Epitafios imaginarios

Rafael Cardona

Antigua como la memoria es la costumbre de inscribir algo en lápidas y monumentos funerarios. Puede ser un mensaje postrero o una reflexión trascendente; a veces un recordatorio, en ocasiones una idea cuya profundidad y contundencia nos haga sentir la importancia del difunto.

Quizá el más famoso de todos en el mundo sea el perpetuo: “Aquí yace un  soldado muerto por la patria” en el centro del Arco del Triunfo en la hermosa ciudad de París.

Y en todas las películas estadunidenses siempre llega alguien a un panteón donde dice sobre la placa: “Amado padre y esposo (a)”.

La tumba de Agustín Lara dice nada más, “mis pobres manos; alas quebradas”, frase cuya audacia lírica es parte de su hermosa canción “Pobre de mí”. Frank Sinatra mandó poner sobre su tumba también una frase musical: “The best is yet to come”, como la balada.

Hace muchos años, cuando este redactor tenía bajo su comando una pequeña tropa de reporteros, le pidió a uno de ellos una declaración original de Fidel Velásquez, quien se burlaba con frecuencia indeclinable de los reporteros y los evadía con gracia.

—Pregúntale cómo quiere su epitafio.

El reportero le preguntó y Don Fidel le dijo: “Solo un  defensor de los trabajadores”. No le hicieron caso.

Pero además de las inscripciones geniales, como esa de Groucho Marx quien simplemente nos dice desde su reposo eterno, “perdonen si  no me levanto”, valdría la pena imaginarse algunos epitafios.

Por ejemplo, el de Luis Videgaray sería: “Vine a aprender”. Quizá definiera su vida la reflexión final para Rosario Robles, “No te preocupes”.

A José López Portillo le debieron poner un simple ¿Guau?, como la onomatopeya de su voz canina en inútil defensa del peso. Para Andrés Manuel, quedaría un simple: “Nos vemos en seis años”.

“Nos veremos en la próxima vida, nena; no tardes”, mandó poner en su tumba Jimi Hendrix. Enrique Peña Nieto quizá piense en inscribir un sencillo: “…Y después de todo, Trump”.

El Presidente de Estados Unidos podría ordenar una placa dorada con  su propio nombre, nada más, como corresponde a su narcisismo vanidoso, cosa muy alejada de la orden de William Shakespeare quien instruyó para su eterno descanso:

—“Bendito sea quien respete estas piedras; maldito quien remueva mis huesos”.

Es problema de la osamenta, no le vino bien a don Miguel de Cervantes, cuyo esqueleto han  buscado por años y años todos los vivales de España, hasta los “hallazgos” finales en el convento de las monjas trinitarias.

Deberíamos seguir el consejo de Sardanápalo, hijo de Anacíndarax, quien a la manera de Omar Kayam nos dijo: “Tú, viajero, come, bebe, diviértete; todo lo demás es indigno de este aplauso”.

No tiene epitafio Mozart pues tampoco tiene tumba, sin embargo su música envuelve al mundo día con día, lo cual es mucho mejor.

“Nunca me dejaste explicar”, dice la tumba de la mujer hallada por el marido en desliz adúltero. Y frente a ella la otra tumba, la del cornudo: Tu tampoco”.

En ocasiones los epitafios son solemnes y guardan relación con la patria, la historia o la obra personal. En otras pueden ser hasta geniales, como este, por ejemplo: “...si no viví más, fue porque no me dio tiempo”, del Divino Marqués de Sade.

Si de mí dependiera pondría en la tumba de Aurelio Nuño, cuando llegue el tiempo, “¿Me repite la pregunta?”. Sobre la piedra de Emilio Gamboa podría decir, “Yo lo arreglo” y sobre la de Miguel Ángel Osorio, “Dialoguemos”.

Carlos Salinas podría disponer de un  sencillo: “Política ficción” y Reyes Heroles, “La forma es fondo”.

Sin embrago esta costumbre de lanzar mensajes al infinito, perdidos en vacío de la nada, sobre la fría permanencia de una losa, va cayendo en desuso como otras muchas cosas en la vida y en la muerte. La costumbre de quemar los cadáveres y tirar las cenizas en lugares diversos, ya hace innecesarias fosas y tumbas.

Los mausoleos son cosa de tiempos remotos; los próceres ya no tienen monumentos de las dimensiones colosales, digamos, como el de Álvaro Obregón en La Bombilla. Hoy todo se economiza y ya no puede el hipocondriaco lanzar su última queja, ¿No que no tenía nada?

“Aquí yaces y haces bien —decía un marido tras muchos años de matrimonio e inicio de viudez—, tu descansas; yo también”.

Y hubo quien sugiriera este epitafio para su suegra:

—¡Bravo!

A raíz de esta entrega alguien  me podría pedir el mío y yo con sinceridad diría, “A veces es mejor callar”.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

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