su protesta de lealtad al nuevo documento, a la ley que en adelante regiría la vida de los mexicanos.

CIUDAD DE MÉXICO, FEBRERO DE 1857. Como buenos románticos, los integrantes de la generación de la Reforma, que habían sido los grandes protagonistas de los debates por la nueva constitución. Después de muchas discusiones, los liberales más radicales habían logrado hacer pasar el articulado de la constitución. Quedaban algunos rastros de resentimiento entre los diputados moderados y los conservadores que no habían podido frenar la avalancha radical. Pero todo estaba hecho, y solo quedaba pendiente la ceremonia final.

Se integró la comisión que habría de recibir al presidente Ignacio Comonfort, a fin de que realizara la ceremonia en la que le juraría lealtad a la nueva constitución. Los pasillos de Palacio Nacional estaban llenos de gente, aguardando el momento en que se les franqueara el paso al recinto legislativo. La Cámara abrió a las 12 del día y de inmediato se atiborraron las galerías. Docenas de curiosos intentaban localizar, en los escaños, a los personajes del día: a Zarco, de melena larga, a Ocampo, siempre peinado con el cabello hacia atrás; bajo el dosel de la presidencia, aguardaba el diputado León Guzmán. De pronto, se abrió una puertecilla cercana al dosel, y entró al recinto el anciano y enfermo Valentín Gómez Farías, moviéndose con dificultad, ayudado por sus hijos Fermín y Benito, también diputado. El recinto legislativo se deshizo en aplausos para el viejo liberal.

Se abrió la sesión y se presentó el documento de la Constitución y dos copias; se leyeron las minutas. Una vez aprobadas, se procedió a firmar el documento. El primero en hacerlo fue Gómez Farías, que, conmovido, afirmó que estaba firmando su testamento. Tenía 76 años y había sobrevivido al santanismo y a la invasión estadunidense para ver el nacimiento de la constitución liberal.

A las tres y cuarto de la tarde, entre plumas y galones de su comitiva, llegó el presidente Comonfort, quien procedió a jurar lealtad al nuevo orden nacional. Sonaron las campanas de la Catedral y resonaron las salvas de artillería.

No todo era felicidad. Apenas se desocupaba el recinto legislativo, ya algunos inconformes con el texto final ya rodeaban a Comonfort para manifestar su descontento con algún artículo.

Pero la mayor parte de los diputados ya se trasladaban al Tívoli, uno de los lugares de recreo y buen comer de la época. Allí, hubo banquete. El periodista Francisco Zarco pronunció el brindis. Después, hubo inspirados poemas y hasta chistes, contados por un alegre Guillermo Prieto. Después, todos se marcharon a casa. Zarco llevaba un regalo que Benito Gómez Farías le obsequió como recuerdo de aquella gran jornada: una edición lujosísima de El Paraíso Perdido, de John Milton.  La alegría de aquellos hombres, católicos y laicos, apenas iba a durar unos pocos meses. En diciembre de ese mismo año, los conservadores desconocían la Constitución y empezaba la guerra de Reforma.

CIUDAD DE QUERÉTARO, 5 DE FEBRERO DE 1917. De hecho, el festejo había comenzado el 31 de enero, cuando se clausuraron los trabajos del Congreso Constituyente. Por encargo del Primer Jefe, don Venustiano Carranza, el diputado Gerzayn Ugarte entregó al congreso la pluma con que se había firmado en la lejana Coahuila el Plan de Guadalupe, con el fin de que también se empleara para que los legisladores firmaran la nueva carta magna.

“Señores diputados”, dijo Ugarte: “Con veneración tomaremos en nuestras manos esa joya histórica, para suscribir con nuestra firma, con la protesta más solemne de cumplir y hacer cumplir la Constitución….”

El general Francisco J. Múgica, que años atrás había sido firmante del Plan de Guadalupe, recordó aquellos difíciles días de marzo de 1913. “Os exhorto a que caigáis en el campo de batalla defendiendo esta Constitución”, clamó.

El Constituyente se clausuró por la tarde de ese 31 de enero de 1917. Carranza juró lealtad a la nueva ley. “Ahora solo nos queda la obligación de ir a la práctica de la ley suprema”, le recordó a los diputados.

Luego, llegaron los festejos. Ese mismo día 31, los legisladores ofrecieron un banquete a Carranza. La autoridad estatal solicitó apoyo a don Venustiano, y se organizó un vistoso desfile militar por las calles más importantes de la ciudad de Querétaro. Diversos batallones, incluyendo la escolta personal del Primer Jefe, marcharon delante del Palacio de Gobierno. Desde sus balcones, don Venustiano presidió el desfile, acompañado por los generales Álvaro Obregón, Manuel M. Diéguez, Benjamín Hill, Pablo González, Cesáreo Castro, Federico Rodríguez, Gustavo Espinosa Mireles y Federico Montes (el mismo que había evitado la muerte de Madero en Palacio Nacional).

Algunos diputados guardaron como recuerdo algunos de los utensilios que se emplearon en la firma de la Constitución: Cándido Aguilar conservó el tintero; otros se llevaron las plumas y las carpetas. Luis Manuel Rojas, presidente del Constituyente, se quedó con la campanilla que había empleado todos esos días para llamar al orden durante los debates.

Se sucedieron los banquetes y reuniones de celebración. En una de ellas, el diputado Alfonso Cravioto le pidió a Carranza firmara la etiqueta de una botella de champagne. La bebería, dijo, el último de los constituyentes, cuando ya no quedase nadie vivo. Todos festejaron la ocurrencia y don Venustiano firmó la botella. Aún no se acababan los festejos y ya muchos de los constituyentes salían de Querétaro a continuar la vida, a emprender nuevos encargos. Aún faltaban algunos años para que esa, la Constitución más innovadora de su tiempo, comenzara a traducirse en una realidad nacional.

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