Posverdades telefónicas

Francisco Báez Rodríguez

Se dice que, en la guerra, la primera víctima es la verdad. Hay que entender que el gobierno de Donald Trump se concibe a sí mismo en guerra contra el orden establecido con anterioridad. Y que actúa en consecuencia.

El republicano ganó la campaña presidencial, apoyado en un uso estratégico de las redes sociales y en la reiteración de noticias falsas, exageradas o sacadas de contexto. Lo que se ha dado en llamar “posverdad”.

Las posverdades vendrán a cuento una y otra vez durante el mandato de Trump. No se trata, con ellas, simplemente de mentir para esconder la realidad. Hay táctica y estrategia. Hay destinatarios de las posverdades: a veces son los propios seguidores; a veces, los opositores; a veces, los “tontos útiles” a los que hacía alusión Lenin. Todo, en función de los objetivos a perseguir para la causa, que enfrenta a los Estados Unidos blancos y tradicionales con el resto de su país y del mundo.

Es en ese sentido como hay que entender las filtraciones de la llamada telefónica entre Trump y el presidente mexicano Enrique Peña Nieto. Hay que buscar la lógica entre el orden de las filtraciones y aclaraciones, la falta de contexto, los emisarios, etcétera.

Lo primero que se filtró desde la Casa Blanca no fue un extracto de la conversación entre los mandatarios, sino una interpretación de ese extracto. Según ésta, Trump habría amenazado con una intervención militar y Peña Nieto habría respondido con balbuceos. Las destinatarias fueron las periodistas Carmen Aristegui y Dolia Estevez. El objetivo, generar en el país la impresión de un presidente mexicano débil y, con ello, poner coto a la percepción de unidad nacional para enfrentar al adversario en Washington.

El primer efecto de la filtración fue la generación de dudas en el entorno social mexicano. Existe entre la población el temor de que Peña Nieto no será lo suficientemente firme ante Trump, y la interpretación sesgada de la llamada ayudó a alimentarlo. La conocida animadversión de las periodistas por el presidente mexicano las convertía en un vehículo magnífico para los objetivos buscados.

Posteriormente, cuando el grueso del daño estaba hecho, vino otra filtración, ahora sí con las palabras textuales del presidente estadunidense, que dio a conocer CNN. En ellas, se puede percatar a un Trump fanfarrón, que ofrece ayuda contra los “bad hombres” del narcotráfico y, de paso, señala que son un problema que México no ha podido solucionar. El mito de la invasión se desvanece, pero se confirma el tono rudo. Notablemente, aquí tampoco se da a conocer la respuesta del jefe del Ejecutivo mexicano. Entre otras cosas, porque para la estrategia de la Casa Blanca, eso es lo de menos.

En otras palabras, primero tuvimos una posverdad y luego una verdad a medias.

La reacción mexicana a la provocación trumpista fue la de la comunicación tradicional. La aclaración y el desmentido con boletines de prensa y declaraciones. Sí tuvo efectos internos, pero más como control de daños que como posición pública definida. Por ejemplo, no hubo el suficiente interés en subrayar asuntos como el reclamo de Peña Nieto a Trump sobre las armas y los dólares en efectivo que ayudan a los cárteles.

El fin de semana, Trump volvió a la carga. Expresó su deseo de una mayor cooperación antidrogas, llamó a Peña Nieto “good hombre” y lo declaró “dispuesto a recibir ayuda de nosotros”. En otras palabras, abonó a las dudas mexicanas sobre la fortaleza y la templanza de su máximo dirigente ante la soberbia del barbaján.

Repito. Se trata de una estrategia, no de una serie de ocurrencias. Y a esa estrategia se le ha respondido de una manera opaca, sigilosa, casi secretista, sin duda insuficiente para concitar con más fuerza el espíritu de unidad nacional (que, en democracia, no puede ser sino unidad en la diversidad).

De un lado, las posverdades. Del otro, la omisión.

Más vivas se han visto las fuerzas progresistas gringas, que han intentado interpretar a favor de Peña Nieto la famosa llamada telefónica. Tanto Lawrence O’Donnell, de MSNBC, en serio, como Saturday Night Live, en plan paródico, han puesto al presidente mexicano en una luz favorable. A diferencia de otros, entienden de qué se trata la confrontación.

Hay posverdades muy obvias y fáciles de desenmascarar, como la masacre islamista en Bowling Green, que nunca existió, y en las que sólo los más fanáticos pueden creer. Hay otras que se vuelven digeribles, porque tienen una pizca de credibilidad. Son abundantes. Son las más peligrosas.

En los tiempos de la viralidad, del tuit, del meme, de darle la espalda a la historia (porque la historia no juega, o juega mal en la política chatarra destinada al entretenimiento perpetuo), es particularmente importante ser escépticos. Es vital. De otra forma, la frase bien puesta, la imagen que genera reacción inmediata, la mentira creíble, terminarán adueñándose de las sociedades. Y detrás de ellas, los estrategas de la mentira.

El entretenimiento cotidiano, al que todos somos adictos en este siglo, necesita una buena dosis de responsabilidad ciudadana para ser efectivamente contrarrestado en sus aspectos más nocivos. De otra forma, percibiremos la realidad como en el juego infantil del teléfono descompuesto.

En el caso de México, eso significa ser capaces de discutir con libertad lo que hay qué hacer frente a la adversidad que ya tenemos encima. De discutirlo todos. Sin que vengan un mesías o un gobierno a decirnos la ruta a seguir.

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