La verdad sobre el mundo Trump

Arturo Ramos Ortiz

Va a costar trabajo aceptarlo, pero es quizá la última esperanza para lo que algunos llaman la democracia representativa. Toda vez que los más sesudos análisis no alcanzan para explicar la llegada de Donald Trump al poder y la ausencia de anclajes que eviten a los Estados Unidos hundirse en una era de aislamiento cavernícola, la respuesta que queda y, por tanto, resulta cierta es que todos nosotros somos los habitantes de un mundo distópico. El mundo real está en otro lado, en éste Clinton ganó y el orbe sigue siendo injusto, inequitativo y una verdadera güeva, pero sujeto a parámetros medibles y predecibles. El sexenio mexicano, de igual forma, iba a cerrar con la desazón de siempre, pero con el caudal considerable de satisfacción de una ciudadanía —en adolescencia permanente— que prefiere decir “se los dije, estos gobernantes tampoco iban a ser diferentes”, antes que ocuparse de que las cosas marchen diferente.
El caso es que alguien pudo (y no debía) pisar una mariposa en el pasado. Hay algo que rompió la continuidad natural del espacio-tiempo y nos trajo a este mundo alterno (a nosotros, porque hay otros “nosotros” en el mundo normal, paralelo, en el que la normalidad sigue siendo eso, normal).
Quizás hubo algunas señales que no quisimos ver sobre la agonía de esa mariposa que, ausente en el presente, nos condujo a la era Trump. Las expresiones más mezquinas en el mundo no habían cambiado demasiado. Si vemos detenidamente la xenofobia europea, notaremos que no ha cambiado mucho a lo largo de los años. Pueden o no ganar en las elecciones, tener más o menos respaldo popular, pero su fondo es el mismo.
Las señales estaban en el extremo contrario. La parte presumiblemente pensante de la humanidad se fue menguando hasta hacerse raquítica. Una parte de quienes debían ser serenos interpretadores de la realidad enloquecieron y aquello no provocó que soltaran las alertas (la agonía de la mariposa pasando desapercibida).
¿No era una señal la sandez infantil con la que se miró a los melenudos de Podemos en España?
¿No era una señal aquí, en México, la facilidad con la que quienes quieren declaradamente mejorar las cosas se entreguen con tanta facilidad a tesis impresentables como las de López Obrador, se alienen deliberadamente con Aristegui y conciban el mundo en un blanco y negro donde los malos son malos de caricatura y los buenos son más planos que la peor concepción católica de sus santos?
Perdón por mis obsesiones narvartinas, ¿no era una señal de la entrada en la distopía que en los parques de la Ciudad de México se abrieran espacios especiales para que los perros jugueteen donde en las noches duermen los menesterosos humanos? ¿No era señal que se hayan discutido para una constitución los “derechos animales”?
Sé que habrá quienes puedan alegar al respecto la necesidad de hacerlo... Perdón, en el mundo real los humanos expresaban en esos documentos ideas en torno a la humanidad.
Alain Finkielkraut, para el caso europeo, despotrica abiertamente contra quienes buscan explicar la violencia yihadista a partir de un “los hemos obligado a eso”.
En el caso mexicano, las corrientes conservadoras, en algún momento, perdimos la capacidad de modular ese mundo alborotado de los progresistas. A la gran tradición de izquierda le sucedió un chairismo (excelente nombre para algo así) que es más una religión frívola y amoral en el peor de los sentidos.
Las señales estaban allí. Sólo nos queda aceptar que no nos dimos cuenta antes de estar ya dentro de la distopía.
Aceptar que somos un mundo distópico, por desgracia, no nos llevará a la salida.
Si recurrimos a la ciencia ficción, hay pocos casos en los que el mundo distópico pueda componerse. El mejor de sus destinos es disolverse para que sólo exista el adecuado mundo de siempre.
Es probable que sigamos adentrándonos en la era Trump, que acabe su mandato y que lo suceda algo aun peor. Saber en qué punto del pasado provocamos el efecto mariposa podría ser lo único que nos queda. Si hay remedio, está por verse.

 

Imprimir

Comentarios