Don Lorenzo

Wilfrido Perea Curiel

Un gran mexicano nos ha dejado. La muerte de Lorenzo Servitje Sendra abre un hueco insustituible en el empresariado mexicano. Su legado es de amplio espectro, el tiempo dará mayor perspectiva para valorarlo. En estos momentos de escasa claridad sobre el horizonte del país, de falta de categorías para definir y caracterizar la situación imperante, pero, sobre todo, de ausencia de liderazgos con calidad moral, se le va a extrañar, y mucho, a quien fundara en 1945 el Grupo Bimbo. 

Mucho se ha escrito acerca de su persona desde el pasado viernes. Pretendo en este espacio abordar su constante preocupación por la llamada cuestión social. Lorenzo Servitje tuvo un decidido compromiso con los menos favorecidos, la lacerante realidad social lo interpelaba, nunca fue indolente ante la desgracia ajena. Especialmente la dimensión de la pobreza en el país llamó su atención. Tuve la suerte de haber sido convocado por él en 1999 para realizar la investigación México y su miseria, después compartimos algunos otros proyectos, nunca dejó de sorprenderme su convicción de responsabilidad social.

Don Lorenzo, como habitualmente se le decía, fue en más de un sentido un empresario sui géneris. Paralelamente al encumbramiento de su empresa, desplegó amplios recursos en obra filantrópica y de justicia social. Particularmente le apasionaba apoyar a aquellos que, efectivamente, cambiaran la vida de las personas, desdeñaba el populismo y la perspectiva asistencialista. A menudo reclamaba: “la gente necesita que la enseñen a pescar, no que le den el pescado”. En este sentido, no fueron pocas las fundaciones u organizaciones que apuntaló en materia de economía solidaria, financiamiento blando a programas productivos o incubadoras de empresas.

Servitje Sendra no pensaba que la lucha de clases fuera necesariamente irreconciliable, sino que más allá de la lógica de la ganancia, la empresa tiene una responsabilidad con su país, con su gente. Tal perspectiva la desarrolló en sus libros: La sociedad contemporánea y El empresario, así como en Reflexiones y comentarios de un dirigente de empresa. En ambos textos su autor exponía que el pilar de las compañías son sus empleados y que a éstos siempre se les tiene que proveer un proyecto de desarrollo personal y familiar. Con claridad, observó hace más de seis décadas que un clima laboral armónico genera mayor productividad. Lorenzo Servitje entendía a la unidad productiva como una suerte de comunidad que comparte más allá del espacio físico y de las metas planteadas, valores, afectos, propósitos.

Quizá una pauta de esa sensibilidad social de don Lorenzo —inusual en el empresariado mexicano— tiene que ver con su origen: un humilde panadero, como él mismo lo decía. Servitje Sendra es un claro exponente de la cultura del esfuerzo. Particularmente llamaba la atención la frugalidad con la que se desenvolvía. Su oficina, a la cual nunca dejó de asistir, sino hasta el pasado abril, cuando su salud decayó considerablemente, era una suerte de cubículo de profesor universitario. Nada que ver con los suntuosos y tecnificados espacios corporativos que cualquier empresario de medio pelo considera indispensables símbolos de poder y prestigio. El carro en el que desplazaba no era precisamente un último modelo, le desagradaban las plumas y los relojes caros, se reía de quienes llegaban a sentir necesidad de un jet privado. En toda la extensión de la palabra, don Lorenzo fue una persona humilde y honorable.

Lorenzo Servitje fue un hombre de fuertes convicciones católicas, fue tocado hondamente por el Concilio Vaticano II, uno de los acontecimientos históricos que marcaron el siglo XX. En lo que significó una “puesta al día” de la Iglesia de Roma, una nueva responsabilidad recaía sobre los laicos. Don Lorenzo entendió su papel y lo asumió: fundó el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana. En este cuerpo de pensamiento, Servitje encontró el abrevadero, causa y fin de su amplia inquietud por la llamada cuestión social, su imperativo categórico. Destaca su coherencia entre lo que pensaba, hacía y decía.

pereawilfrido@me.com

 

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